Houellebecq y su última provocación: con Trump y contra el Islam

Houellebecq y su última provocación: con Trump y contra el Islam
Houellebecq en San Sebastián (EFE)
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Acaba de publicar en su país sus últimos ensayos que vuelven a mostrar su imágen ácida y conservadora de la realidad.

Hay un doble tobogán en el camino de Michel Houellebecq. La aparición de sus novelas suele generar controversia. Son fogonazos, sacudidas a veces más estrepitosas, como cuando coincidió la publicación de ‘Sumisión’ con los atentados contra Charlie Hebdo en enero de 2015, con una viñeta caricaturizándolo en la portada del semanario. Durante unas semanas sus ficciones son comentadas bajo ese prisma fácil de considerar al francés como un provocador, útil para aumentar visitas. Más allá de esta apariencia su prosa tiene la virtud de anticiparse con sutileza al presente, intuido por la objetividad de alguien formado en lo agrónomo, con ideas propias, pocas y violentas por ser inamovibles de su pensamiento.

Estos suspiros mediáticos se contraponen al desarrollo filosófico, reducirlo a lo ideológico sería empobrecer esa realidad, del autor, consciente del mismo y preocupado por mostrar su evolución en sus ‘Interventions’, extendidas por tercera vez en 2020 tras las ediciones en Flammarion de 1998 y 2009.

'Interventions 2'
‘Interventions 2’

Esta compilación de ensayos y entrevistas expone sin velos los distintos puntos de vista de Houellebecq, válidos para entenderlo y comprender su agenda de valores esencial, apegada a su tiempo histórico con naturalidad. En este sentido sus frases lapidarias se esparcen en el contenido, y son rotundas sí, pero sin esa virulencia presupuesta, más bien con cierto vuelo poético, palpable en su texto sobre Emmanuel Carrère, de quien alaba su literatura tanto desde la hábil emoción de hacer llorar al lector como por ser la de un moralista obstinado por derribar incertezas.

En las últimas semanas Carrère se ha visto envuelto en un alud de críticas hacia su último libro, destapándose un contrato con su ex mujer, a la contra tras aparecer en ‘Yoga’ (Plon) sin su consentimiento.

Esta quiebra de la confianza no es sólo una anécdota al plantear el eterno debate sobre si el narrador, en este caso alejado de la ficción desde hace décadas, es fiable cuando afirma basarse sólo en lo real, con personajes de carne y hueso. En su intervención sobre Carrère, Houellebecq sabe de la impostura de su colega, al fin y al cabo un narrador está casi obligado al engaño, y agradece el matiz de las invenciones al ser detalles con suficiente cuajo como para fortalecer lo escrito, donde el anhelo de comunidad humana reluce, mientras el ensayista confiesa preferir un círculo más escueto para alcanzar el amor.

El conservadurismo como progreso

Houellebecq se protege de la sociedad, y rumiándola la desnuda, aunando así estilo y criterio, forma y contenido. En su primer viaje a Nueva York recordó a Pier Paolo Pasolini y su proyecto cinematográfico de ubicar a San Pablo en la capital del mundo, gemela de Roma por ser cúspide y espejo de la decadencia, con su sensación empapando la atmósfera.

En la narrativa del autor de ‘Ampliación del campo de batalla’ (Anagrama) la tecnología es una enfermedad omnipresente, exenta de pecado en parte por el ridículo de la izquierda, afín al consumismo, bandera de un sistema estéril en brindar los medios de satisfacer ese deseo publicitado hasta la extenuación. Esta tecnología contemporánea consolida una sexualidad miedosa, desquiciada por la aceleración. Para salvarse, afirma, no bastaría con desconexiones: la única vía de escape sería inmovilizarse durante unos segundos.

A nivel político Houellebecq se enmarca en un conservadurismo donde no se desmerece cierta actitud cristiana

A nivel político Houellebecq se enmarca en un conservadurismo donde no se desmerece cierta actitud cristiana, no desde la práctica, sino más bien desde la continuidad de un bagaje mental acumulado por los siglos. Sin embargo, en un diálogo de enero de 2014 con su amigo Frédéric Beigbeder, recogido en ‘Interventions 2020’, reveló haber hablado con Nicolas Sarkozy, a quien entonces admiraba, sobre su decálogo para una nueva constitución francesa, cuyos puntos fuertes serían la democracia directa mediante la supresión del parlamento, la elección vitalicia del presidente de la República, revocable a la mínima con un referéndum de iniciativa popular, o hacer electiva la función del juez, a designar entre los licenciados en Derecho. Por último, el presupuesto del Estado se determinaría a partir de la opinión ciudadana. El resultado de una encuesta sobre las prioridades repartiría los fondos entre los ministerios.

Estas propuestas para remediar la crisis de representación política se acompañan de una desesperación resignada, nada letal, simple rutina de vivir en el siglo XXI, un cúmulo de estupideces ideológicas. Este sempiterno ‘enfant terrible’ casi a su pesar se incluye en un conservadurismo emparejado con el progreso, así como la pereza es una plataforma para eficacia. Este paradigma lo aleja de las hegemonías presentes. Los nuevos progresistas no identifican el progreso por su contenido intrínseco, sino por el carácter de novedad al querer epifanías permanentes, donde todo es bueno desde su aparición. Su antípoda sería el nuevo reaccionario, un conservador partidario del orden establecido, cangrejos enrocados. Los postulados de ambos grupos añaden más fiebre a su exasperación al analizarlos como igualmente cretinos.

Del Islam y Donald Trump

Las últimas agresiones y atentados terroristas en Francia resucitan el carrusel de encontronazos de Houellebecq con el Islam desde la publicación de ‘Plataforma’. En una entrevista declaró que era la religión más idiota, y a partir de ese instante cayeron sobre su persona varios tipos de cólera, una zanjada en el juzgado en octubre de 2002 con la absolución por injurias raciales e incitación al odio religiosa y otras más persistentes en la prensa y el imaginario de la época, en Francia en perpetua discusión sobre el Islamismo con la laicidad en el centro y las muertes al fondo.

Houellebecq ha esgrimido por activa y por pasiva su derecho a criticar cualquier religión, amparado por el derecho a la libertad de expresión. Su desacato al buenismo imperante se sintetiza en su alegría por poder ir a comprar en el quiosco revistas satíricas, símbolo de normalidad y resistencia de la misma para conservar una serie de bienestares. En su opinión, los atentados de las torres gemelas fueron un vuelco radical al manchar ese discurso de no confundir al Islam armado con lo emanado en el libro y practicado por sus creyentes. Este relato oficial, además de minimizar una cuestión espinosa, adolece de desarrollos y renuncia diseccionar las corrientes de las ramas mayoritarias al transmitir el Islam como un todo.

Houellebecq se posiciona como si fuera un norteamericano en su ensayo ‘Donald Trump es un buen presidente’

Para Houellebecq esto es un error catastrófico y la lanzadera para pisotear la duda, antesala de toda crítica. Desde este punto de vista no desdeña enterrar su cosmovisión francesa del mundo para posicionarse como si fuera un norteamericano en su ensayo ‘Donald Trump es un buen presidente’, el mayor anzuelo entre las novedades de estas terceras ‘Interventions’.

El escritor galo no tiene similitud alguna con el americano medio, aun así intenta ponerse en su pellejo para aplaudir la defensa del trabajador nacional, sobre todo cuando Estados Unidos se aboca a perder su papel imperial y el proteccionismo emerge como dique de contención. De modo tramposo Houellebecq engarza los desaires de Trump a la libertad de comercio mundial con su aspiración a verlo disminuir, no sin lanzar otro piropo al presidente por tratar con cada nación europea por separado, delicia para el ensayista, enemigo de cualquier extremo, desde el nacionalismo hasta las mascaradas de democracia como la Unión Europea, a la que describe como lo contrario.

La coda del coronavirus

Trump, desde esta interpretación, es un desastre por su comportamiento y una prueba necesaria para los Estados Unidos. Superándola arribará una era de desmilitarización, sosiego y quién sabe si un republicano conservador a la vieja usanza, sensato y prudente. Houellebecq no cierra sus intervenciones con el coronavirus. Su aportación sobre la materia en el penúltimo capítulo del volumen no retiene incógnitas, aunque tiene lógica en el engranaje estructural. Cada uno de ellos es un peldaño hacia una filosofía donde no está prohibido contradecirse porque se evoluciona.

La extinción de la Humanidad no será una súper producción ni una épica universal

Con la crisis sanitaria teje diversas tangentes. La primera es una cuestión de lenguaje. No se habla del virus, no al menos en la primavera de 2020, es un no suceso, y por eso el confinamiento copaba charlas y titulares, sin nadie lamentándose por los escritores paseantes, varados en su estudio bloqueados al no poder salir de su domicilio, prueba irrefutable de los humanos como ritmo mecánico. La extinción de la Humanidad no será una súper producción ni una épica universal, sólo individuos aislados en sus células, sin contacto físico con los de su especie, salvo decrecientes conversaciones por ordenador.

Para Houellebecq contemplar libros remarcables con esta nueva peste es una utopía. El «nada será como antes» es una tontería, un subterfugio cuando se pondera poco la aceleración de mutaciones ya previstas como el vídeo a la carta, pagar sin contacto, el teletrabajo, las compras por internet y la meta de rebajar los contactos materiales, y si son entre humanos mejor. La covid-19 no ha recuperado la muerte, lo trágico o la finitud, unidades en las estadísticas cotidianas. La angustia es por extrañamiento desde una nebulosa abstracta. No nos despertaremos en un mundo nuevo, será el mismo, pero peor.

Fuente: Jordi Corominas I Julián – El Confidencial

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