Auge, ambición y caída de Ciudadanos

En un recorrido de urgencia por lo que ha sido aquella gran esperanza llamada Ciudadanos que hoy se extingue como la llama de una vela votiva, hay que partir del hecho cierto de que siempre fue una opción de centro-izquierda.

Es verdad que al principio, despojado de etiquetas, desnudo como aquel cartel electoral de Albert Rivera, los catalanes vieron en aquellos ciutadans una alternativa fresca, antinacionalista, transversal, no contaminada por los pactos vergonzosos del Partido Popular con el nacionalismo expoliador pujolista.

Aquel Ciutadans, nacido de una conjura de intelectuales catalanes socioliberales antinacionalistas estupefactos por el anticonstitucionalismo del PSC y por el desaguisado que para Cataluña suponía el modelo asimétrico de ruptura de la convivencia de Rodríguez Zapatero, había tomado la calle y hablaba con una voz autorizada sobre los desastres del nacionalismo, manejaba la palabra España sin empacho y apostaba por un modelo macroeconómico liberal con toques sociales. En su contra, la sensación de que abusaba de las encuestas sociológicas para definir su programa social. Meras descargas de fusilería cuando uno es un partido de ámbito regional.

El éxito en Cataluña cegó a Albert Rivera, que se lanzó al agua al primer canto de sirena y se dispuso a tomar Madrid. First we take Manhattan, etc.

Madrid, rompeolas y tal, aceptó que los socialdemócratas de Ciudadanos ahogaran a UPyD, el primer partido de centroizquierda nacional que mereció ese nombre pero cuya líder, la exsocialista Rosa Díez, mantenía una distancia insalvable con el PSOE, quizá porque los conocía demasiado bien. Millones de votantes en toda España vieron que Ciudadanos podía ser una benéfica bisagra que con su programa en la mano y una capacidad notable de pacto, rompiera los oligopolios y caciquismos creados por el bipartidismo y, lo que es también interesante, que sirviera para disminuir la altísima capacidad de chantaje del nacionalismo del que los españoles, de los que quieren ser libres e iguales, están hartos.

Ya instalado en el Congreso de los Diputados —sin abandonar el partido en Cataluña que estaba en manos de una estrella como Inés Arrimadas que subía a la tribuna del Parlament y decía cosas que jamás se habían escuchado en ese templo del cinismo—, el equipo de Albert Rivera, que en todas las tertulias, debates y desayunos con la prensa hacía protestas de centroizquierdismo (incluso cuando no venía a cuento), recibió un mandato inequívoco de sus votantes. El mandato de moderar a un Partido Socialista desbocado, catastrófico para la economía, que con su positivismo jurídico pecesbarbiano y revanchista despreciaba los logros de la Transición, la memoria de los muertos y el sufrimiento de las víctimas del terror nacionalista. Y a ello se aplicó Rivera, cabalgando las veletas que hicieran falta.

El mandato incluía una segunda parte: impedir la llegada del comunismo de corte castrochavista al poder. Ese comunismo morado que venía camuflado en la indignación del 15-M.

Para cumplir con el mandato, Ciudadanos abandonó sus posiciones fundacionales socialdemócratas y se pasó al liberalprogresismo (primos hermanos). Como todo es bueno para el convento, fue recompensado en votos y escaños. Es cierto que Rivera intentó pactar con el PSOE desde posiciones evidentes —una vez más— de centroizquierda. Incluso llegó a un principio de acuerdo con el socialismo de corte sanchista, foto incluida. Es decir, logró pactar con la nada aunque luego todo quedara en nada. Aquel esfuerzo ímprobo también fue recompensado.

Pero entonces llegó el gran error de Albert Rivera y de todos los que le jalearon, incluidos líderes europeos como Macron. Cegado por la ambición, y sin nadie subido a su cuádriga que le recordara que era mortal, sustrajo a Inés Arrimadas —qué error, qué inmenso error— del liderazgo del primer partido en escaños y en afectos en Cataluña y preparó un equipo de ensueño para asaltar, no el socialismo, sino el centroderecha español. La ambición de Rivera había olido la sangre de un Partido Popular debilitado por la corrupción, por su incapacidad para trasladar mensajes y por la vacuidad de Mariano Rajoy.

Contaba la vanidad de Rivera con la ventaja de que el Partido Popular se negaba con machacona insistencia a identificarse como derecha, despreciando a los votantes conservadores e incluso a los liberales unionistas y reivindicando el reformismo que nadie jamás ha entendido y que tan ‘magníficos’ resultados le dio a la llamada «Operación Roca» (0,96 por ciento de votos y cero diputados). 

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Ese asalto comenzó con el abuso de la tribuna del Congreso para soltar andanadas contra el sanchismo jugando a liderar la Oposición. Insistimos en que no era ese el mandato de los votantes de Ciudadanos, que era el de tratar de moderar incluso lo inmoderable. Pero cuando uno es de centroizquierda, sobre todo cuando el centro es hoy un punto geográfico que está más a la izquierda que el PSOE de 1982, cuando uno jalea políticas identitarias como el feminismo, cuando uno no se atreve a contradecir leyes como la de Violencia de Género, cuando abrazas la eutanasia deshumanizadora y te agarras a la perversión libertaria que supone aceptar los vientres de alquiler, cuando te niegas a intervenir la cadena de televisión pública (TV3) que jaleó el golpe del 1 de octubre; cuando no denuncias chiringuitos ideológicos porque necesitas que te permitan estar en la cabecera de las demostraciones del Orgullo, cuando no defiendes la libertad de los padres a elegir la educación de sus hijos, cuando tu voto es metropolitano y te olvidas de suburbios y pueblos, cuando te llenas la boca de etiquetas como «ultraderecha» y se te nota el repelús que te da salir en una foto con un partido democrático como VOX; cuando aceptas Europa como un ídolo de oro al que sólo puedes adorar y jamás criticar, entonces no puedes tratar de asaltar el centroderecha. Punto.

Los diez escaños de 2019, cenizas de lo que pudo llegar a ser el gran partido de centroizquierda nacional que mandara al socialismo al rincón del olvido (como ha pasado en Francia y en Grecia), demostraron que “ambiciones” no era solo el nombre de la finca de Jesulín. Y Rivera, en la primera decisión lúcida desde hacía tanto tiempo, dimitió. Y con él, muchos de los suyos y gran parte de lo mejor que tenía aquel partido como el impagable Girauta y el lúcido Marcos de Quinto.

Diez escaños en Madrid contra un Gobierno Frankenstein no es nada. Seis diputados contra el secesionismo rampante en Cataluña, es insuficiente. Es cierto que hubo quien antes de dar un portazo en la sede de Ciudadanos pidió que el partido se replegara a Cataluña y que Inés Arrimadas liderara la vuelta a los orígenes, por supuesto pidiendo perdón por haber abandonado Barcelona. Pero (de ahí el portazo) había mucha poltrona que conservar aquí (en Madrid) y allí (en Andalucía, Castilla y León o Murcia). Ciudadanos ya era un partido del establishment y aquellas voces no fueron escuchadas.

Los resultados en Cataluña del pasado domingo, con covid o sin covid, e incluso con el manifiesto de los padres fundadores de Ciudadanos reclamando la vigencia de la formación, abocan a Ciudadanos a una refundación por su inutilidad actual. Es verdad que seis diputados y grupo propio para una opción laminada por la prensa subvencionada catalana y que pasó de Rivera y Arrimadas a Carrizosa, no están tan mal si los comparas con el Partido Popular, pero también es cierto que es el mayor desastre electoral en términos relativos desde la descomposición y muerte de la Union de Centro Democrático.

Lo cual, visto desde cualquier perspectiva, ofrece un futuro sombrío. Sobre todo cuando no tienes un edificio al que echarle la culpa.

Fuente: José Antonio Fúster – La Gaceta de la Iberosfera

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