Marañón fascista, Oriol demócrata

¿Y qué tal fundar la Beca Junqueras por la Excelencia Democrática o el Premio Forcadell a la Tolerancia?

La Memoria Histórica —ahora también “democrática“— de España dicta lo que ha de perdurar y lo que no, además de cómo debe constar para su correcta interpretación.

Así, hay que retorcer el año 1917 en Rusia, como bien hizo el socialismo francés, para recordar lo revolucionario y borrar lo sangriento o para que en España no suponga otra cosa que la ola que venía del Este y no la que se cargó un sistema democrático adelantando, también para Cataluña, lo que hoy seguimos sufriendo.

También es preceptivo olvidar lo sucedido entre 1931 y 1936, aunque haya actas electorales y toneladas de documentación sobre fraudes, muerte, imposición y caos, para poner todos los esfuerzos a partir del 18 de julio de 1936 y mantenerlos hasta 1975 sin tocar temas espinosos que distraigan de la lucha contra el fascismo que no existió. Porque hubo una guerra, hubo una dictadura y hubo “franquismo”, pero no fascismo. Sí, en cambio, comunismo.

Queda derogada a su vez, la memoria de lo sucedido en la Transición o a lo sumo se limitará a dar por descontado que sólo la izquierda trajo la democracia a España tumbando al Régimen de Franco en solitario. Tras el paréntesis, se vuelve a activar todo recuerdo posible de gobiernos del PP que tengan pendientes o colgantes episodios de corrupción (la Memoria prohíbe cruzar Despeñaperros) y se apaga la Máquina de nuevo con el golpe de Estado de la Generalidad de octubre de 2017, porque ni hubo golpe, ni violencia, ni altercado alguno. Todo esto ha de tenerse en cuenta antes de digerir lo que nos queda: perdón, comprensión, confianza y la ceguera final.

Pero aún podemos dar un paso más: borrar de la Memoria a Santiago Ramón y Cajal, a Gregorio Marañón, a Juan de la Cierva o a Ramón Menéndez Pidal e inmediatamente después rehabilitar a Oriol Junqueras, a los Jordis (Turull, Sànchez y Cuixart), a Forcadell, a Bassa, a Forn, a Rull y a Romeva. ¿Y qué tal fundar la Beca Junqueras por la Excelencia Democrática o el Premio Forcadell a la Tolerancia?

Esta es la conocida “magnanimidad” de los españoles, un modelo a seguir para vivir felices en la mentira, la manipulación histórica, la injusticia y la imbecilidad antipatriótica. España, tierra de políticos, yerma de científicos, de escritores, de navegantes y conquistadores. España, país de abajofirmantes sostenidos e insostenibles por insoportables, y ahora también de golpistas cariñosos que no quieren mal alguno para el prójimo si habla catalán y nada más que catalán. Pedro Sánchez y todo su Gobierno nos piden “comprensión”, “confianza”, “distensión”, “recuperar puentes”, “cicatrizar heridas” aunque entienden que podamos tener “reparos”.

Cuando Torra era de Vox

¿Reparos? Vamos a perdonar a unos tipos que dieron un golpe de Estado como acto final tras décadas de abierta desobediencia a la Ley. ¿Heridas? Las de los ciudadanos perseguidos, amedrentados y finalmente expulsados por hablar o escribir en español, por considerar que Cataluña es España. ¿Puentes? Los que siguen tendiendo Junqueras y los suyos con el 1-O, eterno 23-F del siglo XXI, y que hasta tienen resumido en Power Point para que lo entienda incluso un separatista.

Se saben tan inmunes que llevan los planes del delito a Office para que no se les olviden detalles. ¿Confianza? Sánchez dijo que jamás pactaría con el nacionalismo y tachó a Torra de racista, xenófobo y supremacista.

El 21 de mayo de 2018, tras la reunión de la Ejecutiva Federal del PSOE, dijo:

La elección del señor Torra ha destapado las vergüenzas racistas del secesionismo (…) ha habido movimiento vinculados con pensamientos supremacistas y racistas que han cogido (sic) bastante apoyo social y, en consecuencia estamos viendo en distintos ámbitos de la UE una representación institucional de esos movimientos xenófobos y racistas. Aquí en España eso no había ocurrido… los propios análisis políticos que se hacían a lo largo de estos últimos años eran que en España no había surgido una extrema derecha, una corriente xenófoba, supremacista que pudiera tener una representación institucional importante en nuestro país. Bien, eso ya lo tenemos. El señor Torra no es más que un racista al frente de la presidencia de la Generalitat de Cataluña. Se ahí que nosotros dijésemos, y yo en particular, que el señor Torra no es ni más ni menos que el Le Pen de la política española.

Alguien le debió recordar que no se le podía escapar del todo Vox, aunque por aquel entonces no le preocupaba tanto. La dolorosa transcripción es literal:

Tan ultraconservador y racista son (sic) las declaraciones de Vox como los pensamientos y los escritos del señor Torra porque lo que están haciendo es erigirse en falsos expedientarios (sic) de carnets de buenos y malos españoles o de buenos y malos catalanes y catalanas.

Pero hoy, tres años después, el presidente quiere “reconstruir” y ya tiene una “agenda” para ello. Hoy, tres años después, si pudiera ilegalizaría a Vox mientras perdona en nombre de todos a sus xenófobos supremacistas preferidos, esos odiosos lepenistas que en 2018 eran extrema derecha.

Ellos también tienen su agenda —si no tienes agenda ya no eres nadie—, la del Power Point que les pilló la Guardia Civil. Y el camino marcado es bien sencillo: volver a forzar un referéndum, arrinconar al Gobierno con una mesa de imposición y dar otro golpe sobre el golpe. Total, la jurisprudencia de la estupidez española les favorecerá siempre. ¿Lo consentiremos otra vez?

Europa, el letón y Colón

El euroescepticismo engordará sin freno si Europa sigue bailando el agua a los nacionalismos que tantas veces han estado a punto de destruirla. La propuesta de resolución que está encima de la mesa del Consejo de Europa es favorable a los indultos y podría estar escrita por Torra o por Otegi pero la ha elaborado un letón llamado Boriss Cilevics, que lo mismo piensa que Granollers está en la periferia de Ankara.

El caso es que la realidad de lo sucedido en octubre de 2017 —y mucho antes y también después— es lo de menos para el letón que anduvo de turismo pagado por Madrid y Barcelona y ha concluido que la doctrina más ajustada a Derecho en este caso es la de pelillos a la mar. O peor aún, la de que hubo desproporción contra los golpistas, que fueron “impresionantemente pacíficos”. De hecho, el letón nos recomienda reformar el Código Penal en materia de rebelión y sedición porque estamos un poco fascistas en la materia.

Lo adecuado sería querellarse contra este Cilevics por apología de la estupidez, además de por defender a los que promueven el odio y han provocado un éxodo de cientos de miles de personas. Si Europa es dar voz a tipos como el letón de marras, que habla sin tener idea alguna y defiende ideas contrarias a la Unión Europea y a la soberanía de sus miembros, no me extraña que ya no interese ni la Eurocopa.

Está en las normas de la Memoria Histórica —ahora también “democrática”— de la izquierda la obligación de distinguir entre fascistas y demócratas. Al hacerlo entre Marañón y Junqueras, Pedro Sánchez no alberga dudas, inaugurando así la Nueva Historia de España, posterior a un estado de alarma que ya está sub iudice.

El resto estamos obligados a distinguir sin complejos entre demócratas y golpistas o entre libertad y comunismo, como bien se hizo en Madrid. En nuestra mano está que la memoria sea algo individual que no pueda convertirse en Ley, más allá de las compensaciones y concordias naturales tras una guerra. ¡Cómo va a ser Memoria con rango de Ley algo que niega el valor o la mera existencia de la histórica nación española!

Empecemos de nuevo en Colón antes de que le consideren oficialmente un fascista y derriben la estatua. Y sin tonterías, por favor, que nos jugamos mucho.

Fuente: Javier Somalo – Libertad Digital

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