De guarrerías, caballerías y el Congreso

Han emporcado la fachada del Congreso de los Diputados, dejándolo hecho unos zorros. Rebelión científica, lo llaman.

Dice el refranero que al ser vituperado por tirarse un sonoro pedo un gañán, respondió “Es una guarrería, pero alivia a la caballería”. O, lo que es lo mismo, quien se lo tira se queda descansado. Eso les ha debido suceder al centenar de “activistas” que se dedicaron a ensuciar la Puerta de los Leones. Dicen pertenecer a una cosa denominada “Rebelión científica”. Lo del cambio climático, se conoce. Poner perdida la sede de la soberanía nacional hace descender el termómetro en todo el planeta lo menos cinco grados, fijo. 

A mi me parece una solemne guarrería. Y poco científico, además, por mucha bata blanca que lleven. Se conoce que están en contra de la nueva ley acerca del manoseado cambio climático y se lo han hecho pagar a la pared del parlamento nacional. El portavoz del asunto ha dicho que querían materializar el enfado de la comunidad científica ante un gobierno que confía la transición ecológica a Repsol o Iberdrola, pues van a lucrarse. ¡Empresas que tienen como fin obtener ganancias, dónde se ha visto tamaña monstruosidad!

Hombre, podrían haber hecho lo mismo, aunque sería igualmente reprobable, en la embajada de China, el país que más contamina los mares y produce más emisiones de CO2. El comunismo de manga ranglán en lo económico y cilicio en lo democrático contamina a placer sin que nadie diga ni mú. Da igual. Esta acción es, insistimos, pura guarrería, la del grafitero que empuerca obras de arte, edificios, puertas y cualquier cosa que se ponga a tiro de espray. A veces les condenan a limpiar sus gamberradas. Alguno se ha reformado, porque pasarse los fines de semana con un cubo y un trapo te quita de muchas tonterías.

Podrían haber hecho lo mismo, aunque sería igualmente reprobable, en la embajada de China, el país que más contamina los mares y produce más emisiones de CO2

Los del manchurrón dicen que las pinturas que han empleado son bio degradables. Es la primera vez que cochino y sostenible se muestran asociados en feliz matrimonio.

La policía ha sido comprensiva y ni los ha identificado ni mucho menos detenido. Eso sí, hay que ver las caras de Virgen de las Angustias que ponían algunos al ser suavemente levantados del suelo por la fuerza pública. Como si les hubiera salido la declaración de la renta a pagar.

Los protestones se han sentado ante las escaleras del Congreso, fatigados por la tremenda proeza acabada de perpetrar. Las gestas siempre acaban cansando. De las consecuencias de sus actos se despreocupan, porque lo sustancial es la acción. Ya vendrán los servicios de limpieza, que pagamos entre todos, a quitar la porquería. Qué importa si el gesto es bello, decían los anarquistas unabomber del siglo XIX. Estos de ahora se contentan con ensuciar. Tampoco creo que sean anarquistas, porque la revolución de ahora espera el sobre a final de mes, y tengo para mí que eso puede ser muchas cosas menos revolucionario. Como cuando los servicios secretos alemanes del coronel Nicolai le pagaron el viaje en tren a Lenin de Suiza a Rusia para que montase el pollo y se firmase la paz con el Reich en la Primera Guerra Mundial.

No es que esté en contra de la ciencia, entiéndanme. Seguidor de Teilhard de Chardin, coincido con la frase de Pasteur acerca de que un poco de ciencia nos aleja de Dios, y mucha nos acerca a él. Pero, mientras tanto, que les den cubos, cepillos y detergente a estos y que limpien. Sería lo mínimo.

Fuente: Miquel Giménez – VozPópuli

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