Bienvenidos a Venezuela, el país donde la pensión sólo da para un kilo de harina

Un menú de McDonald’s vale casi el doble que en España y supone hasta 20 veces el salario mínimo mientras que lo que reciben los jubilados se reduce a un único dólar para todo el mes.

¿Cómo es posible que la pensión de un jubilado sea de un dólar al mes? ¿Cómo es posible que un kilo de harina valga lo mismo que una pensión? ¿Cómo es posible que un menú en McDonald’s valga 20 veces el salario mínimo? ¿En qué país se puede sobrevivir así? En Venezuela.

Ese país latinoamericano se ha convertido en la paradoja de los economistas y el infierno de los ciudadanos, especialmente los jubilados. Cada 15 días, los pensionistas hacen cola en las oficinas del Banco Bicentenario, del Estado, para recibir sus pagas. A finales de noviembre, pocos días antes de las elecciones legislativas, el gobierno triplicó la pensión: de 400.000 bolívares (cuarenta céntimos de dólar) a 1,2 millones (algo más de un dólar, dependiendo del cambio del día). Con esa cantidad se puede comprar un kilo de harina o un kilo de cebollas en un mercado popular.

Para sobrevivir, los pensionistas tienen que seguir trabajando: de camareros, de recaderos, de taxistas, de jardineros… En la sucursal de la cadena de cafeterías Paramo, situada en la avenida Universidad de Caracas, a pocos metros de la Asamblea Nacional, un jubilado de 68 años comentaba que la pensión no le daba «ni para comprar un kilo de harina Pan», la harina de maíz más popular del país, que se usa para hacer arepas. Un café en ese sitio cuesta más de 1,2 millones de bolívares, es decir, su pensión mensual.

El mismo día de las elecciones, el 6 de diciembre pasado, los pensionistas recibieron en sus móviles un sms diciendo que el gobierno les daba un bono llamado «Guerra Económica» por valor de 2,1 millones de bolívares (unos dos dólares). «Y a los que fueron a votar, les prometieron un pernil (jamón deshuesado)», decía un pensionista del estado recordando la promesa de Maduro de llevar seis millones de perniles y juguetes a los hogares más pobres en esta Navidad. El año pasado el presidente hizo la misma promesa y no llegaron los perniles a todos. Este año, algunos llegaron descompuestos como denunciaron muchas familias en los valles del Tuy.

En agosto de 2012, Hugo Chávez inauguró la red de Abastos Bicentenario, producto de la expropiación de dos cadenas privadas, Éxito y Cada. En 2019, la red tuvo que cerrar porque las estanterías estaban vacías: la política estatal de precios fijos obligaba a los empresarios a vender productos con pérdidas y al final no les compensaba fabricar para esa cadena. En abril de 2016, el gobierno de Nicolás Maduro comenzó a repartir cajas de comida (bolsas CLAP) entre los más desfavorecidos. Contenían leche, azúcar, pasta y productos básicos, y según el gobierno era una «nueva forma de organización popular encargada, junto al Ministerio de Alimentación, de la distribución casa por casa de los productos regulados de primera necesidad». Hoy apenas llegan esas bolsas de comida a los más pobres.

Los precios de los combustibles son otra muestra más de la arbitrariedad del estado. Un litro de gasolina subvencionada vale 0,005 céntimos de dólar (5.000 bolívares o 0,004 euros), mucho menos que un botellín de agua. Con lo que cuesta llenar un tanque de 50 litros completo de gasolina súper en España, unos 67 euros, un venezolano podría comprar hasta 16.000 litros de gasolina subvencionada. Suponiendo que tuviera que llenar el tanque cada dos semanas, tendría combustible para trece años. Lo que muchos no saben es que esos precios se comenzaron a aplicar en junio de 2020. Hasta entonces, el litro de gasolina era tan barato, que con lo que se llenaba un tanque en España, en Venezuela se podían llenar tanques para cien años.

Las colas de coches ante las gasolineras subvencionadas se extienden por varias manzanas en todas las ciudades de Venezuela. «El tiempo que más he estado esperando ha sido una semana», dice Johnny Vega, un taxista manco que maneja un vehículo con cambio de marchas y al mismo tiempo chatea con su móvil. «En aquella ocasión nos turnamos mi papá, mi primo y yo».

Pero existe otro precio para la gasolina. Se llama gasolina «internacional» y cada litro vale medio dólar. Los venezolanos que tienen poder adquisitivo acuden a llenarla en estas gasolineras públicas gestionadas en su mayoría por empresarios privados. Tienen que hacer cola de una o dos horas, mucho menos tiempo que las colas de la gasolina subvencionada. En realidad pagan gasolina y compran tiempo.

Los precios de los autobuses son una ganga para los turistas (si es que alguno se sube a un autobús). Un trayecto en autobús del centro de la ciudad de Caracas a cualquier dirección costaba 80.000 bolívares (0,08 dólares) a principios de diciembre de 2020. Pero si uno quiere pagar con un billete de un dólar (un millón de bolívares), el número de billetes en bolívares al cambio es tan inmanejable, que los autobuseros no cobran el trayecto como le pasó a este enviado especial.

Para alguien que viva fuera de Caracas, los billetes del transporte son más caros. Venir de los valles del Tuy, a 60 kilómetros al sur de Caracas, suponía a principios de diciembre gastarse 400.000 bolívares al día en el viaje de ida y vuelta en autobuses. «En la primera semana se diciembre, subió a 600.000 bolívares», comentaba Maryori Mota, que trabaja en el servicio de limpieza y sirviendo cafés de una empresa de Caracas. Al mes, eso se lleva un tercio de su salario.

El salario mínimo es más bajo que la pensión: 400.000 bolívares a principios de diciembre de 2020, a los que se añaden otros 400.000 de la llamada «cesta ticket» que abonan los empresarios a sus trabajadores. Al principio eran vales de comida, y ahora son ingresos en efectivo en la cuenta corriente de los empleados. En total, 800.000 bolívares (0,8 dólares) entre el salario mínimo y «cesta ticket». Con eso nadie puede vivir, de modo que muchas empresas pagan un complemento en dólares en mano. Cuando llega el día de la paga, los empleados de las empresas privadas y también de la administración pública, reciben en mano billetes de dólares, complementos que en la mayoría de los casos no llegan para adquirir la cesta básica que es de 120 dólares al mes.

Por ejemplo, el empleado de una gasolinera de PDVSA gestionado por una empresaria privada en La Floresta (Caracas) confesó que ganaba 30 dólares al mes. «No me llega para vivir, pero lo completo con el salario de mi mujer», confesó a la La Información.

Hasta principios de 2019, pagar con dólares estaba penalizado. Todavía es ilegal, pero desde marzo de 2020 el gobierno comenzó a hacer la vista gorda porque el apagón eléctrico de marzo de ese año impidió el funcionamiento de los terminales de punto de venta que admiten tarjetas. La gente empezó a pagar en dólares. Esa dolarización admitida por el gobierno a partir de 2019 ha permitido el acceso de millones de venezolanos a una moneda más estable. De hecho, la inflación se ha contenido a lo largo de este año. Según el Banco Central de Venezuela, el IPC de enero a mayo de 2020 fue de 295%. En 2018, la inflación anual llegó a 1,6 millones por ciento.

Los efectos de la dolarización en la economía han sido tan rápidos, que el año pasado, Maduro consideró «positivo» el uso del la moneda del imperio, a pesar de que durante años lo ha considerado parte de la Guerra Económica que según él, EEUU ha declarado a Venezuela.

Cada año se envían más de 3.000 millones de dólares en remesas desde el extranjero. Además, el gobierno inyecta dólares al sistema a través del banco central. Y otros miles de millones entran por la venta de oro o por el narcotráfico.

El dólar ya corre por las calles de Venezuela. En Sabana Grande, una zona comercial muy conocida de la ciudad de Caracas, casi todos los precios de los vendedores callejeros están en dólares, desde bolsitas de tostones (plátano frito) por un dólar, a cuatro pares de medias de mujer por dos dólares. Aunque los precios de los mercados más populares estén en bolívares, como sucede en el mercado de Quinta Crespo de Caracas o mercadillos callejeros más modestos, se puede pagar también en dólares. Los comerciantes sacan su calculadora y consultan el precio del dólar a las nueve de la mañana marcado por las webs monitordolar o dolartoday.

El problema es si uno quiere el cambio en bolívares. En una carnicería de Caracas llamada La Flor del Zulia, una clienta recibió 900.000 bolívares (90 céntimos de dólar) en vueltas, y fue amontonando los billetes en el mostrador, porque la tienda solo tenía billetes de 20.000 bolívares. El billete más alto es de 100.000 bolívares (diez céntimos de dólar) pero apenas se ven en manos del público.

Con la moneda americana ha surgido un gran inconveniente: la inflación en dólares. Los fontaneros y electricistas ponen precios disparatados por cada faena. Lo que en España cuesta 40 euros, en Caracas cuesta el doble. Un afilador de cuchillos pide 5 dólares por afilar un cuchillo en las zonas ricas de Caracas, cuando en España está a dos euros (2,5 dólares). Los taxistas ponen precios en dólares pensando que son los viejos bolívares, de modo que el venezolano necesita muchos más dólares que el año pasado para pagar su gastos habituales.

Un viaje de pocos kilómetros por la ciudad cuesta de media diez dólares. Un menú en McDonald’s (BigMac, patatas y Coca Cola) en Altamira, una de las mejores zonas de Caracas, costaba entre 8 y diez millones de bolívares a principios de diciembre de 2020 (8 a 10 dólares). En España cuesta menos: 4,9 euros (6 dólares.). Las diferencias de precios en la ciudad son sorprendentes. Un kilo de patatas en un supermercado de un barrio medio alto cuesta 800.000 bolívares (0,8 dólares), y el mismo kilo cuesta menos de la mitad en el centro de la ciudad, donde las casas son más modestas. Un café americano (guayoyo) cuesta 1,2 dólares en las cafeterías Páramo (parecidas a Starbucks), y el mismo café en un bar normal cuesta 400.000 bolívares o menos (0,4 dólares). Un litro de vino rioja español crianza no baja de los 20 dólares. Los vinos más asequibles son los chilenos y argentinos entre 10 y 12 dólares por botella en los supermercados.

En algunos supermercados, hay que pasar la tarjeta dos veces porque los puntos de venta se bloquean cuanto la compra sobrepasa los 20 millones de bolívares (16 euros).Pero aunque ahora tienen acceso a dólares, la mayoría de los venezolanos gana muy poco: el 90% de los venezolanos se considera pobre, según una encuesta reciente realizada por la firma Meganálisis. Un informe de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas estimaba en julio de 2020 que nueve de cada diez hogares padecían inseguridad alimentaria.

Según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Venezuela ya se puede comparar con los países más pobres del planeta. La ONG británica Oxfam afirmó que Venezuela padece “el virus del hambre”, según informaba la BBC.

La respuesta a esa pobreza ha sido la huida de unos cinco millones de venezolanos del país hacia Colombia, Perú, Ecuador, Brasil, EEUU y España. Ha sido un éxodo en el cual los hacen en avión y los más pobres lo hacen a pie. En la segunda semana de diciembre de 2020 se conoció el insólito caso de un grupo de venezolanos que intentó salir por mar desde la costa de Güiria, en el este del país, hacia Trinidad Tobago, unas islas que distan a tres horas por barco. El sobrepeso causó un naufragio y murieron 29 personas. Para el país fue un golpe emocional. El gobierno venezolano lo achacó al «bloqueo» de EEUU. Como siempre.

Fuente: Carlos Salas – La Información

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