Tendrás el deshonor y perderás la guerra

El Partido Popular del señor Casado produce una fatiga cada vez más intensa. Desde antes de la guerra sin cuartel que se libra en su seno. Desde que humilló a Abascal en la moción de censura de Vox contra Sánchez. Ha ganado las elecciones en Castilla y León, sí, pero sólo por inercia, que es lo contrario de la ilusión colectiva o del enamoramiento ciudadano. Ha ganado por el rechazo que provoca el sanchismo, y con un rédito muy por debajo de las expectativas que albergaba cuando se convocaron los comicios.

Quizá en un momento determinado Alfonso Fernández Mañueco pensó que podía ser como Isabel Díaz Ayuso, y Casado creyó lo mismo, que la marca PP es más fuerte en estos momentos que la de la presidenta de la Comunidad de Madrid, pero los resultados han demostrado que ambos estaban equivocados. Fernández Mañueco es una persona triste, sin gancho, incapaz de persuadir a nadie normalmente constituido salvo a la tropa menguante de acólitos, pero Casado lleva camino de alcanzar su misma irrelevancia.

Abascal, que es quien de verdad ha salido mejor parado de las elecciones, posee alguna ventaja sobre los demás. Tiene las ideas claras, las manifiesta sin velo alguno y carece de prejuicios o de complejos en su combate sin cuartel contra la izquierda, que es lo que desean de igual manera los votantes del PP y los de Vox para desembarazarse en cuanto sea posible del personaje siniestro que dirige la nación.

Pero lo que está ocurriendo después de las elecciones, esa insistencia delirante del presidente del PP por rechazar un Gobierno con los de Abascal, entra ya en el campo de la patología. Demuestra una vez más que la derecha no logra desembarazarse del patrón ideológico que le marca la izquierda, de su superioridad moral, de su derecho a decidir no solo con quién pacta ella -los filoterroristas, los separatistas y los comunistas- sino con quién deben hacerlo los demás para recibir el certificado de pureza democrática.
La acorazada mediática mal llamada progresista insistirá estos días en que Vox es esa derecha radical, extrema e imprevisible de la que conviene mantenerse lo más lejos posible, pero en Castilla y León se ha vuelto a demostrar que ya no asusta a nadie y que participa de un electorado común que demanda a gritos un acuerdo con el PP porque tiene muy claro que el enemigo incuestionable a batir es Sánchez.

Me encuentro cada vez a más votantes del PP, y mira que conozco a muchos, que piensan que Casado no está realizando una labor de oposición eficaz a la izquierda y que carece de proyecto alternativo con la potencia de fuego suficiente. No es cierto. Naturalmente que hay un corpus ideológico distinto entre unos y otros. De lo que carece Casado es de un equipo capaz de comunicarlo con eficiencia ni, como sí hace Ayuso, dejar desafío o provocación sin respuesta.

La presidenta de Madrid es la única dirigente popular que se ha pronunciado con sentido común sobre la eventualidad de un acuerdo con Vox, gracias al que gobierna en la Comunidad: “¿Por qué hemos de actuar pensando en lo que diga la izquierda? ¿Por qué hemos de aceptar que sean ellos los que impongan la agenda política?”. La gente de derechas empieza a estar muy harta de los estúpidos escrúpulos del PP, y si éste no quiere pactar con Vox acabará votando a Abascal, y hará muy bien.

Hay dos vectores fundamentales en política para dirimir las similitudes entre los proyectos de los partidos. La política económica y la política educativa. En ambos aspectos el PP y Vox piensan más o menos lo mismo. Defienden el libre mercado, unos impuestos bajos y un gasto público moderado. Los de Abascal, que, como le ocurre a Casado, tampoco tienen un equipo económico digno de tal nombre a veces patinan, por ejemplo al oponerse a la ley que prepara Ayuso para blindar la autonomía fiscal de Madrid con argumentos peregrinos. Es imperdonable, pero la perfección es lo más parecido a la utopía.

En la educación están los dos en favor de un sistema exigente orientado a la excelencia bajo la competencia entre una escuela pública reforzada bajo criterios de mérito y capacidad y un modelo concertado y privado que es afortunadamente complementario y crucial para garantizar la libertad de elección de los padres y descargar al mismo tiempo al sector público de las exigencias monetarias del sistema.

Vox tiene, en mi opinión, ideas que repugnan a la izquierda, y que por eso mismo prueban que son muy acertadas; en lo que respecta a la inmigración -que quiere contener a aquella que sea legal y demuestre su voluntad de integración en la cultura del país-; en la política de concesiones inapropiadas al colectivo LGTBI, que si desea tener presencia en el sistema educativo debería ser bajo la previa y estricta aprobación de los padres. También se opone con razón a la ley de violencia de género, que discrimina negativamente a los varones, y rechaza las leyes de memoria democrática, que son un pretexto para mantener el clima guerra civilista tan del gusto de Sánchez y sus socios, al tiempo que hurta a nuestros hijos de una comprensión cabal de la historia de la nación. ¿Es, por otra parte, peligroso poner en valor la familia tradicional, defender el derecho a la vida o estar en contra del aborto y de la eutanasia?

En todas estas cuestiones tan importantes para la conciencia cívica el PP se abstiene, en el mejor de los casos, cuando no hace un seguidismo repulsivo de la inmoralidad dominante con la que ya no traga la mayoría de su electorado gracias a la enorme contribución de Vox a la denuncia implacable de la corrección política, de la política de persecución del disidente y del victimismo subversivo de los colectivos supuestamente discriminados que se han convertido en los más favorecidos por la financiación pública a través de la multitud de chiringuitos que vive a costa de los impuestos de la gente decente.

El presidente Sánchez ha dicho que podrían abstenerse y permitir gobernar a Mañueco en Castilla y León a cambio de que el PP abjurase de sus acuerdos con Vox en el conjunto de las autonomías. ¿Pero de qué va el petimetre? Cuanto antes desmontemos el mantra de que Vox es peor que los socios del Ejecutivo Frankenstein antes normalizaremos el país. La responsabilidad principal en esta tarea le corresponde a Casado. Debe vencer su animadversión personal por Abascal, que es completamente irracional, impropia de un político, y menos de uno que pertenece a la casa común, e impulsar un verdadero gobierno de progreso en Castilla y León que podría catapultarlo a La Moncloa. Y por descontado, debe dejar de segar la hierba bajo los pies a Ayuso -la política más popular de España desde los buenos tiempos de Felipe González-con maniobras desquiciadas y suicidas que ningún votante de la derecha comprende y que solo alimenta la pasión por la sangre del socialismo en el poder. Parafraseando a Churchill, si no lo hace tendrá el deshonor y además perderá la guerra.

Fuente: Miguel Ángel Belloso – OKDiario

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