Médica, madre… y rica, muy rica

Cuando uno se dedica a decir a los demás cómo tienen que vivir, es lógico que los demás se pregunten si es coherente y cumple con lo que prescribe.

Me encuentro con este tuit del Huffington Post, sobre una rueda de prensa de Mónica García, en la que le preguntan si es compatible ser comunista y vivir en un ático de lujo en uno de los barrios más caros de Madrid:

Y me lo encuentro porque varios compañeros lo retuitean o comentan. En general, con elogios para la respuesta de la líder de Más Madrid y críticas al periodista por meterse en su vida privada o mezclar las churras de la ideología con las merinas de la casa de cada uno.

Apenas veo la tele, ni la clásica ni la youtubera. Y no conozco a ninguno de los responsables de Estado de Alarma TV. Quiero decir que no sé si están reinventando el periodismo o son una panda de hooligans con ganas de reventar las ruedas de prensa. Pero en este punto, lo de las preguntas personales a políticos, están haciendo lo que los demás deberíamos haber comenzado hace años. Que sí, que es incómodo, que tras la rueda de prensa te van a mirar mal y tratar peor, y que lo has perdido como fuente para los restos. Pero en parte de eso decían que iba el periodismo, de ser molestos para el poder.

No estoy diciendo que nadie publique la dirección de un político para que le hagan un escrache en la puerta de casa (por cierto, cuando esto se hizo de verdad, muchos de nuestros periodistas más exquisitos miraron para otro lado). Ni que metamos a los niños de nadie en lo que su padre o madre hace en el cargo. Pero cuando uno se dedica a decir a los demás cómo tienen que vivir, es lógico que los demás se pregunten si él es coherente y cumple con lo que prescribe.

García, por ejemplo, ha hecho carrera en política en Podemos y Más Madrid, partidos que desde su nacimiento han dividido en dos a la sociedad, los de arriba contra los de abajo. Pues está bien que sepamos en qué grupo se encuentra ella (spoiler: parece ser que en el de muy-muy arriba). Que a lo mejor hay gente que dice que es todavía más elogiable que alguien con su patrimonio e ingresos defienda las subidas de impuestos para los más ricos. Pero que se sepa.

Porque le responde al periodista: “Si quiere, me dice usted dónde tengo que vivir y qué estatus social tengo que tener”. Pero son ella y su partido los que quieren hacer esto, los que nos dividen en buenos y malos en función de la cuenta corriente o de si uno es empresario o de si sus padres eran ricos. No solos, por supuesto, pero también ellos. No es lo mismo defender una ley que trata a todos los ciudadanos como iguales a una que clasifica en función de variables arbitrarias. Si clasificas a los demás, lo primero es que reconozcas dónde te deja a ti ese reparto.

No olvidemos, además, que García hizo campaña alrededor de ella misma, de su trabajo y persona. Pregunten a cualquiera por la calle si recuerdan una sola propuesta de Más Madrid. Lo que nadie olvida es el “médica y madre”, que no se le caía de la boca. De nuevo, si uno se presenta así, no es justo que pare a mitad de camino. ¿Médica, madre… y qué más?

Por supuesto, aunque diga que ella no es comunista (en esa parte de la respuesta, se marca un Rajoy: “no sé nada de esa ideología de la que usted me habla”), lo cierto es que gracietas con el tema sí ha hecho y su partido se pone de perfil cada vez que toca hablar de Venezuela o Cuba. Porque a veces toca hablar, aunque la izquierda no quiera, de esto dos países hispanoamericanos, entre otras cosas porque hay miles de venezolanos y cubanos que viven en Madrid escapando de la miseria y la opresión en la que aquellos regímenes sumieron a sus sociedades. Gracietas, las justas, y más condenas inequívocas.

Pero aquí el tema es la vida de los políticos, que yo creo que hay que conocerla mucho mejor (no sólo la de García, que la traigo aquí porque la casualidad hizo que me encontrase con el vídeo esta semana, no porque le tenga especial manía). En realidad, tengo para mí que el 80% de las preguntas a nuestros representantes, a todos ellos, deberían ir dirigidas a ese tema. Porque es lo que ellos nos han hecho a nosotros: organizarnos la vida sin saber si ellos cumplen con lo que dictaminan.

A ningún político catalán o vasco, por ejemplo, se le debería permitir que saliera de una sala de prensa sin responder, con detalle y datos concretos, sobre a qué colegio van sus hijos, qué reparto tienen en las asignaturas y las lenguas en que se imparten las mismas. A ver si va a resultar que lo que predican y regulan para el resto no se les aplica a ellos.

Ya sé que en parte lo sabemos. Que se ha publicado dónde mandaban a sus hijos Artur Mas o Isabel Celaá. Pero no es eso. Lo que quiero es que lo digan ellos, que se les pregunte, repregunte y apriete. Que sea el principal tema de debate. Que cada ministro y consejero, no sólo los de Educación, se moje y explique lo que hace. No se puede discutir una ley educativa sin saber cómo afecta en primera persona los que la aprueban. ¿Qué es embarazoso? Pues por eso mismo.

O la meritocracia, otro debate de nuestro tiempo. Los argumentos siempre giran en torno a lo que los ricos pueden dejar a sus hijos. Pero a mí también me gustaría saber lo que pueden dejar los políticos (o los periodistas). A ver si con la mano derecha masacramos a impuestos a los patrimonios altos porque “las herencias son injustas y perpetúan desigualdades” mientras con la izquierda colocamos al niño por la puerta de atrás en una universidad privada de élite o de asistente de un europarlamentario o de becario estrella en el Ibex 35. Que desigualdades, ventajas de cuna y herencias hay de muchos tipos (por cierto, asumo que, de todo lo que planteo en este artículo, esto es lo más delicado; pero el debate sobre este punto quedaría completamente cojo si no sabemos cómo funcionan todo tipo de herencias y privilegios, no sólo los financieros).

Por no hablar de si un político que se precia de su condición de funcionario puede haber pedido la excedencia en el trabajo por sus condiciones familiares y porque no necesitaba su sueldo en casa y podía arriesgarlo todo en una campaña electoral. De Errejón a García, no parece que los líderes de Más Madrid se estén jugando el pan en su aventura política. También podríamos preguntarnos por qué la vuelta al sector público es mucho más sencilla que al privado: que hablamos de puertas giratorias cada día como si éstas se agotasen en los consejos del Ibex 35, pero subir el sueldo a un cuerpo de funcionarios del que uno forma parte y al que volverá es un conflicto de intereses como un castillo.

Del mismo modo, habría que apretar a la izquierda con una incoherencia preciosa: reivindican lo público y muchos aseguran que no les importaría pagar más en impuestos a cambio de que el Estado tuviera más ingresos. La pregunta es muy sencilla: ¿Por qué no lo hacen ahora? Normalmente se escudan en el “pago los impuestos que me tocan”. Pero no entiendo qué tiene que ver la ley aquí. Si uno piensa que “los que ganan lo que yo gano deberían pagar más”, debería preguntársele porque no lo hace, ya que nadie se lo prohíbe. Lo he escrito en otras ocasiones: esto es como si un propietario de esclavos hubiera dicho “me gustaría que fueran libres, pero mientras la ley no me obligue…” No hombre, empieza tú dando ejemplo y luego ya vemos lo que puedes exigir a los demás.

Es verdad que ahora se publican las declaraciones patrimoniales y lo que han pagado de IRPF los diputados. Pero el sistema deja mucho margen a la trampa. Para empezar, por el sueldo que no declaran nuestros diputados (y sí, el pago de las dietas mensuales para gastos extraordinarios es tan parecido al de las famosas tarjetas black de CajaMadrid que todavía estamos esperando a que nos aclaren la diferencia); para seguir, por las sociedades en las que puedan ser partícipes; y para continuar por el reparto de ingresos y pago de impuestos dentro de la familia o por las deducciones interpretables que se aplican en el límite de lo legal y que no se conocen si sólo vemos la cantidad final abonada.

Hace ya mucho que lo personal es político y lo político personal. A mí no me gusta. Lo que yo querría son pocas leyes e iguales para todos. Impuestos bajos, con un IRPF de tipo único (flat tax) y pocas deducciones, fácil de cobrar y de controlar. Gobiernos que no se meten en nuestras vidas y unas Cortes que se reúnen dos meses al año y que sepan que no hacer leyes sobre algo (o, mejor aún, simplificar las existentes) es la mejor respuesta en el 99% de los casos. Pero no estamos ahí. Estamos en que se legisla hasta extremos que nunca hubiéramos imaginado; y en que nuestros líderes se promocionan como seres achuchables, el vecino que querríamos tener, el amigo que nos falta. Son ellos los que iniciaron ese juego. Pues que lo completen. ¿Médica y madre? Sí, por supuesto. Y rica… muy rica.

Fuente: Domingo Soriano – Libertad Digital

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