Teodoro García Egea: auge y caída del hombre que se creía Dios

«¡Crack! ¡Ven aquí, campeón!». Tanto a sus amigos como a sus muchos enemigos, Teodoro García Egea, hasta hace unos días el número 2 del Partido Popular y mano derecha de Pablo Casado, los recibía con saludos efusivos, grandes sonrisas y fuertes golpazos en la espalda. «¿Qué tal todo, tío, macho, campeón? ¡Pero qué bien te veo!», insistía con su voz fuerte e implacable acento murciano mientras te daba el abrazo del oso, tan envolvente como peligroso. «Bien, Teo, bien, ya ves… voy tirando», solían contestar algunos, algo azorados por la muestras tan grandilocuentes de cortesía. «Y tú, ¿qué tal?», preguntaban con educación. «¿Yo? ¡A tope! 15 kilómetros me acabo de cascar esta mañana en la bici, macho. ¡15 kilómetros!».

Teodoro García Egea –en esto coinciden todos, de amigos a enemigos pasando por simples espectadores– le encanta presumir de su buena forma física y sus proezas en el deporte. He perdido la cuenta de los deportes que practica: judo, natación, maratón, mountain bike, travesías por la nieve… Las palizas que se mete a diario en el gimnasio son de órdago. Y eso cuando no disfruta del piano, el clarinete o el tambor. Su afición más curiosa, eso sí, es la del lanzamiento de aceitunas. O, más bien, de huesos de oliva –de variedad mollar chafá, para ser precisos–. Un repaso rápido en la hemeroteca me descubre que Teo ganó en el 2008 el Campeonato Mundial de Lanzamiento de Hueso de Oliva celebrado a las puertas de la Catedral de Murcia. Logró una distancia de 16,84 metros. Semejante proeza, por supuesto, ha sido pasto de todo tipo de burlas y a Teo muchos lo conocen como «el de los huesos de aceituna».

Otros, sin embargo, emplean sintagmas más gruesos. «Tóxico», me han comentado algunas personas del PP que han preferido pertenecer en el anonimato. «Le gusta moverse en las tinieblas del poder, pero en las más pestilentes». «Cruel». «Sin escrúpulos».»Soberbio». «Un absolutista, con maneras muy coercitivas, incluso muy grosero». Tan sólo los muy afines te comentan que, en privado, «es muy arrollador, pero muy simpático, muy bromista».

Tanto amigos como enemigos reconocen, eso sí, que es un obseso del trabajo, alguien infatigable, capaz de echar veinte horas de trabajo seguidas sin cansarse y, al día siguiente, estar de pie a primera hora, meterse una sesión maratoniana de deporte y leerse toda la prensa antes de las ocho de la mañana. Muchos explican que a las cinco de la madrugada ya estaba enviando mails y whatsapps sin parar. «A veces, por las noches, en las campañas», me explica una persona que lo ha tratado mucho, «después de los mítines nos íbamos a tomar unas cañas algunos del equipo. Él no probaba el alcohol. Todos con cervezas y él con su Coca-Cola. Claro que al día siguiente todos nos despertábamos a las nueve y él a las ocho ya había hecho un par de horas de deporte».

Esa es la parte positiva, y nadie la pone en duda. Pocos ponen en duda también su parte negativa. Muchas personas consultadas para este reportaje lo describieron como «temible», «con una ambición y un ansia irrefrenable de poder». Todos, incluso algunos que no se declaran del todo opuestos, están de acuerdo en que acumuló un poder total, excesivo, omnímodo y autodestructivo dentro del partido como número de dos de Pablo Casado. Algunos te lo reconocen en voz baja; hay quien, como Cayetana Álvarez de Toledo, incluso se atrevió a ponerlo por escrito mucho antes de que Teodoro cayera en desgracia. En sus memorias Políticamente indeseable (Ediciones B), Cayetana Álvarez de Toledo ya avanzó que «Teodoro estaba en todo, desde lo más nimio a lo más delicado. Desde la contratación de un asesor en el Senado hasta las negociaciones clandestinas para la renovación del Consejo General del Poder Judicial». Tal era su poder y su obsesión por controlarlo todo que los diputados «no podían comprar una bolsa de patatas fritas sin su consentimiento».

Los soldados de Teo

El libro de Cayetana Álvarez de Toledo es uno de los testimonios más completos de un tipo que se nos revela tan poliédrico como algo histriónico, tan maquiavélico como implacable. «Lo suyo era una ambición puramente personal, infantil y desatada», escribe ella. «Y a su paso estaba causando destrucción. No sólo en la imposición en el PP de una subcultura del peloteo y la mediocridad, de una falsa lealtad basada en el terror o el puro cálculo personal: la necesidad de conservar la nómina. También en lo orgánico».

Este aspecto precisamente, el de que Teodoro impuso una cultura orgánica irrespirable, lo comparten muchas personas consultadas. «Lo suyo fue un trabajo desde el principio constante, a veces cruel, para hacer una organización a su medida», me comenta una persona que estuvo vinculada al PP de Cataluña. Mucha gente habla de que desde que pisó la séptima planta del edificio de Génova, donde realmente está el poder máximo del partido, inició «una purga» para sacar a todo aquel que no le gustara.

«Bajo su dirección», me sigue desvelando esta persona que conoce bien la maquinaria por dentro, «el PP renunció a ser un partido que buscaba talento para convertirse en un conjunto de perfiles muy mediocres». Según él, Teodoro impuso a su gente en puestos clave — «los soldados de Teo», como algunos los llamaban– y llenó la organización de personas que «son como él, muy trabajadores y disciplinados, pero intelectualmente muy mejorables». «El PP cayó en todos los vicios organizativos, en todas las patologías organizativas mientras él estuvo de número dos», prosigue. «Hiperliderazgo, ausencia de crítica interna, group-thinking (es decir, tomar decisiones absurdas sólo porque todos en el grupo creen que están bien). Todas las personas que rodeaban a Pablo Casado eran únicamente del partido. No había gente de fuera. Todos estaban cortados del mismo patrón. Eso es un error».

Una evolución meteórica

¿Cómo llega alguien a acumular tanto poder en tan poco tiempo y encima teniendo tan poca experiencia previa? Hay que tener en cuenta que cuando Teodoro García Egea fue nombrado Secretario General del Partido, el 26 de julio de 2018, tan sólo tenía 33 años. Es cierto que atesoraba una excelente formación académica (es ingeniero de Telecomunicaciones y Doctor en Robótica), pero su currículum es escueto y, fuera de la política, casi inexistente. Se afilió en cuanto pudo a las Nuevas Generaciones del PP de Murcia. A los 22 años, prácticamente justo al graduarse, entró ya de concejal en el ayuntamiento de Cieza, en Murcia, su pueblo natal (nació allí el 27 de enero de 1985). Poco después lo nombraron director de la Agencia de Gestión de la Energía de la Región de Murcia. «A Teo», me explica una persona del PP que la tratado bastante, «lo apadrina desde el principio en Murcia Vicente Martínez Pujalte, un señor del Opus Dei que fue durante muchos años diputado del PP en el Congreso y que estaba muy metido en la Comisión de Economía. Él lo arropó y también su mujer, Isabel Borrego«.

Ni Teo destacaba al principio como un gran intelectual en ciernes, ni como un orador consumado. «Nunca ha entendido la política como una confrontación de ideas», me comentan. «En realidad, no tiene un corpus ideológico definido. Lo suyo es pura adscripción al PP por una cuestión, incluso si me lo permites, estética». Sin embargo, eso no ha sido impedimento para que tuviera una carrera meteórica, aunque hay que reconocer que ha tenido momentos de verdadera chiripa. Como cuando Ramón Luis Valcárcel lo incorporó como número siete a la lista por Murcia al Congreso: iba de puro relleno, pero salió. Teodoro hizo las maletas y se plantó en Madrid.

Los del Luarqués

En el Congreso hizo buenas migas con otros jóvenes de las Nuevas Generaciones y, aunque en su primera legislatura como diputado (2011-2015) no hizo mucho, sí se desgañitó por irse labrando visibilidad de algún modo. Ya entonces se ganó la fama de obseso por el trabajo, pero también de alguien con un punto arrogante que quería subir rápido y triunfar a cualquier precio. A muchos les resultaba un tanto irritante.

En el año 2016, ya en su segunda legislatura, se hizo muy amigo de un grupito de diputados jóvenes que se reunían en un restaurante asturiano, el Luarqués, en la calle Ventura de la Vega, cerca de la Carrera de San Jerónimo. El grupo había sido una iniciativa de Guillermo Mariscal, diputado por Las Palmas y entonces portavoz en la Comisión de Industria del Congreso, pare reunir de manera distendida a personas afines que comparten una visión común: todos eran jóvenes (de unos 30 a 40 años; Teo era de los más junior) y creen que el partido está anquilosado, que necesita cambios radicales después de años de «marianismo» o, lo que es lo mismo, de Mariano Rajoy. El grupo está formado, entre otros, por Belén HoyoAntonio González Terol, Mario GarcésJordi RocaJaime de Olano y un diputado por Ávila llamado Pablo Casado.

Si Teo es una persona expansiva, grandilocuente y un tanto abrasiva, Pablo Casado es todo lo contrario. La propia Cayetana Alvarez de Toledo dice en su libro que «tiene un trato personal magnífico. Cariñoso y cálido. Sabe las teclas que hay que tocar y las toca bien». Sin embargo, la propia Cayetana también reconoce que Pablo le pareció desde el principio «un hombre de empatías variables. Un camaleón sentimental. Lo que castizamente se llama bienqueda o un veleta».

Esta flaqueza de carácter hizo que cuando Pablo Casado se presentó a las primarias, necesitara desde el principio a alguien fuerte a su lado. Alguien que le diera ánimos continuamente, que lo apuntalara y lo animara a seguir. Y Teo se prestó a ser su fiel escudero. «Si no te lanzas tú, me lanzo yo», le dijo un día en un banco de una plaza de Madrid cuando Rajoy perdió la Moncloa, el partido se vino abajo y un congreso extraordinario fue convocado a toda prisa. Pablo se lanzó al ruedo y Teo, armado con algoritmos, modelos matemáticos y gadgets y apps de todo tipo se puso a alinear los apoyos necesarios.

Muchos medios de comunicación comentaron que Teo había dado tal lección magistral de organización durante el congreso que asombró a propios y extraños. Que fue él quien, astutamente, supo parar al aparato de María Dolores de Cospedal y frenar al de Soraya Saenz de Santamaría. Fuentes consultadas me aseguran que, aunque es verdad que se movió con agilidad y trabajó sin descanso, no fue tan decisivo como quiso ver. Desde el PP de Murcia, Isabel Borrego se encargó de llamar a todo el mundo.

Las «purgas»

Sea como fuera, Pablo Casado fue recibido con los brazos abiertos por muchos militantes que vieron en él a un golpe de aire fresco. El que iba a abrir las ventanas y limpiar el partido. El joven con talento y dotes para la oratoria que podía arrasar en unos futuros comicios. El tipo liberal-conservador, nutrido en la FAES, que podía dejar fuera a los tecnócratas salvajes. Pero él debió sentir auténtico vértigo al verse de repente en la planta séptima de Génova.

«Teo se aprovechó de los miedos de Pablo», me comenta una persona que ha sido afín al PP de Cataluña. «Los dos eran demasiado jóvenes para aquellos cargos tan grandes». Teo, recordémoslo, tenía tan sólo 33 años; Pablo Casado, 37. «Aparte, yo creo que Pablo se sentía en deuda con él».

Lo que siguió a partir de ahí algunos lo han definido como «purgas». «Teo parecía haber copiado un modelo de partido leninista», me aseguran varias personas que sufrieron sus consecuencias. «Todo se basaba en la obediencia ciega al líder y, sobre todo, a él. El control era férreo, mucho ordeno y mando».

Todo aquel que no se rindiera a esa obediencia ciega era apartado. Nada más llegar a la Secretaría General del partido, defenestró a Alfonso Alonso de la presidencia del PP vasco y puso a Carlos Iturgaiz. A Alonso le ofreció como premio de consolación irse al Ayuntamiento de Madrid y, según cuentan algunos, le llegó a decir que lo podían colocar en la funeraria municipal. Alonso, por supuesto, se negó. En Valencia pasó algo parecido: Isabel Bonig saltó de la noche a la mañana y entró Carlos Manzón. Personas que habían sido muy próximas al proyecto «marianista», como Fernando Martínez-Maíllo José Luis Ayllón también fueron aislados. Todos los antiguos ministros fueron defenestrados políticamente, a excepción de Ana Pastor Elvira Fernández. De los abogados del estado, figuras sacrosantas cuando Soraya reinaba, no quedó prácticamente ni rastro. Muchos secretarios provinciales fueron removidos. En su lugar fueron situándose nuevos perfiles, con nombres como Ángel Carromero y Alberto Casero, éste último famoso recientemente por haber votado mal telemáticamente y haber permitido la aprobación de la reforma laboral del PSOE.

«No es justo verlo sólo así», me aseguran algunos. «También hay que tener en cuenta que apostó por gente nueva por la que no había apostado nadie. Apostó por Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez Almeida en el 2019, cuando prácticamente nadie más lo hizo». Es una observación pertinente, aunque habría que matizarla a la luz de los recientes acontecimientos.

Teodorocracia

Teodoro fue acumulando cada vez más poder. Los viejos amigos ya casi ni lo veían y aquel grupito del Luarqués desapareció poco a poco de su agenda. Se convirtió en un ser remoto, instalado en su propia torre de marfil, ocupado únicamente en imponer la «teodorocracia», como bautizó Cayetana Álvarez de Toledo, en el partido.

A Pablo Casado, por supuesto, le llegaron multitud de críticas internas, pero él no les hizo caso. «Son cosas de Teo», respondía siempre sin darle más importancia. Entre ambos se creó un tándem con una dinámica que acabó siendo perversa: Pablo era el sonrisas ante las cámaras, el rostro amable; Teo, el poli malo, el que se encargaba de tener la organización atada y bien atada.

Teo hacía y deshacía por todo el territorio y daba órdenes sobre campañas electorales que no siempre tenían sentido. En las catalanas del febrero del año pasado, muchos aún lo recuerdan con resquemor. «El PP nacional intervino de manera caótica», me cuenta una persona que lo vivió de cerca. «Todo fue de mal en peor y el resultado fue malísimo. Eso le dio la excusa perfecta a Teo para poner las presidencias provinciales a dedo. Fue a por Alejandro Fernández [candidato del PP a la presidencia catalana] desde el principio». Otra persona me lo confirma: «Por aquí, por Cataluña, iban apareciendo de vez en cuando dos personas: Ana Beltrán, del PP navarro, y Alberto Casero. Aparecían en la sede y daban órdenes y consignas. Todos sabíamos que vinieron a hacerse cargo en nombre de Teo».

Historias parecidas me las cuentan de otras partes de España. «Él ha ido poniendo sus piezas por toda la geografía. Sus peones, por así decirlo. Pero tiene pocos afines de verdad y fieles, a prácticamente ninguno. Yo no creo que tenga un ejército preparado, como se ha dicho. Ha habido gente que se ha mostrado cercana a él mientras él estaba al mando, pero que ahora se pondrán seguramente al servicio del nuevo. Claro que va a ser divertido ver el contorsionismo de algunos, desde luego».

La caída en Madrid

Precisamente, fue pensar que disponía de más fuerzas de las que realmente tenía lo que le hizo caer en desgracia. Cayó porque su ambición le cegó, le impidió ver la realidad y pensó que podría con una todopoderosa Ayuso. «No soportaba que una persona que estaba técnicamente por debajo suyo, al menos jerárquicamente dentro del partido, fuera admirada por las masas, que estuviera amasando tanto poder», me asegura un colaborador del partido.

«Es como en los relatos griegos clásicos», me confirma otra persona. «Cuando hablaban de la hubris, ese odio visceral por un enemigo o adversario que te lleva al suicidio. Que te conduce a abandonar tu fortaleza y a enfrentarte a tu enemigo donde es más fuerte». Y prosigue: «Yo no creo que la información sobre los supuestos cobros del hermano fuera una información para destrozar políticamente a Ayuso. Lo que querían, a mi entender, era simplemente doblegarla. Era un aviso a navegantes. No querían que se presentara al congreso regional y pensaron que con aquella chapuza de jugada podrían conseguirlo. Pero no contaron con que ella aguantaría y jugaría sus cartas mucho mejor que ellos».

«Tendrían que haber leído mejor lo que pasó en Castilla y León», me asegura un colaborador que lo vivió de cerca. «Ellos van a Castilla para demostrar que Ayuso no ha ganado por sí misma; que lo suyo ha sido una victoria del PP. Que la marca ganadora, en el fondo, era Casado. Era todo de una miopía espantosa. La campaña fue un desastre y, al final, Mañueco intentó usar a Ayuso todo lo posible. Pero ellos, Pablo y Teo, erre que erre. Esa soberbia es lo que los ha defenestrado».

«Teodoro, que es un niño, creía que podría con Miguel Angel Rodríguez, que es un senior y está curtido en toda clase de batallas políticas», añade. «Gestiona el timing como nadie. Sabía que tenían el dossier y que lo podían usar en cualquier momento y él se les adelantó e hizo salir a Ayuso con todo el tema del espionaje. ¡Qué es que la espiaron! Fue un jaque mate de manual. Ayuso controló el mensaje desde el principio y Teo no aguantó ni dos días».

¿Alguien podría haber previsto semejante fin? Todos las personas con las que hablo me dicen que no. Un no contundente. Muchos esperaban la caída de Teo, y sabrían que llegaría tarde o temprano, pero nadie se imaginó que sería con tanta virulencia y tanto drama. «Ha sido un espectáculo bochornoso y hasta cutre», me reconoce una persona del partido. «Si Casado hubiera reaccionado rápido y hubiese ofrecido la cabeza de Teo de inmediato, aún seguiría en pie políticamente», cree otro colaborador. «Pero se enrocó hasta el final. Su gestión de todo esto ha sido pésima».

Hasta que ya no pudo más. «Teo, te tienes que ir, esto ya es insostenible», le dijo el 22 de febrero por la tarde. Él se resistió. Dicen que hubo broncas, reproches y algún que otro chillido. Finalmente, aceptó, pero pidió decirlo él mismo en una entrevista. Aquella noche, en La Sexta, lo anunció: «He tomado esta tarde una de las decisiones más difíciles de mi vida política: dejar el cargo».

Muchos en el partido respiraron aliviados. Se había acabado lo que para la mayoría había sido una verdadera pesadilla.

Fuente: Ana Polo Alonso – El Independiente

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