El terrorismo de los sindicatos de izquierdas antes de la guerra civil: El ‘far west’ republicano

Terrorismo en la República: el atentado contra Primo de Rivera que casi decapita a Falange antes de la Guerra Civil.

Roberto Villa, autor de ‘1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular’ o ‘1917. El Estado catalán y el soviet español’ analiza la escalada de barbarie que se produjo en España desde 1931 a 1936.

En principio todo parecía un murmullo, un susurro repetido hasta la extenuación, pero sin confirmar. Como bien explicaba el diario ‘Las Provincias’ en sus páginas interiores (los ataques violentos eran tan habituales que no solían ganarse un hueco en la portada), «a eso de las tres y treinta de la tarde» del 10 de abril de 1934 circulaba entre los corrillos madrileños «el rumor» de que había «sido víctima de un atentado don José Antonio Primo de Rivera». Se barruntaba que, «mientras pasaba por la calle Benito Gutiérrez, unos desconocidos le hicieron varios disparos sin conseguir alcanzarle». Pero lo cierto es que, al menos en primera instancia, el suceso no pasaba del correveidile habitual de los patios de la capital.

Las teorías abundaban. Se contaban por decenas. La más extendida afirmaba que varios atacantes habían abierto fuego contra él, pero que el entonces diputado por Cádiz había esquivado a la Parca. «El señor Primo de Rivera se tiró al suelo para evitar ser alcanzado por los proyectiles, y los agresores le arrojaron una bomba, que no llegó a estallar», afirmaba el mismo diario apelando a «primeras informaciones». Lo que parecía claro en la mayor parte de las versiones era que, lejos de amedrentarse, el líder falangista había sacado su pistola del cinto y, como una centella, se había lanzado en persecución de sus atacantes para devolver plomo con plomo.

Con salvedades, la realidad es que los rumores no andaban desencaminados. El atentado fue tan palpable como los agujeros de bala que quedaron en el vehículo de Primo de Rivera. Una mera anécdota, que podrían decir algunos, pero también la muestra de que la tensión política campaba a sus anchas en la España de aquellos años. Según desveló el ABC de la época, el ataque indignó sobremanera a los seguidores de Falange en Cádiz, donde se sucedió una protesta multitudinaria y desde donde «se le han dirigido numerosos telegramas felicitándole por haber resultado ileso». El mismo medio incidió también en que se había abierto una investigación para hallar a los culpables y que se habían producido hasta dos detenciones. Una de ellas, un sindicalista de la CNT.

Días de violencia

¿Hasta dónde llegaba la violencia aquellos días de 1934, cuando la Guerra Civil empezaba a atisbarse en el horizonte? Según afirma a ABC Roberto Villa, historiador, profesor titular en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y autor de ‘1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular’ o la flamante ‘1917. El Estado catalán y el soviet español’, era más que habitual entre determinados grupos organizados. «No eran los sindicatos en general sino sólo, exclusivamente, los revolucionarios: específicamente la UGT, que era el brazo sindical del PSOE; y luego la CNT que, al ser anarcosindicalista, postulaba el boicot a las elecciones y apartar a sus seguidores de las urnas, porque en lo que debía centrarse un buen afiliado a la CNT era en la revolución», señala.

En palabras del experto, «aparte de estos dos sindicatos revolucionarios (cuya su misión no era, simplemente, reivindicar y obtener mejoras laborales en el contexto de una economía y una sociedad libres, sino la transformación revolucionaria de esa sociedad y del régimen político)», destacaba también la llamada violencia de partido. Una práctica que ya había existido durante el período de la Monarquía constitucional, pero que, al menos en principio, solía circunscribirse a las campañas electorales. Algo que cambió rápido. «A veces se registraba algún episodio de intimidación de «partidas de la porra» a los electores o agentes electorales del partido rival, y algún intento de boicotear un mitin. Pero lo que era raro en 1923, se convirtió en frecuente entre 1931 y 1936», completa Villa en declaraciones a este diario.

Primo de Rivera, en 1936, durante un acto de Falange
Primo de Rivera, en 1936, durante un acto de Falange

La razón está más que clara: los partidos anhelaban hacerse con el dominio de las calles y, lo que era más importante, arrebatárselo a los partidos rivales. El mejor momento eran las elecciones, pero, a la postre, valía cualquier excusa. «En el uso de la intimidación se emplearon a fondo especialmente las fuerzas de izquierda. Y no era de extrañar. La República se había concebido como un régimen de parte, que sólo podría ser gobernada por los partidos de la coalición fundacional del régimen. Los intentos de los partidos que quedaron al margen de la conjunción republicano-socialista de movilizar a sus electores y hacer proselitismo por la calle eran vistos con profunda hostilidad, especialmente en los bastiones del PSOE», desvela el autor de ‘1917. El Estado catalán y el soviet español’.

Un ejemplo, afirma Villa, es que grupos como los antiguos monárquicos o los nuevos partidos conservadores («o ni siquiera una parte del centro republicano») no pudieron hacer campaña en igualdad de condiciones para las elecciones de 1931. «Las cosas comenzaron a igualarse cuando la conjunción republicano-socialista se rompió, y los seguidores del partido republicano más numeroso, el Partido Republicano Radical, comenzaron a enfrentarse con los socialistas», desvela. La división provocó, en definitiva, una suerte de contienda entre izquierdas que permitió al resto de grupos asomarse a las calles sin temor a ser recibidos a tiros, golpes, pedradas o improperios.

Sobre los pilares de esta tensión absoluta provocada por determinados grupos políticos, algunos partidos azuzaron todavía más la fogata al fundar una suerte de unidades paramilitares dispuestas a salir a las calles en nombre de sus respectivos partidos. «Por supuesto, esta fue también la época en la que determinadas fuerzas comenzaron a organizar milicias armadas, especialmente entre sus juventudes. Las tuvieron los socialistas, los comunistas, la EsquerraFalange y los carlistas. A estos hay que sumar los grupos de acción anarquistas. Estos jóvenes chocaban habitualmente, especialmente a partir de finales de 1933», sentencia el experto.

Far West

Puede sorprender también que los diarios de la época hicieran referencia de forma tan natural a que diputados como el mismo José Antonio Primo de Rivera fueran acompañados de forma perenne de un arma. Pero la imagen, propia de una película del lejano oeste, era habitual. «Tanto como el ‘Far West’ no, pero es verdad que en los años treinta era muy fácil procurarse un arma y que nunca tantos españoles sintieron la necesidad de armarse. Nunca se vendieron tantas pistolas, en especial en las ciudades. Existía incluso hasta cierto gusto estético, pues por entonces estaban de moda las películas de gánsteres», desvela Villa.

En palabras del historiador, portar un arma era tan habitual que «cada cambio de gobierno se inauguraba con instrucciones estrictas de los ministros de la Gobernación a los gobernadores civiles para que ordenaran a todos los poseedores de armas registrarlas en el cuartel de la Guardia Civil o, incluso, recogerlas». Sin embargo, no era raro que, en una sociedad tan polarizada, estas directivas se llevaran a la práctica con partidismo. «Se recogían las armas de aquellos que se presumieran que eran rivales políticos, mientras se hacía la vista gorda con los amigos políticos», sentencia.

Raro atentado

El 10 de abril de 1934, el mismo José Antonio Primo de Rivera explicó, a su llegada al Congreso de los Diputados, lo que había ocurrido aquella mañana. Según el diario ABC, el líder de Falange arribó a la Cámara a eso de media tarde «e inmediatamente se agolparon a su alrededor gran número de diputados y periodistas que le felicitaron por haber salido ileso del ataque». Instantes después, los presentes le preguntaron por lo sucedido. Tal y como narró, todo ocurrió cuando salía de la Cárcel Modelo de Madrid después de actuar en la vista contra los acusados de acabar con la vida de un estudiante en la calle Augusto Figueroa.

«Esta mañana habíamos intervenido en la vista de un proceso otro diputado y yo. Al salir de la Cárcel Modelo ocupé mi automóvil en unión de otras cinco personas, entre ellas un secretario y un pasante de mi despacho; en total, como digo, íbamos seis, y como el coche es muy pequeño íbamos muy apiñados».

Primo de Rivera se puso a los mandos del vehículo. Decidido, tomó la dirección de la calle Blasco Ibáñez en dirección a Bulevares. Según incidió, notó que algunas personas se fijaban en el vehículo y remoloneaban a su alrededor, pero no le dio mayor importancia. Pocos minutos después, y de improviso, un fuerte estruendo le hizo detener el coche.

«Al pasar el coche por delante de la calle de Altamiro oímos una explosión formidable, e inmediatamente tres detonaciones de pistola; momentos después paré el coche».

Aunque existen una infinidad de versiones, todas coinciden en que José Antonio Primo de Rivera no se amedrentó, bajó del vehículo y se dispuso a perseguir a aquellos delincuentes. Responder a la violencia con más violencia, vaya.

«Momentos después paré el coche, y sacando la pistola corrí en la dirección en que suponía habían huido los agresores, pero desde luego sin ver a éstos. La gente nos dijo que se habían ocultado en un portal y entonces cercamos la casa en cuestión, pero sin que encontráramos a nadie».

En principio, los diarios esgrimieron que la explosión inicial había sido provocada por un «petardo de efecto retardado» (un explosivo) cuya finalidad no era otra que conmocionar a los ocupantes del vehículo y obligarles a detenerse. Momento en que serían baleados hasta la muerte. Así lo especificó también Primo de Rivera a los presentes en la Cámara aquel 10 de abril.

«La explosión obedeció a un petardo que se colocó sin duda retardado y los tres disparos de pistola fueron hechos sin correr la mano como es costumbre en los ojeos, sino en la misma dirección en que el coche marchaba, por lo que hay tres impactos en la parte posterior del coche que presentan los correspondientes descascarillados en la carrocería. De haber penetrado las balas en el interior del coche, el blanco hubieran sido los riñones de los que íbamos dentro».

Mitin de la Unión Monárquica. José Antonio Primo de Rivera haciendo uso de la palabra.
Mitin de la Unión Monárquica. José Antonio Primo de Rivera haciendo uso de la palabra. – ABC

Con todo, sus palabras contrastaron con la declaración ofrecida poco después por el director de Prisiones, al que se le preguntó por lo sucedido. «Mis referencias no coinciden con esa versión. Según las que yo tengo, el señor Primo de Rivera descendió del coche, muy averiado por la explosión de los petardos y sin esgrimir arma alguna se unió al público que perseguía a los terroristas, que al parecer se encerraron en una casa que acordonó la policía». El diario ‘Las Provincias’, por su parte, entrevistó a un testigo que afirmó que los culpables habían sido cuatro individuos que aguardaban la llegada del vehículo en la «antigua Calle Princesa».

El mismo testigo, citado tan solo por sus iniciales por miedo a las represalias, desveló también que los terroristas habían disparado varias veces contra los ocupantes del vehículo una vez que estos se apearon. En todo caso, y fuera cual fuera el devenir de los hechos, todos coinciden en que, después de la persecución, Primo de Rivera y sus acompañantes se subieron al coche y continuaron el viaje inicial. «Fue una aventura pirotécnica», confesó el líder de Falange poco después.

Fuente: Manuel P. Villatoro – ABC

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