Mutilación genital femenina: la herida en Europa

En 2020, se estimó que alrededor de 160.000 mujeres con residencia en Europa habían sido víctimas de la MGF. Sólo en Alemania 68.000, un 44% más que en 2017.

«Mi herida existía antes que yo (…)». Bousquet

«El dolor. Solo fui consciente del dolor y del miedo. No sabía que me estaban extirpando el clítoris; ni siquiera sabía qué era el clítoris», recuerda Fariha, educadora social alemana de origen somalí. «Tenía siete años y vivía en Somalia. Mi madre dijo que la herida me purificaría, que a partir de ese momento estaba limpia. Tendida entre trapos empapados de orina y sangre, la última sensación que tuve fue la de limpieza».

Fariha llegó a Alemania desde Somalia hace poco más de dos décadas. Por entonces en Europa el término «Mutilación Genital Femenina» (MGF) no era conocido. Esta práctica, que varía según el país o la cultura de origen, consiste en la extirpación total o parcial de los genitales externos femeninos por motivos no médicos. El tipo más agresivo, típico de la cultura somalí, conlleva la resección total del clítoris y el sellado de labios menores y mayores (infibulación), dejando tan solo un pequeño orificio para que salga la orina y la sangre de la menstruación. «La infibulación imposibilita la penetración, por lo tanto la noche de bodas un practicante debe realizar un corte para que el coito sea posible», señala Fariha.

En 2020, se estimó que alrededor de 160.000 mujeres, con residencia en Europa, habían sido víctimas de la MGF. Sólo en Alemania el número ha alcanzado la escalofriante cifra de 68.000, un 44% más que en 2017, debido al aumento de inmigración procedente de países en los que esta práctica sigue siendo común.

Fariha vivió su adolescencia en una década en la que internet, con su democratización de la información, no formaba parte del día a día. En su comunidad nadie hablaba de sexo. «El corte» era herencia, no se le daba mayor importancia. Fariha creció sin clítoris, con los labios menores y mayores sellados; jamás cuestionándose si su sexo era como el del resto de las mujeres.

Desconocía que la infibulación no era algo que le sucedía a todas las mujeres. Vi el pánico en los ojos de mi pareja

”La primera vez que escuché el término de ‘Mutilación Genital Femenina’ fue a los diechiocho años. Estaba tendida en la camilla de una consulta ginecológica, temblando, después de que mi novio me tocase por primera vez”, relata Fariha. «Desconocía mi cuerpo. Desconocía que la infibulación no era algo que le sucedía a todas las mujeres, y desconocía cómo afectaría a mi vida sexual. Vi el pánico en los ojos de mi pareja. Fue terrible.”

En Alemania, la ministra de Asuntos Familiares, Franziska Giffey, declaró en 2020 que la MGF se trata de una seria violación de los derechos humanos y un crimen arcaico. La legislación, no obstante, falla en proteger a las mujeres vulnerables. ”Los discursos que criminalizan la MGF son echados por tierra por algunos líderes de la comunidad, los consideran como intentos de despreciar nuestra identidad”, explica Fariha, que desde 2018 ayuda activamente en organizaciones que luchan contra la MGF.

La mutilación tiene consecuencias nefastas y permanentes en la salud tanto física como psicológica. «Sin embargo muchas mujeres no aceptan que la ablación es la causa de los síntomas médicos que experimentan de por vida», añade Fariha. «Muchas niñas mueren por complicaciones de la intervención, las hemorragias e infecciones son frecuentes».

Intimidad, culpa, vergüenza y placer

Lo primero que se hiere es la confianza: mamá, las tías, las hermanas, aquellas mujeres que han sido hogar y refugio son las que ahora te inmovilizan. Son las que permiten que una cuchilla mutile tu cuerpo. De pronto la violencia irrumpe en el terreno de lo doméstico. La ceremonia del daño por el bien de la comunidad, de una identidad, del honor, del “qué dirán”.

Después viene la culpa. Cómo cuestionar a la propia familia. Cómo cuestionar el peso de la sangre. «Recuerdo yacer llorando de dolor, sin poder hacer pis», cuenta Rania, estudiante alemana de origen egipcio.

”Recuerdo a mi madre diciéndome que no podían llevarme al médico, que o hacía pis o me moría. Pensaba que mi madre había dejado de quererme. No fue hasta la mayoría de edad cuando comprendí las implicaciones legales que habría supuesto el llevarme al hospital». «No hay evidencia de que la mutilación genital femenina haya ocurrido en suelo alemán», reconoce Charlotte Weil, especialista y consultora de MGF en Alemania. «Asumimos que la mayoría de las mutilaciones tienen lugar en los países de origen durante las vacaciones de verano».

”Recuerdo a mi madre diciéndome que no podían llevarme al médico, que o hacía pis o me moría»

La evidencia permanece escondida entre las faldas de la lealtad hacia la comunidad: Rania describe su mutilación en un piso de las afueras de Frankfurt (Alemania), con la esperanza de crear concienciación. «No importan los gritos; los vecinos suelen pertenecer a la misma familia, o al menos a la misma cultura. Denunciar supone ir en contra de quien eres, de tu madre, de tu abuela, de tu país e incluso de tu dios», reconoce.

Rania sangró sobre el parquet de un piso alquilado.

No apartéis la mirada.

Una cuchilla diminuta fragmentó su cuerpo.

Una cuchilla hirió transversalmente su vida entera.

Quisieron acabar con el deseo, que es amenaza.

Una gasa de algodón, impregnada en yodo y aceites, se tornó sudario de su sexualidad

Y partir de ese instante la identidad de una niña crece en torno a la cicatriz.

«Mi madre cuenta que en Egipto solían ir al Nilo a hacer las curas», relata Rania. «Yo recuerdo el agua de la bañera volviéndose roja, recuerdo que me limpiaron con mi propia orina y que aplicaron especias, sal y barro sobre la herida. Recuerdo la luz artificial. Recuerdo manchar los azulejos. Recuerdo a mi madre decir: ‘No grites, que molestas'».

La ministra de Asuntos de Familia Franziska Giffey junto a Gwladys Awo, una activista contra la mutilación genital femenina, este febrero en Alemania (EFE)
La ministra de Asuntos de Familia Franziska Giffey junto a Gwladys Awo, una activista contra la mutilación genital femenina, este febrero en Alemania (EFE)

La vergüenza viene años después: Cómo tener sexo. Cómo aliviar el daño. El miedo. No me toques. No me mires. Cómo aprender que no ha de doler. Cómo ayudar a una persona ajena a tu cultura a reaprender el placer contigo. Cómo reinventar el deseo cuando lo natural es demonizar la sexualidad femenina.

A pesar de ser una práctica de origen patriarcal, cuyo objetivo es el de controlar el deseo y la sexualidad de la mujer, la MGF sobrevive mediante la proyección de las madres a las hijas.

Sé obediente. Sé buena.

Los hombres han comenzado también a pronunciarse contra la ablación. «Me casé con mi mujer cuando teníamos veinte años. Los dos pertenecemos al mismo clan dentro de la sociedad somalí», relata Abdi, residente de cirugía en Baden-Wurtemberg. «Ambos crecimos en Alemania. Yo había tenido relaciones sexuales con mujeres occidentales, sabía qué esperar del sexo, pero mi mujer era virgen. La noche de bodas la vi llorar de miedo y de dolor, mientras le abrían la cicatriz para que pudiéramos tener sexo. Cómo puede perpetuarse semejante barbaridad. Poco después supe que mi mujer, en caso de concebir a una niña, la circuncidaría porque quería cumplir con sus deberes culturales y religiosos. Dijo que el clítoris no tenía ninguna función fisiológica significativa. Cómo puede ser».

El placer es suficiente.

El clítoris sirve al placer sexual.

Y el derecho al placer debería ser sagrado en toda cultura.

Entender para prevenir la herida

El cuerpo no puede ser profanado por ningún concepto ideológico o moral.

No es religión. Nunca es religión. Si bien es cierto que hay una tendencia a asumir que la MGF tiene que ver directamente con el Islam, esta religión prioriza como deber sagrado la satisfación sexual femenina. La MGF está presente también en comunidades cristianas ortodoxas y animistas, especialmente en Sudán, Kenia, Etiopía y Egipto. Se trata de una tradición cultural. Pero religión y cultura se entremezclan de forma fluida, cadenciosa, dejando poco margen a la disección limpia.

La MGF, en ocasiones, sirve para reafirmar la identidad cultural dentro de los estados seculares en los que es fácil perder el sentimiento de arraigo, en los que la integración no es siempre fácil. La vida se torna áspera cuando uno se pierde en bullicios desconocidos, cuando uno no distingue los acentos o las marcas de los alimentos en las estanterías del supermercado. Entonces todo lo que resuene a la patria perdida es hogar.

Hay quien trata de edificar razones sagradas, incuestionables e inamovibles. La cultura es fluida, dios no. En el momento en el que se actúa en nombre de la religión, la crítica se vuelve pecado. Desaparece el culpable como individuo. La religión sirve a la ideología. La obediencia es cómplice.

”Si una mujer que no ha recibido educación escucha a un líder religioso justificar la MGF, jamás pondrá en juicio su palabra”, explica Fariha.

Por eso es prioritario que la legislación cuente con el apoyo de líderes locales para llegar a ser efectiva. Cultura y religión necesitan de una nueva conciencia sexual.

Una cultura que no evoluciona está muerta. Hay que aprender a encarnarla también desde el sexo.

Acciones trasformadoras

Terre des Femmes (Tierra de Mujeres, en francés), es una organización que lucha activamente desde Alemania para acabar con la Mutilación Genital Femenina reivindicando la importancia de la educación sexual y el acompañamiento a las víctimas.

«Terre des Femmes aboga por la obligatoriedad de los controles de salud rutinarios en el pediatra y ha presentado una petición para llevarlo a cabo», explica Charlotte Weil, especialista y consultora de MGF. «El objetivo es garantizar que toda práctica que ponga en riesgo el desarrollo físico, mental, emocional y social se identifique en una etapa temprana y se actúe en consecuencia. También pueden ayudar a identificar o prevenir casos de peligro sobre el bienestar de los niños, como el abandono, la violencia sexual y la MGF».

En España, Asha Ismail, fundadora de la ONG española “Save a Girl Save a Generation” lleva años curando con palabras. Difundiendo, creando, arrojando luz para acabar con la mutilación.

Un hombre posa con un cartel con el mensaje 'La mutilación genital femenina (FGM por sus siglas en inglés) es también asunto mío' mientras participa en una manifestación celebrada ante la Puerta de Brandemburgo. EFE
Un hombre posa con un cartel con el mensaje ‘La mutilación genital femenina (FGM por sus siglas en inglés) es también asunto mío’ mientras participa en una manifestación celebrada ante la Puerta de Brandemburgo. EFE

Ambas organizaciones hacen hincapié en la importancia del relato, atacando las causas de la violencia sobre las mujeres y centrándose en la necesidad de empatizar, de comprender, de escuchar activamente. La MGF sigue existiendo porque se rodea de silencio, sólo puede identificarse a través de la grieta, logrando que alguien hable, que alguien se atreva a denunciar: «Quieren mutilar a mi hija». «Van a mutilar a mi hermana». «Me han mutilado».

Otro de los objetivos prioritarios es el de formar al personal sanitario. «De hecho, es un problema importante que los médicos no estén capacitados en el tema de la MGF y, por lo tanto, a menudo existe mucha incertidumbre al tratar con mujeres afectadas o niñas potencialmente en peligro.», explica Charlotte Weil. «El objetivo a largo plazo es abandonar la práctica. Como parte de nuestro nuevo proyecto ‘CHAIN – Vinculando la prevención de la mutilación genital femenina y el matrimonio precoz / forzado en Europa‘ financiado por la Unión Europea, estamos tratando de concienciar sobre la MGF tanto en las comunidades de origen, como entre los profesionales clave de los sectores social, educativo y sanitario que tratan con las víctimas».

Solo a través de la educación se pueden llegar a superar algunos aspectos de las tradiciones que se han quedado enquistados. Concebir nuevos rituales para honrar la cultura sin mutilar el cuerpo. Desterrar la violencia inherente. Entender que la sexualidad de la mujer ha de dejar de ser objeto de discusión, ha de dejar de ser parte de la política o la religión. Que las antiguas verdades, si violan los derechos humanos, se tornen inaplicables, se aniquilen.

Y que el placer se nombre limpio y tierno. No desde la vergüenza.

No desde la censura.

El horror siempre fue la herida, nunca el orgasmo.

Fuente: María Ferreira – El Confidencial 

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