La evolución y naufragio del centro político en España

La historia de Ciudadanos reedita la del Centro Democrático de Adolfo Suárez, que acabó fagocitado por el PP.

El centro es un lugar peligroso. Algunos politólogos no se cansan de advertirlo. Es como estar en la mediana de la carretera. Si no te atropellan los que vienen por la izquierda, lo hacen los que vienen por la derecha. Por eso, en realidad, el centro no existe. Siempre lleva un aditivo que lo sitúa a un lado u otro de la divisoria ideológica. Normalmente, centroderecha; es decir, el caladero donde efectivamente puede captar un mayor número de votos, más allá del minúsculo espacio genuinamente centrista.

La historia siempre es la misma. Una aguda crisis del partido tradicional de la derecha, bien por incapacidad electoral, bien por una pléyade de escándalos de corrupción, o bien por ambas cosas a la vez, abre una ventana de oportunidad para una formación que se presenta como “lo mejor de la izquierda y de la derecha”. Una tercera vía. “Ni rojos ni azules”. El liberalismo polisémico de los social-liberales.

Rasgos compartidos

Errores en la política de pactos, militancia de aluvión e ideario difuso también lastraron en su momento al CDS

A partir de ahí, arañan algún voto por la izquierda pero, sobre todo, le pegan un buen mordisco electoral al convaleciente partido histórico de la derecha. Sin embargo, el mordisco nunca es lo suficientemente profundo como para convertir al nuevo partido en alternativa y relevar a los desgastados conservadores. Y entonces empiezan los problemas.

La principal dificultad la presenta la política de pactos. Sobre todo para un partido que ha registrado un crecimiento de aluvión y que se ha nutrido con lo mejor de cada casa, incluidos los rebotados de otras marcas, los oportunistas o los neófitos de la política. Y con ese material humano, la lealtad orgánica es un elemento en riesgo permanente. Un peligro que se ve acentuado por la indefinición ideológica, convertida en un pasaporte hacia aquel lugar que brinde las mejores oportunidades de promoción personal.

En principio, si un partido se define como progresista y dice encarnar un equilibrado cóctel de socialdemocracia y liberalismo, su socio natural sería el centroizquierda tradicional. El problema es que esa estrategia impide desplazar a los conservadores como alternativa de poder frente a la izquierda. Y, además, la base del nuevo partido “social-liberal” es esencialmente de centroderecha: un electorado conservador que se ha refugiado momentáneamente en las nuevas siglas ante la pérdida de credibilidad del partido natural de la derecha.

La maldición del centro político

El centrismo entra en crisis cuando su techo electoral impide que se convierta en alternativa de gobierno

Pero, claro, si no se puede pactar con la izquierda, hay que hacerlo –por activa o por pasiva– con los conservadores y ayudarles, de manera involuntaria, a recuperar o a retener el poder que tenían antes de la crisis. Las contrapartidas pueden ser suculentas para unos recién llegados ávidos de cargos y coche oficial. Pero a medio plazo son un caramelo envenenado si el resultado de los acuerdos mantiene al nuevo partido en una condición de muleta subalterna y nunca de protagonista principal del poder.

La historia se repite una y otra vez y nadie parece aprender de sus predecesores. Los mismos errores y las mismas patologías que acabaron hace ya tres décadas con la alternativa centrista de Adolfo Suárez –el CDS–, amenazan ahora a Ciudadanos. Un repaso de sus trayectorias, pese a esa distancia de 30 años, dibuja un relato de vidas paralelas con un mismo y amargo horizonte final: nadie se resigna a sobrevivir como un microcentro, capaz de pactar con inteligencia y provecho a izquierda y derecha. Y a partir de ahí, siempre hay un desencadenante, un movimiento mal calculado, que desequilibra al partido y provoca la desbandada.

Problemas endémicos

Los primeros reveses llevan a la desbandada por la débil disciplina y la escasa cohesión interna de estos partidos

Pero, sobre todo, lo que siempre acaba ocurriendo es que el electorado conservador –moderado o no– se cansa pronto de perder y percibe con claridad que solo hay una forma de ganar a la izquierda: con un voto útil, unificado en torno a una misma marca; la que mejor ha resistido la travesía del desierto atrincherada en sus feudos de poder y ha elegido ya un nuevo líder, joven e implacable. Y cuando eso llega, es la hora de la “chequera”.

Lo primero que hizo el equipo de José María Aznar tras los comicios legislativos de 1989 y, sobre todo, tras la segunda vuelta de las elecciones en Melilla –que evidenciaron que era posible derrotar al socialismo si los votos del CDS se sumaban a los del PP– fue poner en marcha una agresiva política de captación de dirigentes centristas preocupados por su futuro. Y el resultado de esa estrategia se apreció ya nítidamente, quince meses después, en las siguientes elecciones autonómicas de 1991.

En solo cuatro años, y a diferencia de lo ocurrido en los comicios de 1987, el centro había desaparecido de casi todos los parlamentos autonómicos o era del todo irrelevante. Y, paralelamente, el partido tradicional del centroderecha se hacía con la mayoría absoluta en los territorios de signo conservador. Más o menos lo que parece estar ocurriendo ahora, con permiso de Vox.

Fuente: Carles Castro – La Vanguardia

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