Fascismo ficción, el recurso de Iglesias para salvarse en Madrid

Durante el debate de Telemadrid -el único realizado en televisión entre los seis candidatos a la presidencia de la Comunidad de Madrid- Pablo Iglesias se mostró frío y distante. Acudió bien pertrechado de datos, dirigió siempre sus dardos a la candidata del PP y apenas prestó atención a las andanadas que le lanzó Rocío Monasterio, a pesar de tenerla situada justo al lado. Casi ni la miró.

En un terreno que le era muy propicio, Iglesias perdió una gran oportunidad para levantar el ánimo de sus votantes y las expectativas de voto de su partido. Incluso le faltaron reflejos para apuntarse el tanto del repentino cambio de rumbo de Ángel Gabilondo respecto a una posible alianza con Unidas Podemos para gobernar en Madrid. Isabel Díaz Ayuso ganó a los puntos. Pero, entre los tres candidatos de la izquierda, contra todo pronóstico, la triunfadora indiscutible fue Mónica García (Más Madrid).

Los trackings que manejan todos los partidos coincidían tras el debate en que el efecto Iglesias se iba desinflando a medida que avanzaba la campaña: UP se situaba, en el escenario más optimista, en el entorno de los 12 escaños. Magra renta para un candidato que había abandonado la vicepresidencia del Gobierno con la autoimpuesta misión de «frenar a la extrema derecha en Madrid». Lo peor de todo es que el fiasco de Iglesias, unido al pobre resultado que apuntaban los sondeos para el candidato del PSOE, hacían prácticamente imposible que los tres partidos de la izquierda sumaran los 69 escaños necesarios para echar a la derecha del gobierno de la Comunidad.

Al día siguiente del debate, a las 22.56 horas, Iglesias colgó en su cuenta de tuiter un mensaje en el que daba cuenta de que el Ministerio del Interior había recibido una carta dirigida a él y a su familia con amenazas de muerte. En ese mismo tuit incluía una fotografía con la carta, el sobre y cuatro balas de Cetme. Al día siguiente (23 de abril) se produjo el incidente de la Cadena Ser. Iglesias abandonó el debate, tras exigirle una rectificación imposible a Monasterio y, al hacerlo, conscientemente, dinamitó la campaña que, desde entonces, ha girado en torno a un dilema hasta entonces ausente al que se sumaron como corderitos tanto Gabilondo como García: «Democracia o fascismo».

Iglesias, como víctima de las «amenazas fascistas», se convirtió en el centro de la campaña, al menos en los medios de comunicación. Al caer en la trampa de la polarización, el PSOE hizo el ridículo (con papel estelar para Adriana Lastra y Reyes Maroto) al airear la amenaza, también por carta y con navaja ensangrentada incluida, de un esquizofrénico que tenía en su lista negra a gente tan poco sospechosa de izquierdismo como el presidente turco Tayyip Erdogan.

Si se cumplen los pronósticos de las encuestas, Madrid será la tumba de Pablo Iglesias. Su última pirueta, el recurso al miedo a una ficticia amenaza fascista, ha resultado un rotundo fracaso

Lo frustrante para el líder de Podemos es que una semana después de ese giro apocalíptico y de una sobreexposición mediática sin precedentes las encuestas apenas se han movido. UP sigue estancado en una horquilla de 12-13 escaños, mientras que el PSOE se hunde y Más Madrid se beneficia de esa caída (podría superar los 20 escaños que logró en 2019).

El abuso de la hipérbole por parte de Pablo Iglesias no le ha dado el resultado que él esperaba. No todo vale para intentar ganar votos.

Como doctor en Ciencias Políticas por la UCM, el fundador de Podemos sabe, o debería saber, que Vox no es un partido fascista. Y sabe que no hay un peligro real de llegada al poder del fascismo en España.

El nacionalismo que defiende Vox, el rechazo a la inmigración, o su alergia a los gays, lesbianas y transexuales, son el denominador común de todos los partidos populistas de derechas europeos. Vox se parece mucho más al Frente Nacional de Marine Le Pen que al Partido Nacional Fascista de Mussolini. Que sepamos, Vox respeta la Constitución, no pretende acabar con el sistema democrático y no ha organizado ninguna fuerza de choque al estilo de los Camisas Negras. En España puede haber fascistas, desde luego, pero no hay 3.650.000 personas -votos que obtuvo Vox en noviembre de 2019- que apoyen el fascismo.

Tampoco se dan las circunstancias para el surgimiento de un partido fascista con opciones para dar un golpe de Estado: España dista mucho de encontrarse en una situación de depauperación de la clase media y de enconamiento social como el que dio alas hace un sigo al movimiento fascista italiano.

Llamar «fachas» a los seguidores de Vox (no digamos nada si ese calificativo se dirige a los votantes del PP) es algo peor que una simplificación. Es, sencillamente, mentira.

El salto de la vicepresidencia del Gobierno a la candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid ha evidenciado una característica esencial de la personalidad de Iglesias: su elevada autoestima. Cree que él puede determinar por sí solo el curso de los acontecimientos al estar dotado de una inteligencia superdotada y de una capacidad de convicción de la que carecen otros. Es lo que Kenneth Galbraith (La anatomía del poder) llama «ilusión de poder».

En esa creencia en la capacidad moldeadora de las actitudes de los ciudadanos por los medios de comunicación coincide con el asesor aúlico del presidente del Gobierno. Iván Redondo también cree que la voluntad de los ciudadanos se puede modificar si se utilizan adecuadamente los resortes necesarios; fundamentalmente, la comunicación. Tal vez por eso la relación entre el líder de Podemos y el jefe de Gabinete de Sánchez es tan fluida: hablan el mismo lenguaje.

El abandono del Gobierno para asumir la responsabilidad de dar el triunfo a la izquierda en Madrid oculta el fracaso esencial en la trayectoria de Iglesias: su incapacidad para crear una organización suficientemente sólida como para no necesitar al líder siempre que hay una situación de emergencia. A los batacazos electorales en País Vasco, Galicia y Cataluña, se sumaría ahora el de Madrid, con el añadido de que en la cita del 4 de mayo es el propio jefe del partido el que asumirá la derrota.

Cuando Iglesias dijo que se iba (a Sánchez se lo comunicó cinco minutos antes de hacerlo público) en el Gobierno dieron por hecho que éste era el primer paso para su abandono de la primera línea política. «Se quiere marchar con un gesto épico», me confesó una fuente de Moncloa. «Victoria o muerte», como rezan los murales en la Cuba castrista.

Según publicaba ayer ABC, Iglesias tiene apalabrada con Jaume Roures la dirección de un canal de noticias de «periodismo crítico». Eso le viene al pelo. De Fort Apache a un canal privado propiedad del magnate que ha financiado el independentismo y algunos medios de izquierdas con el dinero del fútbol.

Sería, en efecto, un final lógico para un manipulador profesional que, por pura necesidad de Sánchez para mantenerse en el poder, llegó a ser vicepresidente del Gobierno de España.

Fuente: Casimiro García-Abadillo – El Independiente

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