Oclocracia.com

Así, empezó a romperse la idea de que la Web -o al menos en estas expresiones- era un espacio de verdadera libertad, exento de censura o coacción.

Merece un hiato -en medio de procesos electorales varios en la región y el flagelo de la pandemia- lo sucedido la semana pasada con las compañías Big Tech en los Estados Unidos y el impacto que la conducta de éstas podría tener en el futuro.

Internet fue, en sus primeros años -décadas, incluso- un espacio en donde el libre mercado (y en especial el de las ideas) funcionaba casi como en un libro de texto. La oferta y la demanda se encontraban en preferencias de cada internauta y éste decidía a qué contenido le dedicaba su tiempo. Las redes sociales fueron, como bien lo explica The Social Dilemma, documental de Netflix imprescindible para estos días, una luminosa novedad que permitió el reencuentro de millones de personas y el crecimiento de grupos con ideas semejantes. Fue un lugar en donde el debate y la polémica permearon, por supuesto, como lo hacen en cualquier espacio de interacción social. Eso cambió.

Como el documental que líneas arriba menciono explica, en la voz de antiguos altos mandos de las compañías de Big Tech, la búsqueda -justa, por cierto- de monetizar las audiencias que las distintas redes sociales iban convocando llevó al sistema a operar bajo una premisa ciertamente orwelliana: cuando uno no está pagando por un producto, es que el producto es uno mismo.

Así, todas las interacciones de quienes participamos de las redes sociales se convirtieron en un valiosísimo producto que recopilado y analizado con algoritmos no solo empezó a permitir que se nos ofrezca lo que queremos, sino que -yendo más allá- se nos condicione a querer cosas o a tomar posiciones que no necesariamente emanan espontáneamente. Hasta aquí, no puede hacerse más que una advertencia: es evidente que cada quien es libre de matricularse en la red social que prefiera y ceder sus datos a cambio de los beneficios ofrecidos.

La cuestión alcanzó una nueva dimensión cuando Twitter y Facebook, por ejemplo, empezaron a advertirle a sus usuarios qué contenido no era cierto. Fue allí cuando muchos alzaron una ceja: es un espacio privado -eso queda fuera de discusión- pero ¿qué tribunal de sabios es el que determina qué contenido es cierto y cuál no? Justamente, el concepto del libre mercado de las ideas a la que hice alusión al comienzo es que las ideas sean puestas a debate y compitan las unas con las otras para ver cuáles logran seducir a la mayor cantidad de personas por la solvencia de sus premisas y la lógica de sus argumentos.

Así, empezó a romperse la idea de que la Web -o al menos en estas expresiones- era un espacio de verdadera libertad, exento de censura o coacción. La cuestión, sin embargo, no dejó de escalar hasta que la semana pasada llegó a su punto de ebullición: Twitter clausuró la cuenta del aún presidente de los Estados Unidos.

Si Twitter hizo bien o no en clausurar la cuenta del señor Trump es una discusión larga y que debe ser abordada desde diferentes ópticas. Optaré, esta vez, por centrarme en una de las consecuencias que lo hecho por Twitter trajo: muchos sintieron -bien o mal- la presencia de un “Gran Hermano” en este supuesto espacio libre y migraron a otro espacio: Parler.

Las Big Tech y la Oclocracia
Oclocracia, big tech

Una red social con funciones bastante similares a las de Twitter pero que se presentó al mercado como una oferta sin censuras ni advertencias colocadas por “altos tribunales” (integrados por nadie sabe quién). Así muchos, me incluyo, abrimos cuentas en Parler -yo mantuve la mía en Twitter, pero me pareció interesante investigar este nuevo espacio-.

El hecho es que mi cuenta duró dos días activa. Primero Google Play -el sistema de acceso a plataformas de este tipo de todos los teléfonos celulares que funcionan con Android- la retiró de su oferta. Al día siguiente sucedió lo mismo con AppStore (el sistema de IOS y los iPhone). Luego Amazon, empresa proveedora de servidores, mutiló su conexión. Parler había muerto en tres días.

Todas las decisiones tomadas se han dado dentro del espectro privado de las compañías; sin embargo, creo que esta sucesión de hechos ha dejado meridianamente claro un panorama que es ya innegable: los dueños de las Big Tech han perdido esa máscara hippie que Silicon Valley ofrece.

Hoy, son empresarios rapaces y mercantilistas dispuestos a abusar de posiciones de dominio para evitar competencia. Hoy, están en las antípodas de donde pretenden ser entendidos: como paladines de la libertad de expresión y del mercado libre. Lo segundo, y ciertamente más grave, es que algunos consideran que los Estados deben poder regular los contenidos que se expresan en las redes sociales. Eso ya no sería solo mercantilismo comercial, sino capitalismo de amigotes con prebendas directas del poder.

La discusión está lejos de terminar, pero por lo pronto queda claro que hoy la web la conduce la turba. Lo que alguna vez fue un ágora de libertad es una oclocracia.com, tristemente.

Fuente: Mijael Garrido Lecca – El American