Piketty desvela el plan de la izquierda para abolir la propiedad privada de forma indirecta

Propone un “socialismo participativo” con nuevos impuestos y regulaciones que dejarían a empresas y familias sin alternativa ni escapatoria.

Los anticapitalistas del siglo XXI ya no hablan abiertamente de abolir el capitalismo, sino que piden su “corrección” o su “reforma”. Sus intelectuales de cabecera nos dicen que están constantemente pensando nuevas “fórmulas” que permitan “mejorar” el sistema o “rectificar” sus “desequilibrios”.

El ejemplo más reciente de esto es el economista francés Thomas Piketty. En su aclamado y voluminoso libro El Capital en el siglo XXI afirma lo siguiente:

“Pertenezco a una generación que llegó a la mayoría de edad escuchando noticias del colapso de las dictaduras comunistas. Nunca sentí el más mínimo afecto o nostalgia por estos regímenes o por la Unión Soviética. De modo que estoy vacunado de por vida contra la retórica convencional y vaga del anticapitalismo, que a menudo ignora el fracaso histórico del comunismo y le da la espalda a los medios intelectuales que son necesarios para superarlo. No tengo ningún interés en denunciar la desigualdad o el capitalismo per se”.

A primera vista, buena parte de lo que dice resulta aparentemente inofensivo. Sin embargo, su obra revela que Piketty es, en realidad, un anticapitalista radical que defiende una agenda socialista muy avanzada. Así lo demuestra en otro de sus libros, titulado Capital e Ideología.

Como es habitual en los escritos del constructivismo moderno, el francés imagina un sistema social y económico ideal, al que llama “socialismo participativo“. De esta forma, pretende distinguirlo del socialismo real, que ha fracasado estrepitosamente en más de veinte países. Al menos, al hablar de “socialismo participativo” ya empieza a reconocer que está proponiendo una forma de socialismo, cosa que no hacía de manera tan explícita en el libro que le lanzó a la fama. Esta vez, su pluma ya plantea la necesidad de “trascender el sistema actual de propiedad privada“.

Esta visión de Piketty parte de que cada adulto debe recibir una gran suma de dinero como regalo del Estado al llegar a la edad de 25 años. Esta idea, definida como la “dotación universal de capital“, se pretende financiar con un impuesto sobre la riqueza de las familias que llegaría al 90% en el caso de las mayores fortunas. Igualmente, Piketty propone gravar las herencias de forma igualmente agresiva, alcanzando el 90%.

En el libro, Piketty rechaza las críticas de quienes advierten que la riqueza no es necesariamente líquida (por ejemplo, podemos poseer un piso valorado en 1 millón de euros, pero eso no significa que tenemos 900.000 euros para pagar el tributo planteado por Piketty y, por tanto, en caso de aplicarse un gravamen así terminaríamos vendiendo el activo para responder ante Hacienda y, por el camino, perderíamos el 90% de nuestro patrimonio, además de nuestra residencia). Esto no le parece mal a Piketty, puesto que el francés opina que tendría la ventaja de “contribuir a que la riqueza circule y llegue a manos de propietarios más dinámicos”.

Además de gravar el patrimonio o las herencias al 90%, Piketty pide lo mismo con las rentas altas. Y, nuevamente, su propuesta es de lo más abarcadora, ya que no solo afecta a las rentas del trabajo, sino también a los dividendos, intereses o rentas que pueda generar el ahorro del contribuyente en cuestión.

Para “trascender” la propiedad privada, Piketty pide también un nuevo marco que contribuya a regular la titularidad empresarial a base de entregar acciones de las mercantiles a los trabajadores de las mismas. Su libro plantea esta posibilidad sin tope alguno y pide, además, que se rompa el vínculo entre la cantidad invertida por cada accionista y los derechos societarios que genera la posesión de estos títulos. Así, “aunque se invierta el equivalente al 10% del capital empresarial, los derechos de voto correspondientes solo deberían ser de un 3%”.

Por supuesto, Piketty ha empezado a reconocer que aplicar políticas así haría que inversores, empresarios y millonarios huyan del país a toda prisa, pero también tiene plan para esto: “La única estrategia de evasión fiscal que seguirían teniendo a disposición los propietarios sería vender sus activos y huir del país”, pero a cambio se podría “introducir un impuesto de salida” que actúe como un “muro fiscal” y evite que aquellos que aborrecen el “socialismo participativo” puedan reaccionar.

De modo que, una vez más, quienes tanto nos hablan de “mejorar”, “corregir” o “reformar” el capitalismo no son, en absoluto, pensadores inofensivos, sino defensores de un socialismo radical en el que la libertad es nula. La única diferencia entre las propuestas de Piketty y el socialismo convencional es que, bajo su modelo, la propiedad privada no sería nacionalizada de golpe. Sin embargo, el efecto de sus políticas es una redistribución total y absoluta de los bienes y activos de empresas y familias que, en la práctica, también restringe de forma significativa la propiedad privada, aboliéndola de manera progresiva e indirecta.

Desafortunadamente, las ideas de Piketty concuerdan perfectamente con el espíritu de una época como la actual, en la que el Estado interfiere cada vez más en la economía y la propaganda política se dirige contra los “ricos” de forma sistemática. De modo que las propuestas del economista francés pueden tener mucho recorrido, con todo lo que eso supone.

Fuente: Rainer Zitelmann – Libre Mercado

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