Volver al bipartidismo: el objetivo común de Sánchez y Casado para el nuevo ciclo político

El líder del PP ha dado por concluida la reagrupación del centroderecha, aunque intentará seguir captando votos de Cs y de Vox. El líder del PSOE pugnará por atraer al electorado progresista y diluir la fragmentación.

El PP vive en estado de euforia. Un alto cargo pronostica con rotundidad, en conversación con El Confidencial, que Pablo Casado será “el próximo presidente del Gobierno de España”. Se basa en las encuestas de las que disponen y en las tendencias que advierten. Los populares habrían rebasado a los socialistas en casi todas las comunidades. La estimación de voto se ha asentado por encima del 23 por ciento en los sondeos públicos y privados. Por si fuera poco, el líder de los conservadores ha conseguido que los barones autonómicos, los alcaldes y hasta Mariano Rajoy respiren optimismo y se presten a fotos conjuntas en las que todos sonríen. El miércoles pasado, ante la Junta Directiva Nacional, el propio Casado proclamó: “Hemos recuperado la hegemonía del centroderecha para alzarnos como alternativa ganadora, algo que ya nadie nos niega hoy”.

El PSOE vive también en estado de euforia y las causas principales son dos. La primera retrocede a la remodelación del Gobierno consumada hace un par de semanas, cuando Pedro Sánchez desmoronó por completo la estrategia comunicativa que estaba llevando a cabo para construir los cimientos de un nuevo plan. Ha fusionado las maquinarias de Moncloa y Ferraz para que haya un único ritmo hacia un solo objetivo. Cargos socialistas y ministros emitirán los mismos mensajes y harán la misma defensa numantina de sus posiciones. La segunda causa reside en el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas, que da a la formación un 28,6 por ciento en estimación de voto. En las generales de noviembre de 2019 logró un 28,2 y en las de abril de ese año, un 28,8.

La intención de los adjetivos

Hace poco más de una semana, el presidente del Gobierno y secretario general de los socialistas trató de insuflar esa ilusión a sus cuadros orgánicos, en un acto del partido. Ha cerrado una etapa, de la que llevaba recelando meses, y ha abierto otra. “Corren malos tiempos para los derrotistas, para los agoreros y para aquellos que quieren hacer que España se resigne. España no se va a resignar, España va a salir adelante y mirar con esperanza su futuro”, dijo Sánchez en el discurso en el que anunció que a los adjetivos “socialista”, “obrero” y “español” del acrónimo PSOE se unirán “feminista y ecologista”.

Justo aquí, en estas dos palabras, guarda el líder la fuerza motriz de su plan y de su estrategia. Con “feminista” aspira a agitar en exclusiva una bandera que Unidas Podemos está agarrando con firmeza, no solo por haber sacado el anteproyecto de ley LGTBi que quería y quiere Irene Montero, sino además porque la formación de la que Pablo Iglesias fue líder está ahora dirigida por dos mujeres, Ione Belarra y la propia ministra de Igualdad, y postula para la candidatura a la Presidencia del Gobierno a Yolanda Díaz. Con “ecologista”, el presidente manifiesta su intención de cortar el avance de Íñigo Errejón, una progresión lenta y sigilosa que, no obstante, amenaza con robar al PSOE cientos de miles de votos en toda España.

Sánchez pretende, en líneas generales, acentuar su perfil progresista durante la segunda mitad de una legislatura que quiere llevar hasta el final, esto es, hasta diciembre de 2023 o incluso hasta enero de 2024, después de las Navidades. Lo hará con una batería de leyes que incidan en esa orientación, con una renovación del PSOE que profundice en los rasgos que ha asentado (más mujeres, más juventud, más cualificación profesional) y con discursos de sello feminista y ecologista. Tratará, así, de dominar un campo en el que Díaz y Errejón van marcando un estilo de juego. Al presidente le interesa ante todo recuperar y atraer a votantes de izquierdas.

Y a Pablo Casado le interesa exactamente eso, pero en el territorio opuesto. Del mismo modo que Sánchez, al usar dos adjetivos, enseñó sus intenciones políticas para 2022 y 2023, el líder del PP afirmó esto ante la Junta Directiva Nacional, en el Parador de Gredos, el miércoles: “Hemos mantenido el paso firme sin dejarnos presionar por nada ni por nadie, defendiendo nuestros principios y valores de siempre, reconstruyendo la casa común del centroderecha, en la que caben —y ahora viene lo interesante— los liberales, los conservadores, los humanistas cristianos y hasta los socialdemócratas traicionados por el ‘sanchismo”“Liberales”, justo la palabra a la que se aferra ahora Ciudadanos para sobrevivir. De todas las etiquetas ideológicas, la que dijo en primer lugar fue esa: “liberales”.

El punto de partida

Casado sabe desde que llegó a la presidencia del PP que con tres fuerzas políticas en el terreno del centroderecha las opciones de desembarcar en la Moncloa se diluyen. Procuró con “España Suma”, en las generales de abril, una suerte de agrupación electoral. No lo logró y el resultado cosechado le dejó casi noqueado. Fue Albert Rivera a socorrerle un mes más tarde cuando, tras los comicios autonómicos y municipales, permitió al PP gobernar en la Comunidad y en el Ayuntamiento de Madrid. La repetición electoral de noviembre fragmentó a la izquierda (irrumpió Más País en el Congreso) y homogeneizó un poco más a la derecha, ya que Ciudadanos se dejó millones de votos y 47 escaños.

Según el último estudio del CIS, de este mismo mes, el PP obtendría en caso de elecciones un 23,4 por ciento de los votos, un porcentaje sin duda mucho mejor que el del 10 de noviembre, cuando registró un 20,9. Eso supone que los populares superarían con creces los 100 escaños. En ese mismo sondeo, el PSOE, como se ha dicho, se coloca en un 28,6 por ciento, lo que equivaldría a unos 120 asientos, los que cuenta actualmente. El aguante de los socialistas y el auge de los populares se produce, por un lado, a costa del debilitamiento de Unidas Podemos y de cierto estancamiento de Más País, y por otro, como consecuencia del desmoronamiento de Ciudadanos y del enquistamiento de Vox. Si este escenario de tendencias electorales se hiciera real, el bipartidismo habría regresado, no tan vigoroso como el que había antes de 2015, pero sí con energía.

Si este escenario se hiciera real, el bipartidismo habría regresado, no tan vigoroso como el que había antes de 2015, pero sí con energía

Sánchez y Casado, cada uno por su lado, disputarán a partir de septiembre una carrera política atípica en los últimos tiempos. No se avecinan procesos electorales, toda vez que el de Andalucía no parece que vaya a celebrarse antes de final de año. La ausencia de esa tensión por el voto permitirá a PSOE y a PP desarrollar una estrategia a medio y largo plazo, cosa inusual desde que la política española se hizo añicos en 2015. Los socialistas tendrán un congreso a mediados de octubre en Valencia, y en la misma ciudad, dos semanas antes, los populares celebrarán su convención nacional. Sánchez, tras renovar el Gobierno con políticos de pedigrí PSOE, medita renovar el PSOE con cargos de pedigrí gubernamental. Casado se ha empeñado en modernizar el ideario tras refrescar las estructuras territoriales del partido y es probable que se rodee de personalidades de renombre en el cónclave valenciano, acaso para dar algunas pistas sobre cómo serían sus ministros si aterriza en la Moncloa.

Esa carrera política comenzará en un contexto determinado, cuyas características esenciales dibuja el CIS. Un repaso a los tres últimos barómetros con estimación de voto, desde mayo hasta julio, iluminan una serie de factores que deberían invitar a la prudencia tanto a Casado como a Sánchez. La secuencia comienza en mayo porque fue a partir del 4-M cuando el PP considera que la victoria está al alcance de la mano.

Datos y tendencias

Son solo tendencias, el tiempo dirá si se revierten o se asientan. Sánchez, que en mayo se encontraba en máximos de desconfianza ciudadana, ha ido amortiguando esta percepción. Si hace dos meses un 70,6 por ciento de los ciudadanos afirmaban tener poca o ninguna confianza en él, en julio lo han asegurado el 69,3. La inercia de Pablo Casado es la contraria. Un 83,7 decía en mayo que apenas confiaba en él; un 85,7 dice lo mismo dos meses después.

Ni PSOE ni PP han mejorado ostensiblemente en cuanto a la simpatía de los ciudadanos. Los socialistas bailan entre el 13 y el 14 por ciento, pues es el porcentaje de encuestados que dicen esto, mientras que los populares pasaron de casi un 8 en mayo a un seis y medio en julio. En esta secuencia un aspecto podría tranquilizar a los estrategas de los dos partidos: no hay otras siglas con una evolución llamativa. La cocina del voto+simpatía del CIS pone en primera posición al Partido Socialista con una cifra que ronda el 24 por ciento, mientras que el PP camina entre el 17 y el 18.

Más llamativos son los números que ofrecen estos tres barómetros consecutivos cuando la pregunta tiene que ver con la ubicación ideológica de los líderes políticos. El CIS usa para ello una escala en la que cuanto más cerca se esté del 1, más de izquierdas, y cuanto más cerca de 10, más de derechas. Y sucede esto: A Pedro Sánchez le dan entre un 3,7 y un 3,8; a Yolanda Díaz (junio y julio, pues en mayo no se preguntó por ella), entre un 3,4 y un 3,5; y a Errejón (misma situación que Díaz), entre un 2,9 y un 3. En nueve décimas los ciudadanos colocan a los tres líderes de izquierdas. A Pablo Casado le dan los ciudadanos un 7,5 y un 7,6; a Santiago Abascal, un 9,1 en cada barómetro; y a Inés Arrimadas entre un 6,1 y un 6,2. La horquilla aquí es mucho más holgada: en tres puntos se reparten los tres dirigentes del centroderecha.

Esto indica que, para la ciudadanía, las diferencias en el espectro progresista son muy leves, inapreciables, no así en la derecha. Entre Errejón, el más de izquierdas, y Sánchez hay un trecho diminuto. Entre Arrimadas y Abascal, sin embargo, hay tres puntos, una línea gruesa. Si Sánchez quiere aglutinar al electorado progresista, lo tendría más fácil. La posibilidad de mímesis es más sencilla. Casado, en cambio, para robar votos a Vox, debería endurecer su discurso considerablemente. También tendría que redoblar el esfuerzo para hacerse con el reducto de votantes que mantiene Arrimadas, aunque la experiencia acumulada señala que este camino es transitable. El PP, al fin y al cabo, está creciendo a costa de Cs.

Para terminar: la estimación de voto. El CIS de julio puede revelar el fin de la inercia negativa que Sánchez venía arrastrando desde el 4-M y el varapalo que le dio Isabel Díaz Ayuso. A Casado le apuntan un retroceso muy leve. El líder socialista quiere rondar el 30 por ciento del voto nacional. El líder popular, también. Si tal y como han pronosticado ambos, la tendencia es al alza, volver al bipartidismo de antaño sería una posibilidad cada vez más factible. Son sus objetivos, sin duda, pero no lo van a tener fácil.

Fuente: Ángel Alonso Giménez – El Confidencial

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