La vida del votante de Vox en un pueblo de la Girona más independentista

Varios simpatizantes del partido de Abascal residentes en Cataluña narran a El Confidencial los motivos por los que elegirán esta papeleta este próximo domingo.

Nos citamos con él en la estación de tren de Ripoll. Xavier, camarero de 43 años, pasa a recogernos con su 4×4 y nos propone que demos un corto paseo por el centro de la ciudad, en dirección al monasterio benedictino fundado en el siglo IX, mientras charlamos. De camino, a la hora en que bares y restaurantes cierran sus terrazas tras el turno de comidas, nos va señalando los carteles y pancartas de los partidos que se presentan a las elecciones catalanas del próximo domingo. Se fija sobre todo en los de las formaciones no independentistas: «Mira, ahí tienes uno del PSC. Y aquel otro es de Ciudadanos. ¿Cuál echas de menos? El nuestro, claro que sí. Es el único que no está, porque lo arrancan», dice elevando un poco la voz. «Está claro quién es para ellos el verdadero enemigo».

Ese ‘nuestro’ al que se refiere Xavier es el cartel de Vox, el partido con el que simpatiza y al que está decidido a votar “por segunda o tercera vez”. No con fervor militante pero sí convencido de que «son los únicos honestos y los que mejor representan mis ideas». En las elecciones generales de 2019, Vox obtuvo en Ripoll 217 votos, el 3,85% del total. «Me parecen muy pocos, pero qué quieres, esto es distrito apache, aquí el independentismo es la religión oficial», nos cuenta Xavier. Ha accedido a hablar con nosotros gracias a la mediación de un amigo común. «No tengo nada que ocultar, pero tampoco quiero ser el bufón de nadie”, nos dijo en la breve conversación telefónica en que concertamos nuestra cita de hoy. «¿De qué pie calza El Confidencial y por qué queréis hablar con gente de Vox? ¿Vais a escuchar de verdad lo que tenemos que decir o vais a llamarnos fascistas?».

Porque Xavier, como el resto de votantes y militantes de Vox de la comarca pirenaica del Ripollès (provincia de Girona) a los que entrevistamos estos días, se siente miembro de una minoría silenciada y oprimida, casi un ejército de resistencia clandestina en el vientre de la ballena independentista. Se ven a sí mismos como el último reducto de “patriotas”, por utilizar una expresión a la que recurre Xavier con frecuencia. En Ripoll, ciudad de 10.803 habitantes con 7.916 votantes censados, el voto independentista oscila entre el 60 y el 70% del total elección tras elección. El pasado 2 de febrero, vecinos de la localidad recibieron al candidato a la Generalitat de Vox, Ignacio Garriga, y la presidenta del partido, Rocío Monasterio, con cláxones, abucheos y consignas como “fuera fascistas de nuestros pueblos”. Seis días después, el propio Garriga y Ortega Smith fueron agredidos 35 kilómetros más al sur, en Vic, capital de la comarca barcelonesa de Osona y epicentro de lo que Xavier llama «la Cataluña profunda».

Vox quiso hacer campaña en Ripoll, un territorio, en principio, bastante hostil a sus planteamientos políticos, porque lo considera «cuna del yihadismo catalán» y ejemplo de «implantación del totalitarismo islámico en Cataluña», según dijo en su visita a la ciudad Rocío Monasterio. En opinión de Xavier, “no dijo nada que no sea verdad”, ya que tanto varios de los autores materiales del atentado de agosto de 2017 en las Ramblas de Barcelona como el imán que lo instigó “eran de aquí, de Ripoll”, formaban parte de la comunidad musulmana local. Él considera que durante años se les ha dejado actuar «con total impunidad» debido a la tendencia a «pactar con Dios y el diablo para conseguir sus objetivos», que él atribuye al independentismo. Llama a los musulmanes de la localidad «moros» porque, en su opinión, «es lo que son: hay que llamar a las cosas por su nombre y perder el miedo a las palabras».

El candidato de Vox a la Generalitat, Ignacio Garriga, en un mitin celebrado en el parque de la Dehesa de Girona. (EFE)
El candidato de Vox a la Generalitat, Ignacio Garriga, en un mitin celebrado en el parque de la Dehesa de Girona. (EFE)

Él se instaló en la comarca hace 15 años, para estar cerca de los hijos que tiene en común con su expareja. Antes fue taxista en Barcelona. “Ripoll ha degenerado muchísimo”, nos cuenta, “no te diré que todos los moros son mala gente, porque eso sería falso y muy injusto. Pero si alguien cree que convivir con ellos no supone ningún problema, que se quede una temporada por aquí y luego me cuente”. Xavier nos presenta a Cristian, informático barcelonés de 36 años que reside desde hace varios meses muy cerca de Ripoll. Cristian vino aquí, según nos explica, huyendo del coronavirus, para “respirar aire puro” y dejar atrás Barcelona, que considera “una ciudad podrida”. Añade en tono jocoso que se siente “un refugiado de la pandemia”.

“Este sí que entiende de política”, nos dice Xavier de su amigo y correligionario, “pero ya veréis que es bastante más radical que yo”. Lo cierto es que Cristian es de formas corteses y más bien suaves, pero el fondo de su discurso es crispado, beligerante. Y sí, radical: “Estamos en guerra por la supervivencia cultural de Occidente”, nos dice en el momento cumbre de un largo monólogo que va ganando en intensidad con cada frase, «y Vox es el único partido español que ha sabido verlo y actuar en consecuencia». Mientras Xavier no muestra la menor simpatía hacia el Frente Nacional francés y considera a Donald Trump «un payaso, un tío que no está en sus cabales”, Cristian cree en la necesidad de formar «una internacional soberanista que defienda nuestros valores con firmeza”. Trump le convence. Piensa que ha dado visibilidad a ideas antes “silenciadas por el discurso oficial progresista”. La inmigración le parece «el cáncer de nuestra época» y el nacionalismo «una estupidez y un despropósito que nos debilita y nos hace perder el tiempo». Cuando le decimos que hay quien considera a Vox precisamente eso, un partido nacionalista, nos contesta con suficiencia desdeñosa, como si fuésemos idiotas y le estuviésemos forzando a explicar lo que le parece obvio: «El nacionalismo consiste en inventarse patrias imaginarias. Defender las patrias de verdad es una cuestión de sentido común».

Cristian cree en la necesidad de formar «una internacional soberanista que defienda nuestros valores con firmeza»

Él se declara «conservador sin más, si quieres, de derechas». Asegura haber votado al Partido Popular en el pasado y considera que «aún queda ahí alguien coherente y con valores, gente como Cayetana Álvarez de Toledo«, a la que describe, recurriendo al tópico, como «un verso suelto». Pablo Casado, en cambio, le parece «un político de postal, un vulgar poltronero: el día que criticó a Vox en el Congreso, en plena pandemia, cuando de lo que se trataba era de hacer frente común contra la pésima gestión del Gobierno social-comunista, me demostró que no tiene convicciones». Tal vez lo más sorprendente en el discurso de Cristian es que reconoce que votó en el referéndum de independencia («ilegal», según recalca) del 1 de octubre de 2017: «Voté que no, por supuesto. Quise participar para que quedase clara mi postura. No sé si le hice el juego al independentismo contribuyendo a justificar su pantomima, pero me da igual». En su opinión, «no fue inteligente mandar a la policía a confiscar urnas y repartir porrazos. Hay que hacer que se respete la ley, por supuesto, pero no alimentar el victimismo nacionalista con pasos en falso».

Al día siguiente, por mediación de Cristian, hablamos también con Ramón, funcionario en excedencia de 54 años. Se declara un recién convertido a Vox: “Yo había dejado de votar hace años. Estos me han devuelto la ilusión. Aunque tampoco creáis que espero milagros. Les apoyaré mientras sigan dando caña y representando mi forma de pensar. Cuando se vuelvan un partido como los demás, me buscaré otro. O dejaré de votar». El de Ramón es un discurso muy centrado en el rechazo al independentismo, una «plaga» que dice haber padecido durante años: «Mira, yo nací en Barcelona, de padres andaluces. Mi viejo era ferroviario y lo mandaban de un lado para otro, pero he pasado en Cataluña casi toda mi vida adulta. Me sabe mal decirlo, pero no me siento catalán. No me dejan», nos cuenta pronunciando muy despacio, sílaba a sílaba, la última frase. «Es una pena, porque esta es una comarca preciosa en la que se vive muy bien. Pero la gente es como es. Digamos que me gusta la jaula, pero no los pájaros».

En su opinión, Vox es el partido de los que se sienten, como él, «extranjeros en su propia tierra». Asegura que algo parecido les ocurre en Cataluña a los madridistas: «Sí, yo soy del Real Madrid. Ahí lo tienes, facha y merengue», dice con un énfasis tirando a hostil, «¡que viva el tópico!: ya os estoy dando el titular». Ramón insiste en la “intolerancia” de aquellos a los que llama «la secta de los lazos amarillos»: «La calle es suya, si no ves pancartas de Vox en este pueblo es porque no duran ni un cuarto de hora: sus cachorros las destrozan y ellos aplauden. Y luego los intolerantes somos los demás…».

Ramón, sobre Vox: «Cuando se vuelvan un partido como los demás, me buscaré otro. O dejaré de votar»

A Ramón le «revienta», según dice, la manera en que «toda la prensa de este país» trata a Vox: «Que si son radicales por defender lo que defendía el PP de Aznar hace dos días, que si están contra las mujeres, que si son racistas…». La acusación de racismo es la que más le indigna: «¿Es que no se han dado cuenta de que el nuestro es el único candidato negro que se ha presentado a la Generalitat de Cataluña en toda la historia? ¿Por qué nadie dice eso?». Reconoce que Ignacio Garriga no le entusiasma, pero solo porque lo encuentra «soso, sin nervio». Insiste en que, para él, el color de su piel no es problema: “Al contrario, si alguien viene aquí y se comporta y se integra, por mí perfecto. El problema es que la inmensa mayoría de los inmigrantes no lo hacen”. El día anterior, Cristian y Xavier mostraron opiniones parecidas. Para el primero, “es un golpe de efecto genial que Vox haya presentado a un candidato de origen guineano: aquí cabe todo el mundo y no se discrimina nadie. Pero, ojo, si emigras, eres tú el que debe adaptarse a tu sociedad de acogida, no al revés”. Para Xavier, «¿qué más da si es blanco, negro o chino? Da la cara por nuestras ideas, así que a muerte con él. Es el primero en decir que no a la inmigración ilegal, que más que inmigración es una invasión».

Núria, abogada de 44 años que lleva 13 meses en paro, accede a contestar «unas cuantas preguntas» a través de Zoom. Su pareja, Jordi, también residente en Ripoll y simpatizante de Vox, tarda unos minutos en incorporarse a la conversación. Mientras le esperamos, Núria nos cuenta que votar a Vox va a ser para ella “un experimento”. De todos nuestros interlocutores de estos días, ella es la única mujer y la única que se expresa en un catalán fluido y con acento de la comarca: “Me he criado aquí”, nos cuenta, «pero también he vivido fuera y eso ha hecho que no comparta la manera de pensar de mi entorno». El independentismo le parece la ideología de los que quieren “encerrarse en una habitación pequeña, de espaldas al mundo”. Va a votar a Vox “convencida”, pero insiste en que hay «una serie de detalles» del partido que en absoluto comparte. Por ejemplo, «su actitud hacia las mujeres: no sé que les cuesta ser más firmes en su condena a la violencia de género». La lista de discrepancias es larga. Núria tampoco ve muy claro que insistan tanto en que sigan en prisión los políticos independentistas, porque eso “los convierte en mártires». Ni siquiera está de acuerdo en su rechazo frontal a la inmigración, que considera que “tendrían que matizar más o explicar mejor, porque una cosa es pedir un control firme de fronteras y otra caer en el racismo».

Dado lo poco cómoda que parece sentirse Núria con su nuevo partido de cabecera, acabamos por preguntarle en qué sí está de acuerdo con ellos. «Hay que endurecer el código penal», nos responde, «sobre todo los castigos por crímenes de violencia sexual o contra menores«. ¿Pena de muerte? «Tal vez», nos dice, «aunque eso es algo que habría que estudiar con mucho cuidado». Jordi, 37 años, también abogado, se une por fin a la conversación. Para él, Vox es «un rayo de esperanza». ¿Cuánta gente cree que les votará en Ripoll el próximo domingo? «No sé. ¿100? ¿500? Me da igual, si acaban siendo solo 25, para mí serán 25 héroes”. Admite, un poco al hilo de las reflexiones de Núria, que el partido puede resultar «demasiado radical» en algunas cuestiones. Pero matiza que algo de radicalidad “es imprescindible cuando se trata de que las cosas cambien de una vez por todas, porque así no podemos seguir», Para él, Vox es «un voto de protesta», la opción de «los que no se conforman».

El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante una rueda de prensa en Barcelona. (EFE)
El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante una rueda de prensa en Barcelona. (EFE)

Como Ramón, como Cristian, Jordi piensa que se trata de, en primer lugar, recuperar la calle: “Cuando los candidatos de un partido español de derechas, como Vox, puedan hacer campaña libremente en Vic y Ripoll sin que les tiren piedras ni huevos, este será un país normal. A partir de ahí, hablamos”. Jordi también expresa su desconfianza hacia la prensa: «¿Os hemos parecido unos fanáticos? Yo creo que no lo somos. A ver qué imagen dais de nosotros». Hacia el final de la conversación, Núria deja caer que su hija de 20 años, nacida de un matrimonio anterior, está estudiando en Barcelona y ha decidido votar también a Vox: “No es por influencia mía, muy rara vez hablamos de política. Ella era una independentista superficial, como casi todo el mundo de su edad en el pueblo, pero vivir en la gran ciudad y ver cómo es Cataluña en realidad le ha abierto los ojos».

Núria dice que el domingo piensa llevar la papeleta desde casa. Por el riesgo de contagio, pero también porque le da un cierto reparo que sus vecinos vean que vota a Vox: «No pasaría nada, pero tampoco quiero que me juzguen o verme obligada a dar explicaciones». Jordi es menos reticente a la hora de expresar sus simpatías políticas en público: “Intento elegir bien las palabras, pero sí, digo lo que pienso. La gente de aquí, en general, me escucha, pero no sé si me respeta. Alguno ya me ha dicho: «¡Cómo puedes votar a esa gentuza, no me lo esperaba de ti!». Son los menos, pero tanta intolerancia duele”. Ramón dice que se pondrá su camiseta del Real Madrid e irá a votar «con la cabeza bien alta». No piensa decir a sus vecinos a quién va a dar su voto, pero está seguro de que «ellos ya se lo imaginan».

¿Habrá "sorpasso" de VOX al Partido Popular en las elecciones catalanas?

Fuente: Miquel Echarri Torres – El Confidencial

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