El petróleo está ya un 50% más caro que la previsión del Gobierno

Moncloa tiene presupuestado el crudo a 60 dólares y roza ya los 90. Cada 10 dólares de subida le cuestan a la economía 5.000 millones de euros.

Los analistas prevén precios al alza para este año, pero el Ejecutivo pronostica una caída del 15%.

Los planes del Gobierno arrancan torcidos el año. Para empezar, el precio de la luz en el mercado mayorista se encuentra tres veces más caro que hace un año (en torno a los 200 euros el megavatio hora en lo que va de enero por los 60 euros MWh de 2021) y seguirá a buen seguro tensionando la inflación y descuadrando todas las cuentas contenidas en los presupuestos. Unos PGE donde las grandes cifras aparecen ya desfasadas, como en el caso del petróleo.

Y es que el Ejecutivo ha pronosticado una drástica caída de los precios del crudo de nada menos que el 15,6%, algo más de 10 euros por cada barril importado: desde los 71,6 dólares el barril con los que espera que se cierre de media el pasado año a los 60,4 dólares, según contiene el libro amarillo presupuestario. En su análisis, el Gobierno considera que, respecto a los precios de las materias primas, «desde marzo de 2021 el petróleo Brent ha mostrado una tendencia ascendente con cotizaciones por encima de los 70 dólares por barril. No obstante, en 2022 se espera una ligera moderación en los precios del petróleo hasta situarse en torno a los 60 dólares por barril».

Precio del petróleo
Precio del petróleo FOTO: TERESA GALLARDO

Una previsión que sostiene contra viento y marea pese a que en su cuadro macroeconómico el Gobierno reconoce –en el apartado donde se analizan los riesgos asociados al escenario– que el petróleo se situaba desde junio en torno a los 70 dólares, una subida del 40 por ciento respecto a la cotización de finales de 2020 (40 dólares) y que en julio llegó a superar los 77 dólares, el mayor nivel desde octubre de 2018. «Esta evolución se explica por la progresiva recuperación de la demanda mundial y la reactivación de los viajes y el turismo, a lo que se han sumado las restricciones de oferta mantenidas por la OPEP en los últimos meses». Sin embargo, el Ejecutivo se mantiene en sus trece y aseguraba que «el mercado de futuros de petróleo muestra estabilidad en los próximos meses, registrando incluso un ligero descenso hasta los 60 dólares barril en 2022».

La realidad, marcada por las tensiones geopolíticas entre Rusia y Occidente, ha dado al traste con ese enfoque. Los precios del barril de Brent rozan los 90 dólares después de toda una semana en los 88 dólares el barril. Ya están pues casi un 50% más caros que las proyecciones del Gobierno. Y eso a mediados de enero. No será por las advertencias recibidas. En su análisis sobre los PGE de 2022, el centro de análisis de las Cajas de Ahorros, Funcas, ya advertía de que, en el contexto energético actual, la expectativa del precio del barril de petróleo «podría estar infravalorada si tenemos en cuenta la tendencia creciente observada durante todo el año 2021, en la que se ha superado en octubre la barrera de los 80 dólares».

Sobre la posibilidad de ver un petróleo en 100 dólares a medio plazo, JP Morgan comenta que «el superciclo del petróleo está en marcha, ya que el endurecimiento de la oferta/demanda aumenta la probabilidad de escenarios alcistas por encima de 100 dólares por barril». De hecho, en un informe previo al «rally» del último mes y medio, los analistas del banco de inversión apostaban por precios en los 125 dólares el barril de crudo en 2022 y de 150 dólares en 2023. Ante este panorama, el rango de precios ha cambiado para el tercer y cuarto trimestre del año: de los 90 y 87 dólares, respectivamente, a los 100 dólares. Los analistas de Bank of America pronostican un rango similar próximo a los 100 dólares, mientras el banco suizo UBS, en un reciente informe, también atisba la misma espiral alcista en la que el petróleo entró el pasado verano y espera que durante 2022 el precio de barril de Brent oscile entre los 80 y los 90 dólares.

El desajuste supone otro jarro de agua fría en la economía por la fuerte dependencia de España de las importaciones energéticas, más aún en un contexto muy negativo para la balanza comercial, marcado por la menor entrada de divisas procedentes del turismo. El crudo Brent, de referencia en Europa, llegó a cotizar por encima de los 70 dólares por barril en abril de 2019 y se moderó posteriormente hasta alcanzar, a finales de septiembre, niveles en el entorno de los 60 dólares. Desde entonces y hasta principios de enero de 2020 tomó una senda ascendente hasta acercarse a los 70 dólares, pero en el transcurso del primer semestre de 2020 experimentó una notable caída debido al impacto de los confinamientos por la expansión de la Covid-19 sobre la demanda global. A mediados del pasado año, con la extensión de la vacunación, se aseguraba la cota de los 75 dólares y desde entonces no ha hecho más que apreciarse. Los analistas consideran que una variación de 10 dólares en los precios del barril de Brent respecto a las valoraciones del Gobierno puede suponer hasta 5.000 millones de euros, dependiendo del cambio del euro respecto al dólar y de la demanda.

No sólo combustibles

Aunque el Gobierno no compra petróleo, ni siquiera para las reservas estratégicas que gestiona Cores, el impacto de las oscilaciones de precios en las importaciones energéticas (crudo y gas natural) en la balanza de pagos es enorme. España no produce ni un 1% del petróleo que consume, lo que implica una descomunal factura. Por eso, las bajadas de precios de 2015 y 2016 permitieron ahorrar más de 40.000 millones de euros. Hay que tener en cuenta que el crudo no solo impacta en los precios de los combustibles, sino de muchos otros productos. El petróleo es una materia prima fundamental en el asfalto de las carreteras, los lubricantes y otros aditivos, las pinturas, los barnices, el plástico o las parafinas, además de jabones, perfumes o cosméticos.

A este contratiempo se une el precio de la electricidad, muy presionada por los precios del petróleo y del gas. Un gas natural que, como reconoce el Gobierno, es el factor que más ha tensionado la electricidad en los mercados mayoristas al ser la materia prima utilizada en la generación eléctrica y cuyo precio se ha multiplicado por más de cuatro en el último año, impulsado por la recuperación global y factores geopolíticos.

Fuente: H. Montero – La Razón

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