Yo, Pedro

Yo, Pedro
Pedro Sánchez en Ferraz celebrando la victoria del PSOE en las elecciones del 28-A. - EFE -
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El poder es como la más adictiva de las drogas y la pasividad de la sociedad española ante nuestros envites por domeñarla nos anima a avanzar.

Siempre he pensado que la Monarquía constitucional es un fraude. Pero no porque considere que España necesita una república. Lo que los españoles demandan es un emperador. Claro que a los ciudadanos de este país les gusta evocar su herencia nacional, pero no me consta que a día de hoy ninguno de los mythos sobre los que se cimenta nuestra nación tenga reminiscencias democráticas.

Estos cuarenta años de democracia liberal no han conseguido que los españoles identifiquen al Estado como un ente autónomo del gobernante, cuya autoridad reside en unas instituciones independientes y neutrales del poder político. Éste era el legado que perseguía transmitir la transición, pero que no parece haber arraigado más allá de en una o dos generaciones.

Bastó resembrar el cainismo mediante la aprobación de una ley de memoria histórica hace poco más de diez años para que un amplio espectro de la sociedad reniegue del ‘régimen del 78’ y clame por el retorno de un príncipe. Un gobernante mesiánico al que concederle honores de divinidad. Y es que la historia de España evidencia que sus ciudadanos siempre han demandado de un dios, sagrado o pagano, que los vigile bien. Y no hay motivo para no creer que ése no sea yo.

Adularme a mí será sinónimo de progreso y conferirá a mis seguidores la condición de demócratas, situando a mis críticos en la posición de enemigos

Pero no he de precipitarme. Ante todo, han de creer que no se trata de un culto a Mi Persona, sino a la democracia, a la que solo yo represento. Adularme a mí será sinónimo de progreso y conferirá a mis seguidores la condición de demócratas, situando a mis críticos en la posición de enemigos. Quienes aboguen por mi poder omnímodo han de estar convencidos de su legitimación y supremacía moral y, a su vez, tener la certeza de que, llegado el momento, serán debidamente recompensados. Mi triunfo arribará cuando las instituciones acaben transformadas en altares alzados en mi honor, desde las que mis adoradores prediquen sobre mí.

Ya casi lo puedo tocar con los dedos, mas sé que no he de dejarme llevar por la impaciencia. Aunque el destino me está siendo propicio al concederme con la pandemia un pretexto para gobernar al margen del resto de poderes del Estado, todavía es pronto para concluir que la mayoría ha asumido que, sin los contrapesos democráticos, les habría podido proteger mejor. Hay que seguir sembrando para que el pueblo crea que el Poder Judicial, la jefatura del Estado y la oposición son obstáculos para su bienestar. Que son las sentencias y el ordenamiento jurídico vigente, instrumentalizados por una gobernante autonómica, los que me impiden garantizar su salud y salvar sus vidas. Si los ciudadanos identifican mi voluntad con la suya, demandarán que todo aquello que se me oponga sea erradicado.

Habré de trabajar estos días por denostar y difamar a aquéllos que me señalen con dedo acusador hasta que llegue el día en el que, finalmente, resulte coronado

Alcanzada la condición de ser divino, no cabrá imputárseme faltas o errores. Pero soy consciente de que éstos no dejarán de suceder en tanto que otros los adviertan. Así que habré de trabajar estos días por denostar y difamar a aquéllos que me señalen con dedo acusador hasta que llegue el día en el que, finalmente, resulte coronado. Cuento para ello con excelentes trovadores que, desde sus púlpitos mediáticos, son capaces de tornar mis cacicadas en eventos dignos de aplauso. En convencer al populacho de que el hecho de que les arrebate su libertad es un motivo de celebración. Cuestionar mis imposiciones es ya casi un acto de rebeldía institucional y tengo escasa tolerancia (cada vez menos), por los togados que se empeñan en contradecirme.

Madrid está siendo una gran prueba de fuego para mis ambiciones. Ya le he comentado a Iván que creo que hemos sido demasiado impetuosos y nos ha podido el ansia. Pero el poder es como la más adictiva de las drogas y la pasividad de la sociedad española ante nuestros envites por domeñarla nos anima a avanzar sin más cortapisas que las que nos imponen el disimulo y el relato. Todo hemos de revestirlo de progreso, democracia y genuina preocupación por nuestros gobernados, que éstos se sientan ciudadanos y no lo que están camino de ser: mis siervos.

Fuente: Guadalupe Sánchez – VozPópuli

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