Europa y su futuro

Europa y su futuro
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La Comisión Europea ha propuesto el pasado día 23 un nuevo pacto en materia de migración y asilo.

Aparentemente ha decidido endurecer la política de inmigración.

Digo “aparentemente» porque no conseguí sacar el entrellat de la nota de prensa que enviaron el jueves: “responsabilidad y solidaridad”, “rehacer la confianza”, “repartimiento equitativo”.

Se notaba que iban con pies de plomo.

Yo creo que intentaban contentar a unos y a otros, que es la manera de no contentar a nadie.

Al día siguiente, en El País titulaban: “Europa apuesta por el blindaje de fronteras y agilizar las expulsiones”.

Con este titular no he oído protestar ni a Pablo Iglesias ni a Gabriel Rufián.

Claro, el primero está en el gobierno -bueno él y su mujer- y el segundo quiere sacar a los presos del proceso de la cárcel.

Parece que a algunos países con ejecutivos progresista -como la propia España- piden menos y los del llamado grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Eslovaquia y Chequía) piden más.

Voy a decir una cosa políticamente incorrecta: hasta que no blindemos las fronteras de la Unión Europea la ultraderecha seguirá creciendo.

Habría que devolver a sus países de origen a todos los que vengan sin papeles. Incluso en caliente.

Ya sé que es difícil porque para ello necesitas la colaboración del afectado -que te diga precisamente de dónde viene tras haberse jugado el pellejo en el camino- y del país de origen. Por no hablar de países intermedios como Turquía o Libia. Algunos suficientes problemas tienen ya.

Y, por supuesto, la inmigración es un drama, un drama humano. Es más, ha existido desde los albores de la humanidad. Los seres humanos siempre nos hemos desplazado buscando un futuro mejor.

Pero como diho un día Nicolas Sarkozy: “Europa no puede acoger a todo el mundo”.

¿Cuántos refugiados, por ejemplo, han acogido las monarquías del golfo, por ejemplo?

Con un potencial económico muy superior al nuestro y con afinidad religiosa.

Recuerdo que hace años, en plena guerra de Siria, un príncipe árabe había embarcado 80 halcones como pasajeros en un avión.

La política de inmigración -de integración- en Europa ha fracasado en la mayoría de estados.

La propia Francia tiene un serio problema en las banlieues. El segundo ataque a Charlie Hebdo -en pleno juicio por el primero- lo demuestra: el presunto autor es un joven pakistanés de 18 años que llegó ¡como menor refugiado!

Hay amplios sectores no sólo insensibles a los valores republicanos -libertad, igualdad, fraternidad y laicidad- sino abiertamente en contra. Inluso de manera violenta.

Basta recordar también los atentados en el Bataclan o en Niza. A veces cometidos por franceses de tercera generación.

Aviso también a navegantes de lo que nos puede pasar en Catalunya. En realidad, ya nos ha pasado con los atentados de las Ramblas. Sus autores eran nacidos o habían crecido en Ripoll. La cuna de Guifré el Pilòs y el Abad Oliba.

Países con tradición de acogida mucho más superior a la nuestra -como Estados Unidos y Australia- son muy celosos de sus fronteras y del control de la inmigración.

En Estados Unidos pueden expulsarte por ir sin papeles. Por la simple vía administrativa. Aquí es un largo proceso judicial. Y no se crean que con Trump: con los Demócratas, también.

En Australia, favorecidos por la insularidad, todavía son más duros. Prueben de emigrar al quinto continente: les piden todo tipo de papeles.

En España el período máximo para permanecer en un CIE -los tan criticados CIEs- antes de una expulsión son 60 días.

Un período muy corto para hacer todos los trámites. En el supuesto, además, de que las autoridades consulares y diplomáticas del país de origen colaboren. Cosa que no siempre se da.

A veces incluso por voluntad ajena: la mayoría proceden de sociedades fallidas o directamente de países en guerra.

Por eso, la decisión de la Unión Europea no sólo llega tarde sino que es insuficiente.

Mientras la UE no se ponga definitivamente las pilas los partidos antiinmigración seguirán creciendo.

No son partidos de extrema derecha propiamente dichos excepto algunos como Amanecer Dorado.

A diferencia de los años 30 no quieren acabar con los sistemas democráticos e imponer regímenes dictatoriales, incluso totalitarios.

No, lo que quieren es gobernar. Como todos. Y si no, influir: cortar el bacalao.

Recuerdo un gráfico que publicó La Vanguardia el 5 de agosto del 2018: en Suecia tenían un 13,7%, en Finlandia un 8,5%, en Holanda un 14,6%, en Dinamarca … ¡un 20%!

Países con una tradición democrática más avanzada que la nuestra y con estados del bienestar más consolidados.

Acuérdense que en las presidenciales francesas del 2017, Marine Le Pen consiguió ¡más de diez millones de votos!

Es imposible que todos los votantes fuesen fachas, racistas, xenófobos e islamófobos.

Quizá alguno sí, incluso más de uno, pero la mayoría eran clases medias o populares que se habían sentido abandonadas por los partidos tradicionales, especialmente los de la izquierda.

De hecho, basta comprobar como el Partido Comunista Francés -cuatro ministros con Mitterrand a principios de los 80- ha ido decreciendo al mismo tiempo que iba creciendo el Front National -ahora Rassemblement National-, generalmente en sus antiguos feudos electorales.

El problema es que la política de inmigración en Europa siempre se ha visto atenazada por la corrección política y el que dirán de partidos, intelectuales, medios de comunicación, profesores universitarios e incluso ONGs.

Pero hay una verdad como un templo: todos los que hablan a favor de la inmigración no conviven con ella.

No viven en ca n’Anglada ni en Saint Denis ni en Kreuzberg.

Pablo Iglesias se fue a vivir a Galapagar en cuanto subió de estatus social. Normal: todo el mundo quiere lo mejor para sus hijos.

No sé que porcentaje de inmigración hay en esta localidad en los alrededores de Madrid pero a tenor de las fotos en su barrio hay poca a excepción, supongo, del servicio doméstico.

Y el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont vivía en Sant Julià de Ramis, al lado de un campo de golf, que tampoco es Salt.

De hecho, su nuevo domicilio es en Waterloo, que tampoco es Molenbeek.

Yo estuve hace años en Waterloo persiguiendo el fantasma de Napoleón: es la típica zona residencial con casas de lujo que acoge altos cargos de la Comisión y directivos de multinacionales. Creo que llegué a contar hasta tres escuelas internacionales. Se pueden imaginar el precio por matricular a los hijos.

Lo dicho: que fácil es hablar de inmigración desde la tribuna del Parlament o un despacho universitario.

Pero los que conviven con ella han acabado sintiéndose huérfanos políticamente.

Por eso han acabado votando partidos populistas o identitarios en búsqueda de soluciones drásticas.

Europa se la juega.

Fuente: Xavier Rius / e-notícies

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