‘Quo vadis, Aida?’: las sombras de Europa sobre el genocidio de Srebrenica

La cineasta Jasmila Zbanic arroja luz sobre la matanza que avergonzó al mundo con la historia de una traductora de la ONU atrapada entre su deber y su familia.

Una de las películas más potentes y devastadoras de este año narra un drama que se desarrolla en un escenario histórico terrible sobre el que, 25 años después, aún se ignoran muchos elementos y en el que aún es necesario arrojar luz: la masacre de Srebrenica. Esa ha sido la tarea de la cineasta bosnia Jasmila Zbanic en Quo Vadis, Aida?, nominada en la pasada edición de los Oscar a la mejor película extranjera, galardón que finalmente fue para Otra ronda, de Thomas Vinterberg, y que aborda el espeluznante genocidio de más de 8.000 personas de etnia musulmana durante la guerra de Bosnia ante la inacción de la ONU.

Los hechos ocurrieron en julio de 1995, cuando varios mandos del Ejército de los serbios de Bosnia ordenaron un asesinato masivo en la región de Srebrenica, en una zona que había sido declarada segura por parte de la ONU y que en este momento estaba protegida por alrededor de 400 cascos azules neerlandeses. “El día que las tropas serbias tomaron Srebrenica fue uno de los más difíciles de mi vida. De pronto dejas de creer en todo lo que te han dicho, que los derechos humanos cuentan, que no debe haber violencia. De pronto, con la traición de la ONU, nada de esto funciona”, recuerda la cineasta en declaraciones a Vozpópuli sobre aquel conflicto que ella misma vivió.

Lo mas complicado de este proyecto era contar una historia en un contexto histórico que “mucha gente ignoraba” y sobre el que aún existen muchas lagunas. “Cuando se rueda algo sobre el holocausto, se sabe lo que ocurrió, no hace falta explicar mucho. Pero con esta película la duda estaba en cómo entrar en la historia porque, en general, se ignoran muchas cosas”, cuenta.

Tal y como ha señalado la directora, “a día de hoy faltan mil cuerpos por encontrar”, por lo que se trata de un “trauma muy presente” en la sociedad en la que vive y para ella misma. La honestidad, la claridad en la narración, la sencillez y la contundencia de esta injusticia son los ingredientes con los que consigue llegar al público de un modo brillante, que se convierte también en testigo de unos hechos incomprensibles e inesperados. “No te parece posible que el país se derrumbe, ni que Bosnia – un país con tantas religiones, con tantas naciones – podría tener una guerra, no parece posible en ese momento. Y la guerra, lo inimaginable, ocurre de golpe, en un día”, apunta.

El discurso del odio se ha normalizado. Muchas ideas en contra de los derechos humanos son ahora parte de las estrategias europeas”

En esta línea, avisa de que en la actualidad, cinco lustros después de Srebrenica, se observan “señales de que las cosas no van bien”. “Hace 25 años, Europa era un lugar donde la difusión de ideas abiertamente fascistas era posible. Pero hoy tenemos partidos fascistas en algunos gobiernos. El discurso del odio se ha normalizado. Muchas ideas en contra de los derechos humanos son ahora parte de las estrategias europeas. Con suerte, el resultado no será el mismo que en Bosnia”, alerta.

El negacionismo sobre Srebrenica

Recientemente, un miembro del gobierno de Montenegro se negó a reconocer la masacre de Srebrenica como genocidio, algo que, según destaca la directora de Quo Vadis, Aida?, también ocurre en el Gobierno de la República Serbia, cuyo presidente también niega los hechos. “Hay todo un movimiento de serbios nacionalistas empeñados en negarlo y pagan mucho dinero a lobbies estadounidenses para negar que existiera un genocidio. Se gastan mucho dinero porque son conscientes de que si su pueblo descubre lo que realmente ocurrió, perderán el poder del miedo”, ha relatado. A diferencia de Alemania, donde negar la existencia del holocausto está castigado, en Bosnia no existe un límite legal similar.

La Unión Europea observaba lo que pasaba con total pasividad. La guerra se detuvo gracias a Estados Unidos, a los Acuerdos de Dayton y los esfuerzos de los negociadores como Richard Holbrooke. Creo que la Unión Europea sigue teniendo un papel en las sombras y que no quiere enfrentarse a esto”

Del mismo modo, Jasmila Zbanic lamenta la inacción de Europa durante mucho tiempo. “La Unión Europea observó la guerra de Bosnia durante tres años y medio. No se permitió a los bosnios que se protegieran; fuimos los únicos en esta guerra a los que no se permitió armarse para defenderse, de acuerdo con las reglas de Naciones Unidas. La Unión Europea observaba lo que pasaba con total pasividad. La guerra se detuvo gracias a Estados Unidos, a los Acuerdos de Dayton y los esfuerzos de los negociadores como Richard Holbrooke. Creo que la Unión Europea sigue teniendo un papel en las sombras y que no quiere enfrentarse a esto”, ha criticado.

En la película se observa la inacción y la pasividad de los cascos azules neerlandeses fruto de obstáculos como la burocracia y la “cobardía” de quienes “se limitan a cumplir órdenes”, mientras que el espectador descubre toda una cadena de despropósitos tanto en las negociaciones como en los procesos irregulares que se suceden uno tras otro a través de los ojos de una mujer: Aida, una traductora de la ONU, con un esposo y dos hijos que se encuentran entre los miles refugiados a los que la base no alcanza a proteger.

La historia de Aida es la de “una mujer en un juego de hombres, que es la guerra”, en la que, sin embargo, “nunca quiere ser una víctima”. Sin embargo, se da cuenta de que en circunstancias así, “cualquier esfuerzo humano se ve disminuido, pervertido”.

El terror se mantiene vivo

El terror del genocidio de Srebrenica aún se mantiene vivo entre los habitantes que vivieron la guerra de Bosnia. En esta película, algunos de los actores habían experimentado hechos similares, como soldados o como personas retenidas en campos de concentración, especialmente entre la figuración, que prestaron su propia experiencia. La directora se dio cuenta de que aquello era algo más que un largometraje cuando sucedió algún momento difícil durante el rodaje.

Tuvimos el caso de dos mujeres en una escena en la que los soldados serbios entran en la base de la ONU y empiezan a interrogar a la gente. Empezaron a llorar, tuvieron una crisis nerviosa y hubo que llevarlas a la ambulancia, sacarlas del plató. Eran niñas en la época en que estuvieron en los campos de concentración”

“Tuvimos el caso de dos mujeres en una escena en la que los soldados serbios entran en la base de la ONU y empiezan a interrogar a la gente. Empezaron a llorar, tuvieron una crisis nerviosa y hubo que llevarlas a la ambulancia, sacarlas del plató. Eran niñas en la época en que estuvieron en los campos de concentración, pero el aspecto del actor, su actitud, sus gritos despertó algo en ellas. Les hablamos, les dijimos que era Emir, un actor que ellas conocían, pero nos contestaron: ‘Sí, lo sé, pero ha despertado algo dentro de mí y tengo miedo’. Tuvimos experiencias así a menudo en el plató”, cuenta.

Las imágenes que la directora guarda de la guerra “solo representan la banalidad del mal” y su objetivo era “proteger la dignidad de las personas” que sufrieron lo que se muestra en esta película, por lo que evitó cubrirlos de sangre y mostrarlos en una situación “humillante”, tal y como ocurre en otras películas. “Sobreviví a esa guerra y no sabría dónde colocar la cámara para reproducir una imagen violenta. No soporto una imagen de esta guerra tal y como la recuerdo”, enfatiza Jasmila Zbanic, quien además recurre a la inteligencia del espectador, “capaz de crear sus propias imágenes”. “He intentado proporcionarle todos los demás elementos para que viviera la tensión, esa situación insoportable”, ha dicho.

Fuente: Miriam San Martín – VozPópuli

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