¿Elecciones generales este mismo año?

Muy probablemente. Muy probablemente al mago que nos preside no le quede más remedio que convocarlas después del verano y con un argumento de fondo tan sencillo como demoledor: porque mañana podría estar peor que hoy; porque su posición, muy comprometida en este momento, podría convertirse en insostenible en 2023, y porque las posibilidades de seguir gobernando tras unas generales adelantadas a la segunda mitad de este año, aunque muy escasas, serían prácticamente nulas de pretender agotar mandato. He ahí a un genio de la política, un mago del juego callejero del trile, entre la espada y la pared. “Parece claro que el gobierno pretendía ‘vender’ a los electores un fuerte crecimiento económico en 2022 y 2023 como reclamo previo a las elecciones de fin de la legislatura”, escribía aquí el viernes Carmelo Tajadura. La crisis provocada por la invasión de Ucrania, sobrevenida tras otra crisis sanitaria de la que no se había recuperado la economía española, ha partido por la mitad tal pretensión. Sin más ideología que su personal conveniencia, Pedro Sánchez se halla ante un callejón sin salida del que va a intentar escabullirse abrazándose al Partido Popular, convenciendo al PP de la necesidad de firmar un gran pacto nacional para vadear los meandros de una crisis que es a la vez económica, política y social. ¿Qué hará Núñez Feijóo?

Sobre la profundidad de la crisis social habla la concentración que hoy tendrá lugar en Madrid y que tiene al Gobierno en un puño, en la que se van a dar cita los sectores más golpeados por la deriva de los precios de la energía y los combustibles. Como hoy escribe Jorge Sáinz, el Gobierno está francamente asustado por la dimensión de la protesta. La situación de tanta gente es tan crítica que ni la labor de zapa de unos sindicatos cuya misión parece consistir hoy en mantener la calle tranquila a cambio de una riada de subvenciones es suficiente para detener la revuelta. La reacción del Ejecutivo y sus terminales mediáticas, para quienes los manifestantes son todos de “ultraderecha”, no hace sino encabritar más a esa buena gente española cuya proverbial capacidad para aguantar carros y carretas parece haber sido ya ampliamente rebasada por la desvergüenza de un tipo siempre dispuesto a echar la culpa de sus fracasos al lucero del alba, ahora a Putin, naturalmente, pero también a Bruselas porque que no le deja sacar el gas del “pool” eléctrico.

Sánchez intentará escabullirse convenciendo al PP de la necesidad de firmar un gran pacto nacional para vadear los meandros de una crisis económica, política y social. ¿Qué hará Núñez Feijóo?

Pedro ha aplazado al 29 de marzo la rebaja de impuestos que gravan los carburantes, largo me lo fiáis, sin que, comodín de Bruselas al margen, se sepa muy bien el motivo de semejante tardanza, aunque se adivina: su intención de colar en paralelo un gran pacto de rentas, negociado con patronal y sindicatos, que él se encargaría de vender a la opinión pública como los nuevos Pactos de la Moncloa, sus Pactos de la Moncloa, y que naturalmente debería suscribir el PP para poder engalanar la dupla con el debido oropel. Nadie Calviño dio la pista cuando, en el último Ecofin, anunció confiada a sus pares que el Gobierno de España tenía a punto un gran pacto salarial que naturalmente iba a suscribir la patronal CEOE, iba a firmar el bueno de Garamendi porque así se lo iban a imponer los capos del Ibex que comen en la mano de Pedro. Pero ese pacto, muy necesario para controlar la inflación, iría acompañado, como no podía ser de otro modo en un Ejecutivo participado por Podemos, por otro paralelo sobre los beneficios empresariales, algo cuyos efectos podrían ser discutibles en el caso de la gran empresa pero que pondría a una miríada de pymes, muchas de las cuales no se han recuperado de las pérdidas ocasionadas por la pandemia, al borde de la suspensión de pagos y la quiebra. Estamos, en todo caso, ante un problema puramente técnico y no ideológico: las políticas de rentas nunca han logrado drenar un proceso inflacionario sin el concurso de la política monetaria, como resultó evidente en los ochenta, cuando Miguel Boyer se plantó ante Felipe González exigiendo la subida de tipos por parte del gobernador Mariano Rubio.

La clave del arco que soporta las esperanzas de Sánchez de salvar el match ball al que se enfrenta descansa sobre ese gran acuerdo o pacto que ha ofrecido a Feijóo. En la nueva Génova han sonado las alarmas. “Este quiere darnos el abrazo del oso”, han advertido al gallego. Cierto, esta sería una de esas ocasiones en las que estaría más justificado que nunca un gran acuerdo entre los dos partidos protagonistas de la transición para poder hacer frente a la dramática situación en que se encuentra un Estado financieramente quebrado, con una deuda pública insostenible. Las similitudes con la gran crisis del petróleo de 1973 son evidentes: guerra del Yom Kippur, precio del crudo que se dispara, inflación desatada sin aparente control y un proceso de empobrecimiento que termina en los Pactos de la Moncloa. La diferencia es que Adolfo Suárez era creíble, tenía prestigio, mientras que el crédito de Pedro Sánchez es cero. Nadie puede confiar en la voluntad para hacer el bien de un individuo parapetado tras la banalidad del mal. El episodio de Marruecos conocido este fin de semana lo retrata como un autócrata, un sátrapa de bolsillo capaz de tomar una decisión tan importante para los intereses españoles sin consultar con la oposición ni con el Parlamento y sin pasar siquiera por Consejo de Ministros. Ni con Franco había ocurrido cosa semejante.

Una burla al sistema democrático. Cuentan que el PP va a responder a la requisitoria de Sánchez con un argumento demoledor de puro obvio: si quiere hablar de un gran acuerdo o pacto de Estado en aras a superar las dificultades del presente, tiene usted que reducir de inmediato la dimensión de su Gobierno suprimiendo ministerios cuya mera existencia es un insulto a la dignidad de los ciudadanos y a su bolsillo, además de embarcarse en un programa de recorte del gasto público improductivo, cuestión inevitable en cualquier circunstancia y a la que este Gobierno o el que le sucede deberá enfrentarse. Algo que, salvo milagro, Sánchez no está en disposición de hacer por razones obvias. He ahí un gobernante convertido en un simple rehén de los compañeros de viaje que voluntariamente eligió para gobernar.

El episodio de Marruecos retrata a Sánchez como un autócrata capaz de tomar una decisión tan importante para los españoles sin consultar con la oposición ni con el Parlamento y sin pasar siquiera por Consejo de Ministros. Ni con Franco había ocurrido cosa semejante

Unos socios que tampoco le acompañarán en dos escollos que el Ejecutivo tendrá que pasar antes de fin de año: los PGE para 2023, una dificultad que podría solventar prorrogando los actualmente en vigor, y la definitiva reforma de las pensiones que el Ejecutivo está obligado a enviar a Bruselas de acuerdo con el “Operational Agreement” suscrito y que, esta vez sí, deberá entrar en cuestiones tan delicadas como “el ajuste del periodo de cómputo, alargándolo para el cálculo de la pensión”, o la indexación con el IPC anual, entre otras cuestiones. La imposibilidad de embarcar a Podemos y al resto de los socios en materias de ese porte induce a pensar que, en realidad, la legislatura termina a finales de este año. Y si por un milagro lograra Sánchez adentrarse en 2023 con posibilidades de agotar mandato, antes debería vérselas con la prueba del nueve que este Gobierno, o el que le suceda, no tendrá más remedio que afrontar: el inicio de un proceso de consolidación fiscal impuesto por la CE en razón a nuestra pertenencia al euro, lo que equivale a decir la puesta en marcha de un programa de ajuste capaz de enmendar el rumbo de nuestras desbocadas finanzas públicas. Y ese ajuste jamás será endosado por la muchachada de Podemos y sus amigos catalanes y vascos. Lo decía aquí José Luis Feito el viernes: la indisciplina presupuestaria conduce inevitablemente a la crisis fiscal. Como en cualquier familia bien administrada que se precie.

En realidad, la vigencia del Gobierno Sánchez tiene fecha de caducidad, con independencia de las decisiones que pueda adoptar Podemos: las elecciones autonómicas y locales previstas en el calendario para mayo de 2023, una cita que podría convertirse en un calvario para el PSOE. Excepción hecha de Cataluña y País Vasco, la suma de PP y Vox amenaza con arrebatarle una mayoría, si no todos, de Gobiernos autonómicos, diputaciones y alcaldías, lo que para Sánchez significaría una escabechina de tal magnitud que convertiría su voluntad de seguir gobernando en misión imposible. Un terremoto al que no podría arriesgarse en modo alguno y que claramente marca el final lógico del Gobierno de coalición. Ocurre, sin embargo, que la situación ha empeorado tanto en las últimas semanas, los frentes abiertos son tantos y de tal magnitud, que son muchos los que ven casi imposible que este Ejecutivo llegue vivo a la orilla de mayo de 2023, argumento que lleva a pensar que Pedro Sánchez Pérez-Castejón, siempre en el filo de la navaja, adelantará las generales para hacerlas coincidir con las andaluzas, ahora previstas, tras no pocos sofocos, para el mes de octubre del año en curso. Y a echar el resto, a emplearse a fondo en una campaña de agit-prop capaz de movilizar el voto de gran parte de la izquierda, con Podemos desaparecido en combate y con la glamurosa Yolanda Díaz en el séquito del bello Pedro, ese hombre todo verdad, con la intención, además, de pescar en los caladeros del centro político.

La vigencia del Gobierno Sánchez tiene fecha de caducidad: las elecciones autonómicas y locales previstas para mayo de 2023, que podrían convertirse en un calvario para el PSOE

Un territorio que el aludido piensa disputar a Feijóo y en el que ya intentó lanzar las redes en la previa de las generales de noviembre de 2019. Fracasó estrepitosamente, lo que no obsta para que ahora lo vuelva a intentar a pesar de la mochila de socios con la que carga a sus espaldas. Sus frenéticos viajes internacionales de estos días pretenden presentárnoslo como un estadista de talla mundial, capaz de opacar con su glamur al mismísimo Macron. Solo nosotros sabemos que no pasa de ser nuestro doméstico Putin de peluche. Acorralado como está, ha demostrado, sin embargo, ser un enemigo formidable, sin el menor escrúpulo a la hora de utilizar en su favor desde el BOE hasta el aparato del Estado. Sus esperanzas estarían puestas en conseguir un puñado de escaños más que Feijóo, para obligar al PP a apoyar su investidura con la ayuda de una CE que se encargaría de impedir que los populares gobernaran con Vox. Ese es justamente el problema al que se enfrenta el nuevo líder del PP: el de un pletórico Santiago Abascal dispuesto a oficiar como oposición pura al Gobierno social comunista, presto además a recoger las nueces que pudieran caer del árbol de cualquier acuerdo que el gallego decidiera suscribir con el Ejecutivo. Atentos a la manifestación de este domingo en Madrid. Ahí vamos a ver la dimensión del incendio que consume a millones de familias. También la capacidad de UGT y de las CC.OO. de simplemente Yolanda para contener el cabreo social que se avecina. Es una de las claves del futuro de Sánchez.

Fuente: Jesús Cacho – VozPópuli

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