«Nos tratan como perturbados porque elegimos no vacunarnos»

3,9 millones de españoles aún no se han inmunizado frente al Covid. Muchos no se consideran ‘antivacunas’ pero cuestionan este fármaco.

No somos antivacunas; somos anti-esta-vacuna». Manuel Moliner, de 42 años, golpea cada parte de su frase como si de eso dependiese su convicción. Este hombre forma parte de los, redondeando, 3,9 millones de personas que no se han vacunado en España, un país modélico que acudió solícito a la llamada de científicos y autoridades a recibir los dos pinchazos. Manuel tiene todas las vacunas puestas, salvo la del coronavirus. Intuía que «lo de ahora» iba a pasar: se iba a «señalar» a quien no estuviera convencido de las bondades de las vacunas ARN mensajero, como es su caso.

Él, trabajador de una empresa tecnológica, ha mantenido conversaciones durante horas con sus compañeros y amigos para consensuar casi las mismas opiniones: cuatro de ellos no han recibido una sola dosis, se mantienen como una barrera frente al fármaco que consideran es mejorable y no descartan ponérselo en un futuro cuando les ofrezca mayores garantías. ABC habla con los cuatro, sus nombres van a ser ficticios. Temen represalias en sus trabajos; algunos de ellos son sanitarios o se desempeñan en lugares públicos. Estas cuatro personas integran lo que se conoce como los ‘no vacunados leídos’ porque tienen dilatadas carreras profesionales, y son ingenieros, informáticos, médicos o científicos, pero han decidido no poner el brazo.

«Me siento identificado con esa definición –aduce Manuel–; de hecho, mis amigos y yo no hemos dejado de compartir hace veinte meses documentación científica, de esa que se está revisando por pares mientras la gente acudía a las colas de vacunación. He dudado varias veces si ir, pero luego me he encontrado estudios que me han hecho repensármelo. No se trata de dividir a la población entre borregos o negacionistas, es una cuestión de tener una mente crítica. Nos tratan como perturbados y no lo somos. Parece que a la gente, a los medios de comunicación, les molesta que tengamos pensamiento crítico y nos replanteemos las cosas».

Salvar la humanidad

Son las razones de Manuel. «¿Y tú por qué no te has vacunado?» Entre los miles de personas que han declinado la invitación al pinchazo no existe un único argumento. Los cuatro amigos tienen motivaciones con un tronco común que expresa Antonio: «Se nos reprocha: ‘¿tú no quieres salvar a la humanidad de la pandemia? La vacuna ha funcionado para viajar y entrar en las discotecas, está claro. Pero no para salvar a la humanidad de la pandemia. Lo veo todos los días en mi trabajo. Espero que la gente no haya pasado por el aro simplemente por la comodidad de seguir los dictados del paternalismo del Estado. Ojalá esté equivocado, de verdad».

«Hay estudios que demuestran el deterioro de las células del sistema linfático, responsable de la respuesta inmunitaria. Curiosamente, en la actualidad hay hospitales desbordados de pacientes no Covid y no ha llegado la temporada de la gripe con rudeza. Quizás estamos más indefensos ante problemas que antes no eran una amenaza», introduce Josué, trabajador de un hospital. Antonio, por su parte, objeta el seguidismo farmacéutico. «En India y Japón dejaron de vacunar y aplicaron el tratamiento de la ivermectina, con mejores resultados. En España parece que no se quiere hablar de tratamientos alternativos».

Grupos de 20 a 40 años

Los grupos etarios de 20 a 40 años son los que presentan un nivel más elevado de resistencia al preparado de antígenos. Ocurre en España, pero también fuera, en Alemania o Austria donde se está padeciendo ahora mismo la falta de una tasa alta de cobertura vacunal. Patricia sube un poco de esa edad, 45 años. Descarta la idea de que los no vacunados estén estigmatizados. Aunque titubea cuando se le pregunta por sus temores a manifestar abiertamente que no está inmunizada. «Se nos acusa de poner en peligro a la salud pública. Yo tengo conciencia cívica, pero pasé el Covid y creo que ya tengo inmunidad innata, quizás proteja más yo que otra persona. Lo que intento decir es que evidentemente creo en el virus, existe, no soy negacionista, pero también creo que la vacuna se debería inocular a la población diana y en riesgo. Con eso se hubiera creado la barrera de inmunidad precisa. ¿No ves lo que ha ocurrido con la inmunidad de rebaño? Primero se iba a contener la pandemia con el 60, luego el 70, ahora quieren el 100%».

«No se nos persigue, pero se nos coarta»

En su caso y en el de Josué, no han querido decir en el colegio de sus hijos que sus padres no estaban vacunados, y han tenido que renunciar a llevarlos a alguna actividad extraescolar que exigía el pasaporte Covid (la pauta completa). «No se nos persigue, pero se nos identifica y se nos coarta», opinan. Eso, a su juicio, no es dar pábulo a una vacunación libre.

Los españoles están en cabeza de la vacunación en Europa. Es un hecho. No ha sido una victoria del Gobierno, sino de la ciudadanía. Josué niega con la cabeza y avanza: «Yo no confío en la estrategia planteada por los gobiernos, la de la vacunación masiva. Ni confío en la mal llamada vacuna contra el Covid, porque se ha llamado así cuando en realidad es una terapia genética, reconocida por los ejecutivos de Bayern; la llaman vacuna para ganarse la confianza del público, pero se ha demostrado su falta de eficacia y de seguridad».

Efectos adversos

Los cuatro amigos aducen razones como efectos adversos que se están viendo en los hospitales, con casos de miocarditis en hombres jóvenes. Manuel no se siente agorero: «No digo que vaya a pasar nada, pero no se puede obviar tampoco que está habiendo ya efectos secundarios». Y trae a la luz que Taiwán acaba de suspender la segunda dosis a los jóvenes, porque ha deducido que hay más riesgo que beneficios potenciales en este segmento de la población.

Fuera de este grupo de amigos, Mayka, madrileña con 46 años, tampoco quiere el pinchazo. Madre de un joven de 20, vive con su pareja a las afueras de la capital. Ninguno de los tres ha recibido una sola dosis contra el Covid-19 y no son ninguna comuna, sonríe. «No me he vacunado porque no le tengo miedo al virus y si lo hiciera sería incoherente con lo que pienso», explica. Alega ser su «propia jefa», es autónoma y se resiste a que alguien la «obligue» a vacunarse. En su opinión, las medidas que se están aplicando en otros países por el repunte feroz de contagios, como el confinamiento de no vacunados en Austria, suponen «coaccionar» y cortar la libertad. «Si llegan a hacer eso en España, me encadeno en cualquier sitio para protestar. ¿Quién es más incoherente: quien respeta las normas como yo o alguien que sale de fiesta vacunado noche tras noche?», declara.

«A mí no me hace falta»

Mayka será un dique frente al fármaco. Cristina no. Ella está dudando. No descarta vacunarse en un futuro. La causa que alega para no hacerlo es no verlo necesario. «Me parece bien que las personas vulnerables decidan inmunizarse, pero creo que a mí no me hace falta. Seguramente si me contagiara de la enfermedad la pasaría de manera leve», recalca. No obvia que la vacuna sí ha conseguido éxitos, como la rebaja más que sobresaliente en el número de muertes, las hospitalizaciones y la gravedad de la enfermedad para aquellos que se contagian e ingresan en un hospital. «Pero también creo que muchas personas han tomado la decisión de vacunarse sin pensar en los efectos secundarios que aún no se conocen», añade esta joven que no llega a la treintena.

Juan se une al ‘club de los no vacunados’ en la capital. Acusa de la gestión de la pandemia a «las mentiras del Gobierno y los medios», sus «cómplices» en el relato construido para conseguir el propósito de vacunar en masa a la población. Así que desde el principio tuvo el impulso de no seguir las consignas dadas, como si de una ‘guerra de los mundos’ se tratase. Por eso llama la atención que ante esta firmeza reconozca que sí se puso una dosis. «Al final lo he hecho por miedo a que me echaran del trabajo –justifica–. Nos dijeron que cuando volviéramos de manera presencial las personas sin vacunar tendríamos que entrar por otro sitio, rellenar un documento y mandar un correo cada día». Esa «presión» provocó que se ablandase con el fármaco. «También me preocupaba que pudieran colgarme el ‘sambenito’ de antivacunas en la oficina y que mis amigos me dejaran de llamar para hacer planes», finaliza.

Muro de contención

Eso le ha pasado precisamente a Martín, un joven de 18 años que sí está vacunado. Comenta que en su grupo de amigos están «identificadas» a la perfección las dos personas a las que no invitan a los ‘saraos’ por miedo a que les contagien. Él es condescendiente y no comprende a los compañeros que han levantado un muro frente a los no vacunados: «Hay divergencia de criterios y una vacuna –dice– no puede ser más fuerte que la amistad. Vas con mascarilla y tienes cuidado, pero no dejas de invitarlos».

Junto a este ramillete de motivos distintos, las autoridades sanitarias de las comunidades autónomas responsables de la vacunación admiten que se ha intentado promover la estrategia casi individual de inmunización, pero han chocado con otras realidades: enfermos crónicos, en procesos de recuperación de dolencias a los que se prescribió mejor la espera y otros ciudadanos con circunstancias personales que les han impedido tomar una decisión todavía.

Fuente: Erika Montañés – ABC

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