Hipocresía e inmoralidad de Facebook y Twitter

Twitter expresó que Trump había violado las reglas de la compañía con respecto a su uso, “incluyendo las políticas de integridad cívica y amenazas violentas”

Causó conmoción en el mundo la decisión de los directivos de Facebook y Twitter de suspender indefinidamente las cuentas en esas redes sociales del presidente de Estados Unidos Donald Trump.

Para justificar esa medida, en un comunicado Twitter expresó que Trump había violado las reglas de la compañía con respecto a su uso, “incluyendo las políticas de integridad cívica y amenazas violentas”. Adelantó que si el presidente saliente persiste en esa conducta, se le suspenderá su cuenta en forma permanente.

Por su parte Mark Zuckerberg —fundador y CEO de Facebook Inc.— aseveró que no permitirán que Trump utilice esa red social en el tiempo que resta de su mandato porque “creemos que los riesgos de permitir que el presidente continúe utilizando nuestro servicio durante este período son simplemente demasiado grandes. Por lo tanto, estamos extendiendo el bloqueo de sus cuentas de Facebook e Instagram de manera indefinida y al menos durante las próximas dos semanas hasta que se complete la transición pacífica del poder”.

Zuckerberg agregó que tras la certificación de los resultados electorales por el Congreso, dando como vencedor y próximo presidente al demócrata Joe Biden, la prioridad nacional “debe ser ahora asegurar que los 13 días restantes y los días posteriores a la toma de posesión transcurran pacíficamente y de acuerdo con las normas democráticas establecidas”.

Estas decisiones empresariales han provocado intenso debate.

Los principales argumentos expuestos en contra de las medidas de Facebook y Twitter se basan en la libertad de expresión y de opinión. O sea, que no se debe silenciar ninguna voz por más que resulte molesta o políticamente incorrecta. Incluso, citan al adagio de Voltaire: “No estoy para nada de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”. Agregan, que en todo caso debe ser un juez el que debe decidir que es necesario castigar a alguien porque sus dichos constituyen un delito, que por cierto, debe estar claramente establecido en el Código Penal de ese país.

Sin embargo, esta argumentación adolece de un defecto: el derecho de expresión y opinión están establecidos para proteger al ciudadano de los gobernantes. En consecuencia, no aplica a las empresas privadas. Es como el derecho de admisión: cualquier firma comercial está facultada a establecer las reglas internas que considere adecuadas para cumplir con sus objetivos, de acuerdo con su misión, visión y valores. Nadie está obligado a utilizar sus servicios; si no está de acuerdo con ellos, entonces que no los utilice o migre a otra compañía.

Telegram y Signal: las alternativas a WhatsApp que crecen con oferta de mayor privacidad

Por ejemplo, un efecto comercial que ha tenido las decisiones de Facebook y Twitter con respecto a Trump, ha sido que un elevado porcentaje de usuarios han abandonado esas redes sociales. La consecuencia para Twitter ha sido que sus acciones han caído 12 % y que Telegram (rival de Whatsapp, propiedad de Facebook) haya captado en poco tiempo a más de 25 millones de suscriptores.

Por otra parte, los que defienden las medidas de Facebook y Twitter argumentan que hay que parar a “locos” como Trump, debido a que son un peligro para la democracia y la convivencia pacífica.

Este argumento es el que nos interesa analizar detenidamente, con el objeto de sacar a relucir la hipocresía e inmoralidad de Facebook y Twitter y otras redes sociales afines.

Los directivos de Facebook y Twitter se “rasgan las vestiduras” —cual fariseos— clamando que ellos defienden a la democracia y la convivencia pacífica. En rigor, es todo lo contrario. En gran medida, ellos son los responsables indirectos de lo sucedido en el Capitolio en Washington y en consecuencia, es cínico que ahora pongan cara de “yo no fui”.

Lo concreto es que llevados por su voracidad comercial —sin atenerse a límites éticos de ningún tipo— la “toxicidad” de las redes sociales que ellos dirigen no son un efecto indeseado sino por el contrario buscado expresamente, tal como confiesan exdirectivos arrepentidos de algunas de las redes sociales más populares. Por ejemplo, comentando The Social Dilemma —un híbrido entre documental y ficción que Netflix estrenó en 2020— Mark Kennedy expresó en ABC News que esa película “abre los ojos sobre la manera en que los medios de comunicación social están diseñados para crear adicción y manipular nuestro comportamiento, confesado por algunas de las personas que supervisaron los sistemas en sitios como Facebook, Google y Twitter».

Por su parte Devika Girish, en su reseña para el New York Times, expone que dicho film le da voz a «desertores concientizados de compañías como Facebook, Twitter e Instagram (quienes) explican que lo pernicioso de las redes sociales es una característica, no un error».

Entre los que han reaccionado están Tristan Harris y Jaron Lanier.

Harris es un exejecutivo de Google quien se convirtió en uno de los críticos más acérrimos de los directivos de las redes sociales porque conoce a esas compañías desde adentro. Afirma que son diseñadas con fines inmorales porque su objetivo es crear adicción y de ese modo vender más publicidad. Harris no se conformó con abandonar Google sino que es uno de los cofundadores del Center for Humane Technology, que tiene por meta cambiar el sistema con el fin de tornarlo más humano y ético.

Por su parte Lanier —pionero de la informática en Atari— es el autor de Diez argumentos para eliminar ya mismo sus cuentas de redes sociales.

Harris y Lanier exponen que los algoritmos están diseñados exprofeso de modo tal que incrementan la fricción social porque aglutina a la gente que piensa parecido, eliminado otras miradas sobre la realidad, lo cual provoca que las personas se vayan radicalizando. Lo hacen porque han descubierto que así permanecen más tiempo en las redes sociales, lo que para las compañías redunda en mayores ingresos publicitarios. Harris y Lanier alertan que esa dinámica puede conducir incluso a la guerra civil.

Lanier en Contra el rebaño digital expone que las plataformas tal como están concebidas, les otorgan a las grandes empresas dueñas de las redes sociales la capacidad de modificar paulatinamente nuestros comportamientos y creencias. Explica lo que las redes sociales provocan en la arena política: «no hacia la izquierda o la derecha, sino hacia abajo», o sea, la degradación.

Lanier realiza una serie de cuestionamientos muy oportunos: “Si tu consumo de contenido se adapta a observaciones casi ilimitadas cosechadas sobre personas como tú, ¿cómo podría tu universo no colapsar en la representación parcial de la realidad que la gente como tú también disfruta? ¿Cómo podría prosperar la empatía y el respeto por la diferencia en este entorno? ¿Dónde está el incentivo para acabar con cuentas falsas, noticias falsas, ejércitos de trolls pagados, bots dispépticos?”.

Es decir, todas situaciones provocadas intencionalmente para ganar dinero, pero de modo inescrupuloso, dado que les importa un pepino las nefastas consecuencias que acarrean sobre la democracia. Lo sucedido en el Capitolio el 6 de enero es una muestra de ello. Trump —al igual que todos los otros usuarios de las redes sociales— ha sido un “producto” usufructuado por los directivos para acrecentar las fortunas de los accionistas de esas empresas. Si esas compañías no hubieran estado desde hace años diseñando los algoritmos bajo los principios que lo hacen, es decir, fomentar la polarización de la sociedad, posiblemente otro hubiera sido el cantar.

Sea como sea, si Trump es culpable por los efectos de sus dichos en las redes sociales, si es un peligro para “las normas democráticas establecidas” y “la integridad cívica”, entonces, mucho más lo son los directivos de Facebook y Twitter porque han creado las condiciones para que se diera esa situación.

En conclusión, mucha hipocresía e inmoralidad.

Fuente: Hana Fischer – PanAm Post

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