¿Quién puede echar a Pedro Sánchez?

Después del 4 de mayo Pedro Sánchez está de veras en las últimas. ¿Sabrá aprovechar la ocasión el centro derecha?

Hordas de fascistas comiendo berberechos han mandado al guano a Pablo Iglesias, han hecho desaparecer a Ciudadanos y han colocado al PSOE por debajo de una candidata que no conocía nadie y que ahora sabemos que es madre y médica. Por su culpa, la de los fascistas y de los berberechos, Madrid se está llenando de ex, cosa que complica una de las promesas de Ayuso.

La muy envidiosa Carmen Calvo está encantada con lo de Iglesias y con la espantada de Ciudadanos pero lo que toca al PSOE le resulta intolerable. Por eso, se marcó ante la prensa un «Nueva York-Madrid-Pekín están en línea recta» y no sé qué dijo de que la palabra libertad a veces trae fascismo y hasta nazismo y campos de concentración. De ahí llegó a los berberechos, a las cañas y a los ex. A veces resulta complicado criticar a Carmen Calvo si criticar supone rebatir ideas. Complicadísimo. Pero salta a la vista que apenas acepta lo votado y que si no están las calles llenas de fascistas con antorchas, la pobre se desmotiva.

Pero el PSOE gestiona los fracasos con decisión y Sánchez quedará limpio de salpicaduras para pasear trajecito por Europa, donde tampoco le hacen mucho caso. Los fracasos son ajenos, así que José Manuel Franco dimite —en pasiva, por supuesto— como secretario general de los socialistas madrileños y Ángel Gabilondo no tendrá ni acta, menudo chasco. Los daños no llegarán a La Moncloa pese a que ha sido el escandaloso cuartel general de la campaña municipal, cómplice de los matones de Iglesias en Vallecas.

Largo Caballero y Negrín están rehabilitados por el PSOE, lo que significa que al PSOE le parece bien lo que hicieron en su día. Pero Nicolás Redondo Terreros y Joaquín Leguina están expedientados como primer paso para ser expulsados del partido. Revelador. Hay miedo. Sánchez se acaba y es posible que no llegue ni a 2023 aunque se empeñe en pregonarlo.

Qué esperar después de Madrid

Está fuera de toda duda que Madrid —la victoria de Isabel Díaz Ayuso— se ha convertido en un nuevo punto de partida de la política nacional. Las elecciones de mayo han roto la brújula que hasta ahora marcaba más o menos los rumbos de los pactos surgidos tras la muerte del bipartidismo. Si la experiencia de Madrid fuera paradigmática significaría que el PP gana de calle cuando el candidato hace innecesario al votante pensar en alternativas: antes Ciudadanos y Vox, ahora solo Vox. En definitiva, gana cuando se comporta como un partido desacomplejado frente a la izquierda. Pero, sin lugar a duda, necesita un candidato, una forma muy particular de hacer política que en Madrid ha tenido un ejemplo quizá irrepetible. El PP hace tiempo que no gana con sus siglas.

Los políticos tienden a enfadarse con las interpretaciones que puedan hacerse de las muchas cosas que dicen o callan. El caso es que Alberto Núñez Feijóo no dejó lugar a muchas dudas cuando dijo que Casado vivió el 4 de mayo «una de sus dos mejores noches electorales». Además de la de Ayuso se refería a la que le brindó él mismo en julio de 2019 revalidando una nueva mayoría absoluta. Y lo que dice Feijóo no puede ser más cierto: las victorias del PP no son todavía de Casado. Después añadió el gallego: «Me imagino, y así lo hablamos ayer por la noche, que ya está pensando en cómo tiene que seguir y avanzar para que lo que ha ocurrido en Madrid ocurra en España cuando Sánchez llame a las urnas». Por muy gallego que se ponga yo entiendo el silogismo: las dos mejores victorias de Casado han sido sin Casado y para repetirlas en España… sobra Casado.

Pero como habré interpretado mal y no hay que incordiar a los políticos, Vox seguirá creciendo en todos esos lugares en los que el PP insiste en ser el PP de Génova 13, el de Casado y Teodoro. Son los que se arrogan el éxito de Ayuso porque la habían elegido aunque echaran a Cayetana, a quien también habían elegido, como si fueran opuestas.

Vox y PP. La eterna discusión que requiere solución

La desaparición de Ciudadanos no supone un crecimiento para el PP como el experimentado en Madrid, de ninguna manera. Además, coloca a Vox como socio único para gobernar si no hay mayorías y huelga recordar que todavía está pendiente la cuenta del discurso del odio de Casado contra Abascal durante la moción de censura a Pedro Sánchez.

Si el candidato del PP es como Ayuso, Vox se mantiene casi al margen presto a ayudar porque si el PP fuera como Ayuso, Vox no habría sido necesario y eso lo entienden en el partido de Santiago Abascal, el propio Santiago Abascal y hasta el último de sus votantes.

Ya hay encuestas que conceden al PP y a Vox mayoría absoluta. Pero las encuestas sólo pueden sumar, no hacen los pactos ni las campañas. Y ya hemos visto que no es lo mismo pedir el voto entre Ayuso y Monasterio que entre Casado y Abascal. Siguiendo esta lógica, el éxito de Vox dependerá de que el PP no sea como el de Ayuso sino como el de Casado. Eso, o que el voto español evolucione naturalmente para moverse entre izquierda, liberales y conservadores, si existieran en realidad dichas opciones. Pero eso no ha sucedido todavía y Vox sigue siendo el partido que cubre las indecisiones del PP, como lo era Ciudadanos hasta que se arrimó al poder en modo guerrilla y murió.

Las soluciones de la derecha para echar a Sánchez pasan por candidaturas conjuntas o por un preacuerdo de gobierno, entre iguales y saldadas ofensas, si la suma fuera favorable tras unas elecciones. Nadie debería liderar nada a priori pero tendrían que ofrecer, en cualquiera de los casos, un programa de gobierno, un ejercicio de intenciones o algún punto de partida. La otra posibilidad es ir cada uno por su lado dejando más o menos clara la evidencia de un pacto, pero no tardarían en aparecer a ambos lados las «derechitas» que solo benefician a la izquierda.

Con Pablo Casado o, para ser más precisos, con la actual estructura de partido a cargo de Teodoro García Egea, cualquier opción es corta, inestable y no garantizaría el final de Pedro Sánchez. Isabel Díaz Ayuso ha puesto el listón muy alto, donde debía estar. Eso no significa que deba ser ella la que lo alcance en unas generales… pero ha de ser algo muy parecido que no parece posible con la organización actual de Génova 13.

Andalucía en el horizonte

El PSOE está siempre al borde de una rebelión interna que nunca llega y eso se paga de forma periódica perdiendo elecciones. Desde que llegó a la secretaría general, Pedro Sánchez no ha dejado de ser un animal herido, que fue pateado de Ferraz y que volvió con ganas de venganza. Por eso su círculo más próximo está fuera del aparato del partido aunque eso levante dolorosas ampollas como sucede con el caso de Iván Redondo. Todo esto hasta el 4 de mayo era soportable. Ya no. Hoy Sánchez es la imagen de la derrota, ha gastado casi todas las balas que atesoraba contra el «fascismo» y no puede justificar con éxitos la nómina de Redondo.

Lo próximo es Andalucía y al PSOE le puede salir otra Mónica García. De ahí los nervios ante la lucha entre Susana Díaz, que ahora quiere ser Ayuso, y Juan Espadas. Del sevillano sabemos que es el candidato de Sánchez. De ella tenemos buena cuenta de la gestión en la comunidad: libertad, poca; paro, muchísimo y la corrupción, una costumbre arraigada. Puro PSOE, vaya. Por más que quiera llevarse mal con el jefe y parecer una rebelde con causa no hay «efecto Susana» posible.

Otra cosa es que el actual gobierno del PP con Ciudadanos y el apoyo de Vox sepa manejar la situación. Ahora mismo, con Ciudadanos desaparecido, el gobierno de San Telmo se apoya sobre fantasmas que, por mucho que juramente Juan Marín, pueden jugársela a Juanma Moreno Bonilla. El PP andaluz puede absorber oficialmente a Ciudadanos o fichar a los que quiera conservar en un futuro gobierno, pero el próximo socio será Vox y cuanto antes se ponga en práctica, mejor. Sería una pena que el avance de Andalucía quedara cortado por otra traición. Fue en Andalucía donde la libertad de la que ha hecho bandera Ayuso se abrió camino como opción política tras cuatro décadas de régimen socialista.

Una cosa es cierta: después del 4 de mayo Pedro Sánchez está de veras en las últimas. ¿Sabrá aprovechar la ocasión el centro derecha? Sólo si el candidato no es Pablo Casado o deja de ser este Pablo Casado. En todo caso, sin la brújula averiada de Teodoro García Egea.

¿Qué piensa hacer el socialista identificado con Joaquín Leguina o con Nicolás Redondo? Sufrir, cambiar de partido, quejarse, reclamar cambios, leer sobre Besteiro.

¿Heredará Errejón la extrema izquierda del marqués robando más espacio al PSOE? Sin duda alguna, y habrá fascismo para todos, tres comidas en Venezuela y todo lo que caracterizó al comunismo de Iglesias y caracterizará al de Errejón.

Fuente: Javier Somalo – Libertad Digital

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