Nunca te olvidaré…

«Parece, amada esposa, que estábamos destinados a ir a ninguna parte en la vida; así lo pensé cuando te conocí, lo intuía, no sé por qué;  y lo abandoné todo,  dejé de escribir, perdí el interés en fotografiar la montaña, y en vez  de pintar marinas al óleo, me conformé con mirar el horizonte marino, desde la playa».

Toda mi vida la he pasado escribiendo y no recuerdo haber pensado nunca en el porqué me gustaba tanto escribir…  Comencé desde pequeño en la escuela, y luego en el bachillerato lo entendí  (pobre de mí)  como un posible oficio porque observé que eran pocas las personas que sabían escribir, y cuando lo hacían algunos, daba pena contemplar el resultado.

Quizás las entrañables palabras de mi abuelo me llevaron a despejar la incertidumbre por aquellos días de curiosidad juvenil, pues escribir era la forma idónea de no olvidar nunca a los que me cuidaron y me enseñaron a sobrevivir en un mundo que, poco a poco, me mostraría, sin embargo,  que el relato de la vida era demasiado corto y con muy pocas páginas para que todas las cosas y todas las personas conocidas, cupieran en él.

Y aún así, no sé qué decir -ni siquiera hoy-  cuando llega la hora de afrontar la temible catástrofe de tan dolorosa magnitud que es el olvido; el tremendo dolor que causa no recordar, siquiera, el rostro de la persona amada…

Tampoco sé si la triste experiencia de hurgar en el pasado, hace posible embellecer las consideraciones literarias sobre el recuerdo de una vida feliz junto a mi esposa; la exuberante belleza de su presencia, el granate almantino de los íntimos abrazos, y el precioso calor de los salvajes y clandestinos besos.

La delicia de todos esos momentos de la vida cotidiana que conducen hacia el gran milagro que sucede en todos los paisajes más desconocidos, esa tierra celestial que pertenece por ley al paraíso; ese maravilloso lugar de los afortunados que gozan de la presencia de Dios porque todo, absolutamente todo, lo que rodea a los amantes fieles, es puro jardín de las delicias.

Descubrir a su lado todas las pasiones que encierra la noche, y toda la extraordinaria frescura que obsequia el amanecer a los que buscan amor eterno proyectando una forma de vida, un hogar feliz y una familia amorosa.

Parece, amada esposa, que estábamos destinados a ir a ninguna parte en la vida; así lo pensé cuando te conocí, lo intuía, no sé por qué;  y lo abandoné todo,  dejé de escribir, perdí el interés en fotografiar la montaña, y en vez  de pintar marinas al óleo, me conformé con mirar el horizonte marino, desde la playa.

Todo lo que hacía era estar contigo, de día y de noche; y dulcemente nos abandonábamos, como dos locos amantes, a recorrer la costa berberisca, parando en las tabernas más humildes de los puebluchos más solitarios y olvidados de la mano de Dios.

Y a ti no te gustaba  que yo los llamara «villorrios de mala muerte»  porque decías que eran sitios lindos, solitarios, apartados del turismo, con cierto encanto y belleza; lugares donde ponían sabrosos platos de pescado acompañados de buen vino; y todo por unas cuantas monedas que nunca sobrepasaban los dos dólares al cambio de las antiguas pesetas.

No había estrella alguna de rango en los alojamientos para nuestra discreta economía. Si queríamos alguna estrella que diera esplendor, brillo y distinción a nuestros abrazos; pues en el cielo estaban todas esperando a que nuestros ojos escudriñaran la bóveda celeste; todo el fulgor que Dios nos ofrecía para el  divinum momentum amoris…

Sí… lo sé; eras mi esposa, cómo no lo voy a saber, te amaba tanto que lo sabía todo sobre ti, no hace falta que me recuerdes que hubo un tiempo en que Homero cantaba a Afrodita porque era la mujer más bella de la creación. Yo también lo hice; incluso con mi guitarra te cantaba canciones de amor.

Pero esos eran otros tiempos arcaicos en el que todos los dioses juntos vivían en el Olimpo,  o bien en la soledad más absoluta de la tierra más remota y oscura; sin intervenir para nada en los vulgares y estrafalarios asuntos humanos.

Pero el poeta Ovidio me enseñó que hay diosas que eligen a desgraciados y vulgares mortales como yo,  para que conozcan el paraíso y la felicidad eterna a su lado…

Y cuando te conocí, amada mía, supe que no podía ser cierto lo que me estaba ocurriendo; todas mi amigas me importaban un comino; si embargo fue el intelecto el que me susurraba, desde alma mía, que todo era transitorio, que si no lo veía todo como una aventura pasajera, sufriría mucho.

Los emisarios de la nada me advertían, pero yo era joven, educado y fuerte para enfrentarme a ellos; capaz de pelear con todos los demonios del infierno, sin que me templara el pulso. Dios nos miraba desde el altar, Luisa, cuando te convertías en mi mujer. Cómo voy a olvidar ese momento.

Eras mi esposa, Luisa, también ante el juez de los asuntos civiles; y en ese instante de firma y testigos, supe y comprendí, con tremenda tristeza que estaba condenado a sortear la nada.

Siempre he sido navegante, en mis años de juventud creía que el mar y los océanos eran un obstáculo insalvable que la poesía convirtió en un maravilloso  y agradable espectáculo de infinitud.

Es tan inmenso como el amor que se siente por una esposa fiel; y sus olas son el himeneo que canta el alma cuando se coloca el anillo y se reciben las bendiciones nupciales.

Si persevero en la tristeza, querida esposa, es porque todo se volvió tenebroso y oscuro cuando te perdí para siempre; la muerte te hizo más bella aún, y no era una burla del destino; era la tremenda y fría crueldad de la despedida. El último adiós de una mujer coqueta y presumida, a su esposo y a sus hijas.

El mar cubierto de tinieblas, se torna sombrío, tétrico y negro si te invade la desidia más vaga y profunda. Pero cuando me llegue la hora, amor mío,  navegaré hasta los acantilados y oiré el sonido inconfundible de su viento.

Allí esperare para escuchar tu llamada gritando mi nombre, y te encontraré…

Nunca te olvidaré, Luisa… te llevaré en mi corazón hasta el último aliento de mi vida.

 

-Artículo-opinión de Alfonso M. Becker © copyright  (Todos los derechos reservados)

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