‘1984’ y la facilitad de ofensa en la era de la estupidez

“Algo se ha torcido para que se lancen advertencias contra novelas con varias décadas o para que se hagan versiones ‘polite’ de obras que ya triunfaron”.

La mejor muestra gráfica que he encontrado sobre el comunismo está en Praga. Es un monumento situado a los pies de un parque –colina Petřín– que está compuesto por seis o siete figuras de bronce. En la primera, se observa a un hombre con el cuerpo intacto. La última estatua de la fila la forman apenas unos jirones de piel. Es un homenaje a los presos políticos de esta ideología y muestra a la perfección el modo en el que destruye de forma progresiva al individuo hasta someterle al sistema. Hasta hacerle desaparecer.

Este concepto se puede aplicar a todos los totalitarismos, pues suelen ser igual de insaciables a la hora de minar la autonomía intelectual y espiritual de los individuos. Al principio, hay un hombre libre; después, una persona que está condicionada por la potencia de los aparatos propagandístico y represivo del Estado. Al final del proceso, un ‘ente humano’ que debe gastar la mayor parte de su fuerza y de su tiempo en sobrevivir. Por tanto, ni siquiera tiene la voluntad suficiente como para pensar. Hay desmotivación, desesperanza y apatía. En esa fase, el ciudadano ya se ha dado cuenta de que ninguno de sus proyectos vitales puede escapar al control de los que mandan.

Se ha producido un acontecimiento significativo en estos últimos días que refleja a la perfección la deriva del mundo occidental, que es el que nos ocupa. Resulta que la universidad británica de Northampton ha decidido alertar a sus estudiantes sobre el contenido de 1984, la obra de Orwell. Lo ha hecho con el siguiente mensaje de advertencia (trigged warning): “Puede abordar temas desafiantes relacionados con la violencia, el género, la sexualidad, la clase, la raza, los abusos, el abuso sexual, las ideas políticas y el lenguaje ofensivo”.

Habrá quien piense que este episodio es una mera anécdota. El equivalente a poner al zorro a cuidar de las gallinas. También habrá quien considere que los ideólogos de la corrección política -que tienen dejes totalitarios- tratan de evitar con esta acción que los universitarios se acerquen a una obra que define los peores vicios de las dictaduras autocráticas, censoras, patrioteras y miserables. Quizás es una forma de que los alumnos eviten acercarse a la obra y, con ello, hacerse preguntas incómodas acerca de la realidad en la que viven, que quizás les hayan definido de una forma incorrecta o incompleta, en un intento de maquillar los dejes tiránicos de quienes se arrogar la superioridad moral en las esferas política o educativa, que son los lobbies progresistas.

1984 y la censura

Digamos que los estudiantes podrían descubrir en 1984 que la autocensura o las restricciones a la libertad de expresión -dos procesos que van juntos- son síntomas de que la democracia se ha difuminado en la vida en sociedad, pues los grupos de presión se han hecho con el control de la opinión pública (o casi) y eso les permite conducirla hacia el terreno que les interesa en cada momento.

Hay un ejemplo claro en este sentido, que tiene que ver con la Neolengua. Hace unos años, se hablaba de calentamiento global; después, se impuso la expresión ‘cambio climático’ y, de un tiempo a esta parte, la situación se define como ‘emergencia climática‘. ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿La realidad climática del planeta ha mutado en diez años? ¿O lo ha hecho el discurso de esos lobbies por motivos de rentabilidad económica o ideológica?

Los propagandistas de los sistemas autoritarios moldean el lenguaje de forma constante para evitar el desgaste de su discurso y para manipular a las sociedades de una forma más efectiva. Aquí no tiene cabida la razón. Se deja premeditadamente a un lado. Por eso, las dictaduras terminan por adoptar comportamientos casi supersticiosos. O exagerando hasta extremos absurdos. ¿Emergencia? ¿Qué emergencia?

¿Qué estatua somos?

Llegados a este punto, conviene volver al monumento de Praga. La ciudad, por cierto, de Kafka, un autor que explicó bien el proceso de fragmentación del individuo cuando se enfrenta a estructuras sociales mucho más fuertes que él. La pregunta es: ¿qué estatua somos ahora? ¿Seguimos en primera posición, que es donde se encuentra el hombre autónomo? ¿O nos hemos encaminado hacia las últimas posiciones de la fila, donde se halla la figura sin un brazo, con la mitad del pecho roto y coja?

Desde luego, algo se ha torcido en este tiempo -y de forma sigilosa- para que se trate de revisar la saga de Harry Potter para hacerla ‘inclusiva‘; o para que a los alumnos de una universidad no se les presuponga la suficiente autonomía como para leer un libro y sacar sus conclusiones. No son niños: son universitarios. Por tanto, la advertencia es excesiva y ni mucho menos debería ser tomada como una anécdota. Cuando un centro de educación superior recurre a esa forma sibilina de censura previa, significa que hay un intento de imponer un modelo de sociedad con unos condicionamientos morales que son propios de inquisidores.

Por eso, Patton ya no podría ganar el premio Oscar a la mejor película, pues no hay suficientes actores negros o pertenecientes a minorías desfavorecidas. Sólo describe la realidad de una época; de un acontecimiento histórico concreto que los propagandistas que nos encaminan hacia este ‘neo-mundo’ quieren ocultar. Y como su proyecto tiene trazas de totalitarismo, aplican varias técnicas de censura polite para discriminar entre lo bueno y lo malo. Entre lo correcto y lo peligroso. Ahora bien, convendría no utilizar eslóganes como “libres” e “iguales” en estas condiciones. Porque eso ya no es así.

Fuente: Rubén Arranz – VozPópuli

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