La tragedia de los comuneros, los primeros liberales españoles: «Juana es nuestra Reyna»

Se cumplen 500 años de la revuelta castellana que aplastó el emperador Carlos, hito romántico de los liberales contra el despotismo y la tiranía de la corona imperial.

«En la villa de Tordesyllas sabado primero dia del mes de Setienbre año del nascimiento de nuestro Salvador Crysto de mill e quinientos y veynte años estando la muy alta y muy poderosa Reyna doña Juana nuestra Señora y junto con ella la Illma. infante doña Catalina en un corredor de sus palacios reales de la dicha villa y estando delante de Su Alteza las rodillas en el suelo Juan de Padilla capitan general del exercito de la muy noble y muy leal ciudad de Toledo y Juan Bravo capitan general del exercito de la muy noble y muy leal ciudad de Segovia y Juan Çapata capitan general del exercito de la noble villa de Madrid…» .

No son erratas, así comenzaba el testimonio notarial original en el castellano del siglo XVI de la crucial visita de los llamados comuneros al castillo de Tordesillas en septiembre de 1521, donde se encontraba recluida, por orden de su hijo Carlos I, la reina Juana I de Castillala Loca —’Testimonio de lo ocurrido entre la Reina Juana y los Comisionados de la Junta de los Comuneros’. Archivo General de Simancas, Patrimonio Real, Comunidades de Castilla—.

Rodilla en suelo, fueron a liberar a su reina y a rehacer las Cortes del Reino contra el absolutismo

Habían transcurrido ya diez años desde que su padre Fernando el Católico la nombrara reina, la desposeyera después del gobierno real de Castilla y Aragón y la encerrara en el castillo vallisoletano junto a su hija, la infanta Catalina. Una jaula en donde ambas vagaron con privaciones de todo tipo bajo la estrecha vigilancia de sus prácticamente carceleros, los marqueses de Denia.

Usurpador extranjero

Hasta que el 29 de agosto, Padilla, Bravo y Maldonado, entre algunos de los destacados dirigentes de la Revuelta de las Comunidades, se dispusieron, rodilla en suelo, a liberar a su reina y a rehacer las Cortes del Reino para luchar contra el absolutismo imperial de un rey que además de usurpador consideraban extranjero: «le dixo que suplicava a Su Alteza que diese favor e autoridada la dicha junta y a lo que en ella se hysiese para que mejor se hisyesen las cosas destos Reynos a servicio de dios y de su Alteza. A lo qual Su Altesa respondio y dixo que la dicha junta hera buena y se dava por servida della y vengan aqui que yo huelgo dello y de comunycar con ellos lo que conviene a mis Reynos y de lo bueno me placera y de lo malo me pesara y espero en dios que lo hara todo bien».

Juana I de Castilla y el ataúd de Felipe el Hermoso.
Juana I de Castilla y el ataúd de Felipe el Hermoso.

Trescientos años antes de que fusilaran al general Torrijos en 1831, el otro general que luchó contra el absolutismo, subieron al patíbulo los capitanes de los comuneros Juan Padilla, Juan Bravo y Maldonado. Su memoria se reduce hoy a las calles que llevan sus nombres en el barrio de Salamanca en Madrid y otras ciudades: nadie parece recordar su gesta la de los primeros líderes proto liberales contra el poder. Antes que Fernando VII, estuvo Carlos I de España y V de Alemania cortando de raíz la revuelta contra la corona imperial.

La historiografía ha consolidado el relato de una lucha para contener el despotismo y la tiranía

Así es como la historiografía moderna ha acabado imponiendo el relato de que lo fue la primera posibilidad, en lo que después sería España, de contener las arbitrariedades, el despotismo y la tiranía de un rey. El puritano Oliver Cromwell lo conseguiría en Inglaterra un siglo después, en 1653, aunque fuera por un breve periodo de tiempo. Cromwell ordenó cortar la cabeza al rey Carlos I, en España en cambio fue al revés. A partir de Cromwell el parlamentarismo inglés despegó definitivamente. En España no lo haría hasta finales de siglo XIX con la Primera República y como monarquía parlamentaria hasta la Restauración borbónica de 1876, más de tres siglos después.

Halo romántico

El halo romántico de los comuneros, exacerbado en el XIX a partir del historicismo con el que se retrató a Juana la Loca, «una reina probablemente incapaz para el gobierno pero cuerda en lo esencial», según el experto alemán Gustave Bergenroth, que buceó en el Archivo de Simancas en el XIX, —’Calendar State Papers Spain, Vol I’—, elevó a los líderes de la revuelta como luchadores de la libertad. Ayudó también su trágico final en el patíbulo de Valladolid, donde les cortaron la cabeza. Los grandes historiadores del periodo, primero José Antonio Maravall y después el hispanista Joseph Pérez, además de Manuel Fernández Álvarez, no hicieron si no consolidar la versión de resistencia contra la tiranía. Hay un amplio consenso, aunque Manuel Azaña, el que fuera presidente de la II República, interpretara en el XX que la modernidad era el Imperio.

Batalla de Villalar.
Batalla de Villalar.

«Los comuneros tienen dos rasgos principales: rechazo del Imperio y reorganización política del binomio rey-reino», explicaba el recientemente fallecido Joseph Pérez, «el rechazo del hecho del Imperio lleva a los comuneros a reivindicar para el reino una participación directa en los asuntos políticos. Escribe la Junta de Tordesillas al rey de Portugal, al referirse precisamente a la elección imperial: «La cual elección, el rey nuestro señor aceptó sin pedir parecer ni consentimiento de estos reinos». Esta voluntad de intervenir en los debates políticos es la que da la tónica general del movimiento comunero».

La designación de consejeros flamencos y el aumento del gasto fueron mal recibidos en Castilla

Además, el levantamiento de las comunidades contra Carlos I tuvo su origen en una crisis generalizada en Castilla. Para el historiador Juan Pablo Fusi, en 1519 no había una idea imperial española: «La designación por el nuevo rey de consejeros flamencos para altos cargos y la misma elección imperial que hacía presumir el absentismo del rey y un considerable aumento de los gastos de la corona, fueron mal recibidos, especialmente en Castilla. Lo que realmente ocurrió es que la rebelión de los comuneros —como ocurrió también en cierta medida con las germanías en Valencia— fue una reacción castellana de hidalgos, mercaderes, letrados, clérigos y artesanos en defensa en realidad de la monarquía creada por los Reyes Católicos y continuada durante la regencia del Cardenal Cisneros. Es decir, una monarquía fuerte pero apoyada en las ciudades a través de la representación en cortes, reserva de cargos públicos para los castellanos, rechazo del gobierno por extranjeros y de la política imperial».

Impuestos para Flandes

Hubo además una causa económica, como lo fue toda la cuestión referente a la exportación de lana y los impuestos que se impusieron en Castilla, que beneficiaban a los productores de Flandes. Agravó la crisis de las ciudades castellanas y predispuso rápidamente hacia un levantamiento que no fue apoyado en su gran mayoría por los nobles, sino por la clase media, los hidalgos y los mercaderes. Ninguno de los cabecillas era de la alta nobleza, aunque Padilla estuviera casado con María Pacheco, hija del marqués de Villena, que había luchado contra Isabel la Católica en la guerra de sucesión castellana a favor de Juana la Beltraneja. Sería derrotada también.

Comuneros.
Comuneros.

Los comuneros, después de presentarse en Tordesillas y con la mayoría de las ciudades castellanas en contra del rey, sufrieron a las tropas realistas de Carlos I que consiguieron rendir Medina del Campo, donde se había asentado su junta después de que inexplicablemente se prescindiera de Juan de Padilla como general de los ejércitos, en favor de un menos experimentado Pedro Girón, que dejó expedito el camino para recuperar Tordesillas donde se encontraba Juana —Enrique Berzal de la Rosa, ‘Los comuneros: de la realidad al mito’—.

Fue otro de los rasgos de la revuelta entre 1520 y 1521: las disputas internas en el liderazgo. Tras la derrota de Medina del Campo, se refugiaron en Toledo y el 23 de abril de 1521 se produjo la crucial Batalla de Villalar en la que fueron derrotados. Allí apresaron a Padilla, Bravo y Maldonado, que tras un juicio sumarísimo fueron ejecutados. Carlos I había aplastado la rebelión.

La locura de Juana

Pero, ¿qué pasó con Juana? ¿Había estado realmente loca? ¿Tuvieron alguna oportunidad los comuneros con ella? Su inestabilidad se había hecho evidente a partir de la muerte de su marido el archiduque Felipe en 1507. Cuando Fernando el Católico, su padre, aún con vida, regresó de Nápoles con su nueva esposa, Germana de Foix —que habría de jugar después un papel relevante en la corte de su hijastro el rey Carlos I—, encontró a su hija en un estado deplorable según cuenta el historiador Henry Kamen: «El rey quedó conmocionado por el aspecto que tenía Juana; debido a sus rasgos ojerosos y desencajados, su figura demacrada y el atuendo pobre y miserable que vestía, resultaba difícil reconocer cualquier rasgo de su hija, de la que había estado separado tanto tiempo» —Henry Kamen, ‘Fernando el Católico’ (La Esfera)—.

Todo lo que rodea a Juana conforma un relato desgarrador que ha cautivado durante siglos

Todo lo que rodea a Juana conforma así un relato desgarrador y melodramático que ha cautivado durante siglos. Prosigue Kamen: «El rey enseguida la convenció para que mudara de residencia y abandonara el insalubre lugar donde vivía por otras estancias más cómodas y adecuadas en Tordesillas… Los restos de su esposo —con los que convivía Juana desde su muerte en 1506— se trasladaron al monasterio de Santa Clara, junto al castillo de Tordesillas, desde cuyas ventanas ella podía ver su sepulcro…». Fue allí, 11 años después de que su padre la recluyera en 1510, donde la encontrarían los comuneros en septiembre de 1521.

La reina ausente

Sobre lo acontecido en esos días se ha escrito todo lo imaginable, pero lo cierto es que, aunque Juana recibió con júbilo a sus libertadores, no lo hizo por las razones que ellos hubieran pensado. Aunque apoyó de viva palabra a la junta, tal y como recogen las crónicas, en realidad no pronunció palabra contra su hijo Carlos y lo que es más importante, se negó a firmar ninguno de los documentos que le presentaron repetidas veces los comuneros con el fin de legitimar su verdadera causa en Castilla, que no era otra que la del regreso de la reina y la modificación de los cambios que había introducido Carlos I.

Obispo de Acuña: «Te perdono Bartolomé pero procura que, en comenzando, aprietes muy recio»

Pero lo que realmente quería Juana era quitarse de en medio las privaciones de un encierro, un tanto cruel, al que era sometido por los marqueses de Denia por orden del rey, su hijo. No parecía en cambio dispuesta realmente a encabezar la revuelta y regresar al trono. Sencillamente, todo lo que acontecía, según el historiador Joseph Pérez, venía a romper la monotonía, el tedio y el sufrimiento de un enterramiento en vida entre los muros de Tordesillas. Poco más.

Fue un jarro de agua fría para los comuneros que no se resignaron, sin embargo, a seguir batallando contra Carlos. Todo acabó, sin embargo, en Villalar, aunque se prolongara la disputa hasta 1523. De los líderes escaparon el obispo de Acuña y María Pacheco, la esposa de Juan Padilla, que consiguió huir a PortugalEl obispo de Acuña fue apresado cuatro años más tarde y condenado a garrote vil por el emperador. No hubo perdón. Lo explica José María Fernández Conquero en ‘Acuña, el obispo comunero’: «El último murió el 23 de marzo de 1526. En sus postreros momentos fue ejemplo de entereza ayudando en los rezos de la comitiva fúnebre y aconsejando al verdugo: ‘Te perdono, Bartolomé, pero procura que, en comenzando, aprietes muy recio».

Fuente: Julio Martín Alarcón – El Confidencial

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