La exaltación y recuperación del bipartidismo irritan y alertan al resto de partidos

PSOE y PP dan pasos para recuperar la hegemonía compartida, con actos como el del 23-F e intentos de pactos bilaterales que se rompen por el rechazo de los demás al bipartidismo.

Esta ha sido la semana de la exaltación del bipartidismo. O, al menos, de la nostalgia por aquella etapa en la que había dos partidos que se alternaban en el poder, que se reconocían mutuamente la capacidad para gobernar, que se repartían parcelas del Estado y que solo recurrían a los partidos minoritarios cuando les era estrictamente necesario. Los tiempos en los que las minorías estaban formadas por partidos con voluntad de arrimar el hombro por un Estado por muy nacionalista que fuera o por otro de izquierdas que no aspiraba a gobernar.

En esta semana, en la política española se ha suspirado por aquellos tiempos, pero el bipartidismo viene a ser como las hombreras: triunfaron en los 80, se añoran tanto como se detesta su recuerdo y, finalmente, parece imposible que puedan volver. Al menos, no volverán con aquel esplendor y aquel alarde.

Pero, de pronto, en el Congreso asomó esta semana el recuerdo del bipartidismo en varios episodios y quedó clara la estrategia coincidente de PSOE y PP para recuperarlo. Especialmente, se observó en el acto que la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, organizó en la Cámara con presencia del Rey para recordar el intento de golpe de Estado del 23-F, 40 años después de que fracasara.

Meritxell improvisó un protocolo, necesariamente restringido por el covid, pero con un papel estelar para el líder de la oposición, personificado en Pablo Casado. No es habitual la referencia protocolaria de líder de la oposición, aunque esté recogido en un decreto de hace décadas.

Lo más extraordinario es que el propio Rey incluyó una referencia al líder de la oposición a su discurso. Eso ocurrió cuando VOX avanza y cuando hay quien se plantea la necesidad de reforzar al PP como partido de Estado para frenar el sostenido ascenso de Vox.

Ambas intervenciones provocaron malestar en fuerzas políticas diferentes a PSOE y PP. Por ejemplo, altas fuentes de Unidas Podemos aseguran no entender ese reconocimiento y explican que en el rechazo a esa amenaza de vuelta al bipartidismo está la explicación de algunos movimientos del partido de Iglesias.

Lo más extraordinario es que el propio rey Felipe VI incluyó una referencia al líder de la oposición a su discurso en el Congreso

En los años 80, cuando Felipe González disfrutaba de su mayoría absoluta, cristalizó el concepto bipartidista del líder de la oposición, encarnado entonces en Manuel Fraga, presidente de Alianza Popular. Se habló entonces de las «escenas del sofá» de González con Fraga y este disfrutó de la idea por su reconocido amor por Gran Bretaña, el paraíso del bipartidismo, favorecido por la ley electoral mayoritaria.

El siguiente episodio de la nostalgia del bipartidismo ha sido el de las negociaciones entre PSOE y PP para la renovación institucional, aunque en este caso se ha constatado que ya no es real. Félix Bolaños y Teodoro García Egea han negociado de forma bilateral para sumar los votos que exige la mayoría cualificada para los nombramientos. En el caso de RTVE, el pacto se cerró porque, a su vez, cada uno negoció luego con PNV y Unidas Podemos, pero siempre de forma bilateral. Como en los viejos tiempos.

Y hubieran querido que siguiera esa forma de operar para el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), pero ya no son tiempos de bipartidismo y por eso todo ha sido tan complicado que no han podido cerrar el acuerdo. El PP no quería hablar con Unidas Podemos y exigía que no designara vocales, y el PSOE intentaba integrar a su socios de Gobierno de coalición. Como el PP ha vetado vocales que sospecha son propuestos por los de Pablo Iglesias, Unidas Podemos, a su vez, no quiere salir del reparto y por eso veta a uno propuesto por el PP y todo ha quedado finalmente bloqueado. La semana que viene volverán, previsiblemente, a intentarlo.

Se puede decir que la movilización del resto de partidos por evitar la vuelta del bipartidismo es lo que, finalmente, ha hecho imposible el acuerdo sobre el CGPJ. Por un lado porque Unidas Podemos presionó para no quedar fuera del pacto entre los dos grandes partidos y por otro porque la amenaza política de Vox llevó al PP a borrar cualquier asomo de presencia del partido de Iglesias en las negociaciones y en el resultado.

En tiempos del bipartidismo estos pactos eran más fáciles. Lo más que hacían los dos grandes partidos era, una vez repartidos los sillones entre ellos, ceder cada uno a los socios que quisieran. Por eso siempre entró algún vocal de PNV, de CiU o de Izquierda Unida. Ahora hay partidos que quieren entrar y participar en las negociaciones. Y otros como Vox y Ciudadanos que, además, critican con dureza el pacto dentro y fuera del Congreso.

El propio Pedro Sánchez, en un vídeo que ha circulado estos días de 2016, hablaba con acierto de la «comodidad del bipartidismo» para pactar los nombramientos. Además, en aquellos tiempos que ahora PSOE y PP añoran, ambos partidos eran libres de pactar o no, mientras que ahora Pablo Casado ha retrasado el acuerdo durante dos años y mantiene los vetos que bloquean el acuerdo precisamente por temor a la presión de Vox, partido que ha crecido a su derecha. Antes el PP podía actuar sin temor y ahora Casado confiesa en la tribuna del Congreso ser «consciente del coste a corto plazo» de sus posibles acuerdos con el Gobierno, pensando en el desastre electoral de Cataluña. No es casual, de hecho, que haya esperado al cierre de las urnas del 14F para rectificar y sentarse a negociar.

Lo más que hacían los dos grandes partidos era, una vez repartidos los sillones entre ellos, ceder cada uno a los socios que quisieran

«Que se besen, que se besen», coreaban los diputados de Vox en el hemiciclo el jueves cuando se conoció el acuerdo, y ahora Casado y Abascal pugnan por liderar la oposición y tiene alto coste político pactar lo que prescribe la Constitución sobre nombramientos.

El recuerdo nostálgico del bipartidismo planeó también en el debate del miércoles en el pleno del Congreso sobre la pandemia. «La alternancia del centroderecha y del centroizquierda fue el polo de atracción de la inmensa mayoría del país y consiguió llevar a los extremos a la irrelevancia, tanto por la izquierda como por la derecha» y «debemos compartir y ensanchar el espacio de la moderación y hacerlo tan grande como para que los dos podamos ganar dentro de él», le dijo Casado a Sánchez en lo que sonó como una invitación formal y nostálgica a recuperar juntos el bipartidismo.

Iglesias, Arrimadas, Rufián y otros se movían incómodos en sus escaños escuchándolo. Alguno de ellos advirtió enseguida fuera del hemiciclo de que ese bipartidismo ya no volverá, que no hay más que contar escaños para constatarlo.

El recuerdo nostálgico del bipartidismo planeó también en el debate del miércoles en el pleno del Congreso sobre la pandemia

«El PP tiene un sitio en la democracia española», le respondió el presidente del Gobierno. Sánchez, además, incluyó en su intervención trazas identificables de la alarma que ha provocado en Moncloa el ascenso de Vox, por más que sea una bendición electoral para el PSOE. La ultraderecha no para de crecer y miembros del Gobierno se preguntan si no será mucho mejor a largo plazo reconocer al PP como partido de la oposición; y ahí está, en parte, la explicación del esfuerzo forzado para marcar a Casado como líder de la oposición, como en los tiempos del bipartidismo.

Por primera vez, Moncloa ha dado muestras de estar dispuesto a frenar a Vox después de años de favorecer la polarización por interés electoral. Y algo se movió esta semana en el Congreso en este sentido.

Hasta 2015, ese bipartidismo era claramente identificable en los resultados de todas las elecciones generales. Así, la suma de votos de PSOE y PP ha estado siempre en un 70% de media, llegando al 78% en 2000, el 80% en 2004 y el 83% en 2008. Esos porcentajes tienen traslación casi abrumadora en el reparto de escaños, ya que el sistema está diseñado para favorecer claramente a los dos partidos más votados.

La suma de votos de PSOE y PP ha estado siempre en un 70% de media, llegando al 78% en 2000, el 80% en 2004 y el 83% en 2008

Esa tendencia empezó a quebrarse en 2015, cuando aparecen Podemos y Ciudadanos, y esa suma se queda en el 50% y en las dos elecciones generales de 2019 bajó al 45% y al 48%. Coincide, obviamente, con los gobiernos con menor apoyo parlamentario y los tiempos de inestabilidad. Cuando no hubo mayorías absolutas, PNV y CiU apuntalaron gobiernos, pero ahora solo mantienen esa función los nacionalistas vascos, pero cada vez se precisa sumar más partidos para apuntalar mayorías, por la fragmentación creciente del Parlamento.

La añoranza de ese bipartidismo está también en la estrategia de los dos principales partidos. Básicamente, el PSOE quiere comerse a su compañero de Gobierno y el PP a Vox, y los dos esperan ganar algo en el caladero de Ciudadanos.

Les favorece el largo periodo sin elecciones que, en teoría, se abre ahora en España. Es tiempo de estrategias de medio plazo, en este caso de recuperación de viejos hábitos. Sin embargo, hay otro factor que puede perturbar ese intento común: la atomización de partidos y la fragmentación parlamentaria, con formaciones emergentes y en algunos casos locales como Teruel Existe, Foro Asturias, Nueva Canaria, Coalición Canaria, Más País…

Fuente: Fernando Garea – El Confidencial