La «insurrección» de 1877 en el Capitolio

Hace siglo y medio hubo que desplegar al Ejército en Washington para garantizar la investidura del nuevo presidente.

La República Bananera de los Estados Unidos es lo único capaz de competir con el virus en los medios informativos. La “insurrección” de los asaltantes del Congreso, como la llaman los medios norteamericanos, nos hizo olvidar la pandemia durante el Día de Reyes. Jamás había ocurrido semejante ataque a la democracia en el país que la inventó.

Pero nunca se puede decir “jamás” hablando de Historia. En 1877 hubo que desplegar al Ejército en Washington para garantizar la investidura de Rutherford Hayes, que ya había sido atacado a tiros en su casa por los partidarios de su oponente.

Rutherford Hayes era republicano, pero en los tiempos de la Guerra Civil americana el Partido Republicano, el de Abraham Lincoln, representaba la modernidad y el progreso, mientras que el Partido Demócrata era el reaccionario, pues había defendido la esclavitud y la Secesión de los estados del Sur. Es decir, al revés de ahora.

Aunque no todos los demócratas eran unos reaccionarios. En 1876 compitió por la presidencia con la etiqueta demócrata Samuel Tilden, gobernador de Nueva York, un yanqui del Norte antiesclavista, que en la Guerra de Secesión se había puesto al lado de Lincoln. Tilden era por tanto un candidato aceptable para todo el país, y un soplo de aire fresco tras la presidencia de Ulises Grant, el general del Norte que había ganado la guerra, excelente militar pero una nulidad política. Durante su mandato muchos políticos republicanos cayeron en la más grosera corrupción y el país estaba harto. Tilden parecía el favorito.

En el Sur, en los estados esclavistas y rebeldes que habían provocado la guerra al separarse de la Unión, no importaba ninguna de las cualidades de Tilden. Para los blancos racistas del Sur el Partido Republicano era el partido de Lincoln, la encarnación del mal, y por tanto votarían al candidato demócrata aunque fuese el demonio. Para ellos aquellas elecciones eran la continuación de la Guerra Civil, la oportunidad de la revancha, y fueron a la campaña electoral como quien va a la guerra.

La violencia de los camisas rojas

El Partido Republicano victorioso en la Guerra Civil les había dado los derechos políticos a los antiguos esclavos, y en algunas partes del Sur el número de votantes negros superaba al de los blancos. Naturalmente los negros votaban republicano, y para impedirlo los demócratas del Sur diseñaron el “Plan de Mississippi”. Además del Ku-Klux-Klan se movilizaron grupos paramilitares violentos como los Camisas Rojas o la Liga Blanca, autodefinidos como “el ala militar del Partido Demócrata”, que asaltaban los mitines republicanos, agredían a los simpatizantes republicanos blancos o negros y, en definitiva, lograron impedir que votasen los antiguos esclavos.

Esa violencia iba acompañada de fraude electoral puro y duro. Con todo descaro en Carolina del Sur votó “el 101 por 100 del censo electoral”, y eso que no habían permitido que se acercase a las urnas la mayoría negra. Naturalmente en todo el Sur triunfó el candidato demócrata, pero la trampa fue tan flagrante en tres estados, Florida, Luisiana y Carolina del Sur, que las respectivas comisiones electorales no aceptaron los resultados, y declararon vencedor al republicano. Nadie daba su brazo a torcer, y para constituir el Colegio Electoral que reúne  todos los compromisarios, esos tres estados enviaron dos representaciones, una por cada candidato.

Por si los del Sur no habían montado bastante confusión, un estado del lejano Oeste, Oregón, en la costa del Pacífico, se sumó al caos por culpa de su gobernador. Allí las elecciones se habían desarrollado normalmente y la victoria fue republicana. Oregón, con muy poca población, solamente enviaba al Colegio Electoral tres compromisarios, republicanos según el resultado electoral. Pero el gobernador de Oregón, que era demócrata, inhabilitó a uno de ellos porque era cartero, argumentando que cobraba del gobierno republicano, y nombró en su puesto a un demócrata. De modo que también se presentaron en Washington dos equipos rivales de compromisarios, los tres republicanos elegidos por las urnas, y el demócrata designado por el gobernador.

En total los compromisarios de los cuatro estados citados sumaban 20 votos. Si se sumaban a los 165 que tenía el candidato republicano Rutherford, alcanzaba 185, una mayoría de uno sobre los 184 del demócrata Tilden, que además había conseguido más votos populares.

El atentado en casa de Rutheford

Rutherford sufrió un atentado, los Camisas Rojas atacaron a tiros su casa, y los demócratas amenazaban con que no permitirían su investidura. El presidente saliente Ulises Grant, reviviendo su pasado de militar, ordenó el despliegue del ejército en Washington y alrededores para garantizar la investidura de Rutherford.

Al borde del estallido de una nueva guerra civil, se impuso la necesidad de negociar. El Partido Demócrata aceptó que la presidencia fuese para el Republicano, pero sólo a cambio de que el gobierno federal retirase al ejército que ocupaba el Sur desde su derrota, y que renunciase a la llamada “política de Reconstrucción” de Abraham Lincoln, que le había dado el derecho de voto a los negros del Sur.

El precio de la estabilidad lo pagó por tanto la gente de color, que no recuperaría en el Sur el derecho efectivo a votar hasta la lucha por los Derechos Civiles de los años 60 del siglo XX. Como decía un historiador norteamericano, “la catástrofe fue evitada con un desastre”.

Fuente: Luis Reyes – VozPópuli

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