Bill Gates, Rockefeller y Ana Patricia Botín: así abandona la izquierda a sus votantes

La izquierda ha traicionado al pueblo y la derecha a la nación. No es una frase gratuita, sino el resumen -grosso modo- de los últimos 40 años de la historia de España. Mientras la primera ha sido la más amable y obediente sucursal de multinacionales, bancos y organismos supranacionales de todo tipo acometiendo, por ejemplo, la mayor fusión bancaria de la historia de España; la segunda ha pactado con partidos separatistas entregándoles el monopolio de la educación que, inercia inevitable, ha fulminado la igualdad de oportunidades de los menores castellanoparlantes cuyos derechos son pisoteados a diario en las escuelas de Cataluña, Valencia, Baleares, País Vasco o Galicia. 

Es probable que la derecha tarde más tiempo en pagar la factura por su traición -todo llegará-, pero la izquierda apenas puede pisar la calle sin que uno de los suyos desmonte la ficción de que los que pisan moqueta en realidad no sólo están con el pueblo, sino que son el pueblo. Esta semana le ha tocado vivirlo a la vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz. Miembros del Frente Obrero le esperaban en Valencia para soltarle un puñado de verdades. La ministra autoproclamada comunista fue increpada hasta el punto de escuchar que “los trabajadores seguimos igual o peor que antes del PP”, una frase letal, mucho más que cualquiera de los gritos que vinieron después (“vendeobreros, traidora, te tendría que dar vergüenza decir que eres comunista”) o la acusación (después en Twitter) de ser “la ministra más falsa de la historia de España”.

El mismo Frente Obrero ya dejó su tarjeta de visita a otras ilustres feministas como Irene Montero Mónica Oltra. El 17 de mayo, acompañados de una mujer desahuciada, los jóvenes comunistas criticaron “su feminismo acomodado”, que calificaron de “insulto a las mujeres trabajadoras, otra pata del poder, una moda al servicio del sistema”.

En realidad el primero en sufrir la ira popular en sus carnes fue Íñigo Errejón, dos meses antes de las elecciones generales de abril de 2019. Sucedió en Hortaleza, barrio madrileño al que Errejón -ya fuera de Podemos- había acudido por el anuncio de la consejería de Vivienda de Madrid de desalojar el edificio del Espacio Asociativo UVA. A la salida los del Frente Obrero le cantaron las cuarenta: 

-Os habéis dedicado a vender humo, sois unos traidores. Os lucráis de la miseria de los trabajadores, sólo os importa lo vuestro, sois unas garrapatas.

Errejón iba acompañado de varios asesores y compañeros de Más Madrid, que no lograban convencer a los jóvenes rebeldes, que volvían a la carga: 

-Habéis ganado un sillón en el Congreso y habéis dejado tirados a los trabajadores en la calle. Más allá de un carril bici y poemas en los semáforos y un par de gilipolleces, habéis hecho poco.

Errejón, sorprendido de que los increpadores no fueran militantes de la extrema derecha, respondió a uno de ellos:

-A ti te parece que nuestra vía de lucha no sirve para nada y parece que la tuya sirve más, perfecto. 

El del Frente Obrero contraatacaba:

-Yo lo que digo es que sois unos oportunistas y que los obreros votan a Vox por algo.

-¿Y tú qué propones, compa?-, se defendió Errejón. 

En vano. Los jóvenes despidieron a la ex mano derecha de Pablo Iglesias al grito de “fuera vendeobreros de los barrios de Madrid”.

Esta protesta tuvo más relevancia de lo que entonces pareció. El episodio de Hortaleza cerró un ciclo (la hegemonía callejera izquierdista) y abrió otro en que los líderes de Podemos comenzaron a estar más cómodos en Galapagar que mezclados con la gente. A partir de ahí un tsunami de rabia y frustración azotaría a los líderes en quienes tantas esperanzas depositaron.

Un año después Pablo Iglesias también probaría de su propio jarabe. Y en la Complutense, lo que suponía un ejercicio de justicia poética tras reventar un acto de Rosa Díez 10 años antes. Quién se lo iba a decir a Iglesias, que ahora volvía a su casa como vicepresidente del Gobierno y era él quien sufría la protesta estudiantil: “¡Fuera vendeobreros de la universidad!”.

Habrá quien se sorprenda por estos episodios aunque, como ya hemos dicho en otra ocasión, es fundamental atender a los hechos y no a las palabras para acercarnos a la verdad. De este modo, las etiquetas de comunista, socialista, progresista, obrero y pueblo con las que a menudo se adorna la izquierda son elementos de distracción que, desde luego, no guardan relación ni coherencia con su acción política. O dicho según San Mateo: por sus obras los conoceréis. 

De modo que en la hoja de servicios del mismo PSOE que levanta el puño y canta la Internacional en Rodiezmo hay ejemplos de sobra de su estrecha colaboración con el mundo del dinero. Aunque a principios de los 80 Alfonso Guerra hablaba en nombre de los descamisados, cuando Felipe González dejó la Moncloa en 1996 había ejecutado casi 80 privatizaciones, entre las más sonadas, las de SEAT y ENASA, y comenzó otras parciales de empresas rentables como Endesa, Repsol, Argentaria o Telefónica. ¡Arriba parias de la Tierra, en pie famélica legión!

Resulta de igual modo sonrojante que este Gobierno de la gente haya batido todos los récords en la factura del precio de la luz, permitido la mayor fusión bancaria de la historia de España (Bankia-CaixaBank) y emprendido la liberalización ferroviaria (Renfe-Ouigo) mientras maquilla su conciencia obrera pactando con los sindicatos del régimen migajas como la subida de 15 euros del SMI (¿quizá lo que cuesta poner dos lavadoras?).

Para hallar las causas del desapego del votante tradicional de la izquierda con sus líderes políticos (obviemos las encuestas de Tezanos) no hay que elaborar sesudas teorías. Todo está a la luz. No hay más que analizar las prioridades que los partidos de la izquierda -en realidad casi todos- tienen para los españoles: cambio climático, feminismo, eutanasia, cruzada contra la natalidad, promoción de minorías LGTBI y, al mismo tiempo, de la inmigración ilegal. Es decir, sometimiento perruno a la Agenda 2030. De ese entusiasmo, por cierto, también participan los sindicatos UGT y CCOO, más preocupados por la transfobia que por el desempleo o el atraco eléctrico.

Todo ello también se aprecia en la prensa progresista, convertida en faro de la nueva moral que dicta los correspondientes mandamientos: no tengas hijos, no comas carne, no viajes en avión, no compres una casa, no conduzcas un coche, la masculinidad es tóxica, cambiar de empresa cada 6 meses no es precariedad sino modernidad… Bien, ¿y en qué se beneficia un obrero de todo esto? ¿Qué rédito puede sacar un currela de no comer carne, no usar el coche para ir a trabajar (o comprarse uno mucho más caro con la pegatina ECO), ser criminalizado en las leyes de género que acaban con su presunción de inocencia o de que abran las puertas a la inmigración masiva que hace caer irremediablemente los salarios al abaratar la mano de obra? 

Naturalmente quienes promueven esta agenda elaborada a miles de kilómetros del Congreso de los Diputados no sufren las consecuencias de la misma. Ellos seguirán viajando en avión, conduciendo el coche por la ciudad, comiendo carne y disfrutando de sus barrios donde no se instala la inmigración ilegal. Es aquí, por cierto, donde cabe preguntarse si era verdad aquello de que los obreros no tienen patria porque son proletarios con conciencia internacionalista de clase. ¿Estamos seguros de que un trabajador es intercambiable por otro que está a 7.000 kilómetros de distancia sin que conlleve consecuencias culturales y sociales para esa nación? ¿O de que ese trabajador -ciudadano del mundo en la aldea global- no tenga bandera porque en realidad su nación no es más que la suma de todos los obreros del planeta?

La agenda política de la izquierda es hoy la coartada con que las élites globalistas siguen expandiendo su poder a través de multinacionales y organismos supranacionales que contribuyen a arrebatar la soberanía de los estados-nación. Hace tiempo que la izquierda se fundió en un abrazo con las élites financieras, aparente alianza contra natura que, sin embargo, analizada en profundidad, revela la farsa. Ahí están los Errejón, Sánchez, Iglesias, Yolanda Díaz, Irene Montero y Garzón comprando toda la mercancía ideológica a multimillonarios como Soros, Bill Gates, la familia Rockefeller y compartiendo pancarta cada 8 de marzo con Ana Patricia Botín, entusiasta mecenas de la causa feminista. Que se besen.

Fuente: Javier Torres – La Gaceta de la Iberosfera

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