¿Y ahora, quién hablará mal de Vox?

¿Qué va a pasar con los cordones sanitarios y las campañas de demolición? ¿Quién afeará a Ayuso o a Moreno la muleta ultra en sus gobiernos de Madrid y Andalucía?

Este episodio de Salvados no se lo esperaba ni el Jordi Evole más bienintencionado. Ni el analista político mas fino y engolado. Todas las claves de tertulia saltaron por los aires. La cara misma de Carmen Calvo era un poema a las puertas del Congreso. O estaba sacando partido de sus dotes de  actriz –que lo es y de las buenas- o su estupefacción era real. ¿Vox salvando al Gobierno? ¿Santiago Abascal acudiendo al rescate del socialcomunismo? ¿Pedro Sánchez evitando una delicada derrota gracias a la abstención de una “ultraderecha” devenida mágicamente en “responsable”? Tal cual. La vicepresidenta salió del paso como buenamente pudo y se limitó a proferir una balbuceante actualización del viejo dicho: “De bien nacido es ser agradecido”.

El ‘no’ de Esquerra, que estamos en campaña y no se debe racanear gestos espasmódicos; el portazo concluyente del Partido Popular, y los recelos de Ciudadanos, liberado in extremis del trago de tener que votar sí, había llevado al Gobierno de coalición contra las cuerdas, al filo de perder una votación capital para lo que resta de legislatura. El reparto del maná europeo, la lluvia de pasta para todos, el banderín que permitirá al dúo Sánchez e Iglesias sacar la chequera y ponerse siempre en el lado bueno de las cosas, que propagandistas no faltan. Todo un proyecto político en peligro hasta que saltó la bomba. La ultraderechita extendía su mano amiga, la misma que tantas veces le han escupido. Un verdadero terremoto. Ni en Granada, oiga.

Que nadie olvide que Vox defendió este decreto como la “mayor red clientelar” de la maltrecha historia de este país

Hay muchas lecturas y más en este país donde tenemos más exégetas que vacunas. Pero el primer impacto es de seria perplejidad. Que nadie olvide que Vox defendió este decreto como la “mayor red clientelar” de la maltrecha historia de este país. Uno daría un dólar por saber los pensamientos de Pablo Casado, si quizás plasmó su frustración con un puñetazo en la mesa o ensayó sólo media sonrisa irónica desde su atalaya genovesa. Y elevaría la apuesta por conocer lo que se cocinaba en el laboratorio del robótico Sánchez. Qué tramaría su gélida materia gris al saberse salvado por la campana facha de un problema formidable. Quizás un tímido y contradictorio: “Os odio, pero adoro vuestros votos”.

Habrá respirado el presidente del gobierno. Otro día más en la oficina. De peores hemos salido, miren los Presupuestos. Hemos ganado otra vez. Vox es ahora un amigo puntual que aparte del puñetazo en las narices de Casado aprovecha para blanquearse. ¿Qué va a pasar con los cordones sanitarios y las campañas de demolición? ¿Quién seguirá diciendo ‘ultraderecha’ con sobredosis de mala leche? ¿Quién podrá afear a Ayuso o a Juanma Moreno la muleta ultra en sus gobiernos de Madrid y Andalucía? En definitiva, ¿ahora quien hablará mal de Vox? Desde hoy, el Gobierno de coalición deberá variar sus excusas para tensionar al electorado como es de su gusto y parte esencial de su proyecto político.

La política española es una farsa demente. Una comedia de enredo con pésimo gusto. No hay certezas. Nada a lo que agarrarse. Desconfíe de las altas palabras, de los tonos solemnes, porque los grandes principios acabarán traicionados. Sin excepción. Qué inmensa invitación al nihilismo. Y a creer, como algunos siempre sospechamos, que el Gobierno que ellos llaman “socialcomunista” y la derecha que los otros llaman “ultra” en realidad siempre tuvieron la misma agenda política. Los extremos, ya se sabe.

Y a todo esto: ¿qué pensarán los votantes de Vox?

Fuente: Antonio Sanchidrián – VozPópuli

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