Vox se lanza al ruedo: los sindicatos no son cosa de la izquierda en el mundo

Vox se lanza al ruedo: los sindicatos no son cosa de la izquierda en el mundo
ILUSTRACIÓN: CARMEN VIVAS

La defensa de los intereses de los trabajadores da a formaciones conservadores la oportunidad de ampliar su base social.

Vox ha puesto su mirada en los trabajadores, en muchos de quienes votan tradicionalmente a partidos de izquierda. En un mitin reciente en la campaña electoral gallega, su líder nacional, Santiago Abascal, ha anunciado que su partido quiere formar su propio sindicato, un sindicato «para todos los españoles y no para forzar la inexistente lucha de clases». Como objetivo se plantea defender a los trabajadores de la «nomenclatura comunista» y de los «poderosos intereses globalistas».

El anuncio tiene una gran relevancia porque desvela cómo Vox tiene en su mirilla electoral a los votantes, no del Partido Popular, sino de izquierdas, socialistas desengañados desde los virajes de José Luis Rodríguez Zapatero, e incluso simpatizantes de Podemos. Es esa izquierda de clase el caladero en el que Vox quiere pescar nuevos apoyos. Vox se inclinaría hacia su parte más identitaria y dejaría de lado el neoliberalismo, de confirmarse este giro.

Un sindicato no es por definición ni de izquierdas ni de derechas. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, un sindicato es «una asociación de trabajadores para la defensa y promoción de sus intereses». En realidad, los sindicatos tienden a ser conservadores: tratan de conservar los derechos de sus afiliados. Son proteccionistas y nacionalistas.

«Los sindicatos tienden a ser profundamente conservadores. En los años 60 hay una ruptura entre la izquierda tradicional de clase y la nueva izquierda identitaria. El ejemplo más relevante se dio en Estados Unidos, cuando el sindicato más grande apoya al republicano Richard Nixon. Cuando la nueva izquierda se apodera del Partido Demócrata se van con Nixon», afirma David Sarias, profesor de Historia del Pensamiento Político en la Universidad San Pablo-CEU.

«En España ese desalineamiento se da con la nueva izquierda de Zapatero. Muchos votantes de izquierda de clase no entienden a esa nueva izquierda identitaria y se desmarcan», añade.

La estructura ideológica de Vox es la ideal para un sindicato, igual que la del PNV o EH Bildu. Un modelo político nacionalista excluyente es ideal para sostener un sindicato, excluyente por definición», dice Sarias

«La estructura ideológica de Vox es la ideal para un sindicato, igual que la del PNV y EH Bildu. Un modelo político nacionalista excluyente es ideal para sostener un sindicato, excluyente por definición», apunta Sarias. Sostiene el profesor que ahora es el momento en que Vox se puede definir al dejar de lado su alma neoliberal: «Si forman el sindicato, optarán por el proteccionismo. Vox es un partido populista de manual y el sindicato es su salida natural».

Vox, a través de sus portavoces, de momento se limita a confirmar que se pondrá en marcha en septiembre, pero no está configurada su estructura. Fuentes cercanas constatan cómo la creación del sindicato indica que su fin es captar a votantes de Podemos de los llamados cinturones rojos de las grandes ciudades. En algunas, como Fuenlabrada, la formación de Santiago Abascal ya superó a Podemos en las últimas elecciones generales. También al PP.

Le Pen en los caladeros ‘rojos’

Es la línea que siguió el partido de Marine Le Pen en Francia, ahora rebautizado como Rassemblement National (Agrupación Nacional). Los grandes caladeros de votos de Le Pen eran las antiguas zonas comunistas.

En los sindicatos han practicado el entrismo, es decir, sus simpatizantes se infiltran y así consiguen escorar al sindicato hacia los postulados lepenistas. Han tenido éxito con esta práctica, según nos explica Ángel Rivero, profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid.

Como destaca Xavier Casals, en su ensayo ¿Por qué los obreros apoyan a la ultraderecha?, «en Francia es llamativa la apuesta lepenista efectuada por algunos obreros de la izquierda. La ilustra la evolución de Fabien Engelmann, que entre 2001 y 2008 militó en la formación trotskista Lucha Obrera (LO) y fue uno de sus candidatos en diferentes elecciones. En mayo de 2009 se sumó al Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) para unir ‘a la izquierda de la izquierda’ en un programa común, pero concurrió a las elecciones cantonales de 2011 en las listas del Frente Nacional… El detonante de la adhesión de Engelmann al lepenismo fue que en las elecciones regionales convocadas en 2010 una candidata del NPA en la Vaucluse llevaba velo, y Engelmann constató que en aquella formación ‘toda crítica al islam era tachada de racismo o islamofobia, a pesar de que las críticas al catolicismo y otras religiones eran bienvenidas’».

En Francia resulta curioso el caso de revueltas sociales como la protagonizada por los chalecos amarillos, en principio empleados del sector ligado al transporte que se rebelan contra la imposición de tasas ligadas a la revolución verde. Del movimiento han intentado apropiarse tanto la Agrupación Nacional como la izquierda de Mélenchon.

Son proteccionistas contra globalistas y como globalista-en-jefe, Emmanuel Macron. El presidente francés ha tenido que echar el freno a muchas de sus reformas por la presión social de los grupos afectados, entre ellos los ferroviarios con jubilaciones en la cincuentena.

Los intentos de Alternativa para Alemania

Alternativa para Alemania (AfD) dio el gran salto a la política federal en las elecciones de 2017 cuando entró por primera vez en el Parlamento. Fue un shock que conmocionó al país que está marcado por el nazismo. No es un partido neonazi, pero algunos de sus miembros lo son, y toleran declaraciones que rayan lo delictivo. En el Bundestag cuentan con 94 diputados y ya están presentes en todos los parlamentos regionales.

Alternativa comenzó siendo un partido liberal, anti euro, fundado por profesores universitarios, pero derivó en un partido identitario, ultranacionalista y anti inmigración. La crisis de los refugiados de 2015 les llevó a atizar el miedo entre los que temían perder su bienestar y esa estrategia les llevó al gran éxito de aterrizar en el Bundestag como tercer partido, detrás de los dos grandes alemanes, la Unión Cristiano Demócrata (CDU), y el Partido Socialista de Alemania (SPD), que cogobiernan bajo la batuta de la canciller, Angela Merkel.

En mayo de 2017 se creó en Alemania un grupo bajo el nombre de ¡Alarma! que se presentaba como «una asociación alternativa de empleados». Fue creado por los más ultras dentro de Alternativa, que lidera Björn Höcke, conocido por decir que el monumento que rinde homenaje a los judíos asesinados en el Holocausto, en Berlín, es «un monumento a la vergüenza».

Al frente de ¡Alarm! está Jürgen Pohl, uno de los diputados de AfD en el Bundestag. Sus postulados encajan perfectamente con las líneas ideológicas de Vox. «Los partidos tradicionales han traicionado los intereses de los trabajadores. Prometen más justicia social pero consienten una sociedad en la que la pobreza aumenta y los ricos cada vez son más ricos», dice la presentación en su página web.

Destaca también cómo los partidos tradicionales consienten que haya más de un millón de inmigrantes en el país, lo que supone «un lastre para la seguridad social». Acusa a los sindicatos de corrupción, y de defender los intereses del capital.

Una figura clave en esta inclinación sindicalista de Alternativa es Guido Riel, eurodiputado que proviene del SPD. Fue minero y militante socialdemócrata y sindicalista. Hace un par de años se unió a Alternativa para Alemania, un estupendo fichaje para los intereses de la formación ultranacionalista. Defienden la solidaridad entre alemanes. Es decir, nacionalismo y proteccionismo a ultranza.

Como en Vox, hay un sector de Alternativa más liberal y favorable a los empresarios, y otro más identitario. Guido Reil es de los que defiende la creación de un sindicato federal, especialmente en la industria del automóvil. Una organización ultraderechista, Zentrum Automobil, destaca en empresas como Daimler, donde ya cuenta con más del 10% de apoyos. Lidera Zentrum Automobil Oliver Hilburger, neonazi reconvertido en sindicalista.

Política del resentimiento

Xavier Casals, historiador especializado en la extrema derecha, plantea las razones por las que se explica el voto obrero ultraderechista. «Se ha aludido a una ‘política del resentimiento’ en la medida en que las sociedades postindustriales han generado ‘una infraclase’ residual de trabajadores no cualificados con pocas perspectivas vitales, menos posibilidades de obtener un trabajo completo y carreras seguras en el mercado laborar y crecientemente afectados por la desigualdad social».

Cita al politólogo Hans-George Betz quien señala como estos colectivos «son los más proclives a culpar a las minorías étnicas del deterioro de las circunstancias y a criticar al gobierno por no proporcionar la creciente prosperidad y seguridad social que era característica de la Europa de posguerra». Es, a juicio de Casals, ese incapacidad de las élites políticas de centro-izquierda para resolver seta situación la que fomente el apoyo a líderes populistas que sí hacen este tipo de promesas.

En este contexto el mundo sindical clásico deja de ser «una dimensión protectora e integradora» y «los movimientos populistas reclaman y hacen el papel de abogados de los trabajadores. Socialistas, socialdemócratas y comunistas han de hacer frente a una dura competencia en sus antiguos cotos de caza electorales», según Patrick Moreau, que estudia el caso del FPÖ en Austria.

Sobre esa supuesta traición a las clases populares de comunistas y socialistas partidos como Vox construyen su ancla en los ciudadanos que se consideran desatendidos por esa nueva izquierda identitaria. El proteccionismo que defienden en Vox entienden que favorece sus intereses, unos intereses por los que no parecen preocuparse otras formaciones de izquierdas.

Casals argumenta que es un cúmulo de factores el que lleva a sectores obreros a votar a la ultraderecha. «Su defensa del Estado del bienestar, su énfasis en la ‘prioridad nacional’ y su capacidad de ofrecer una nueva identidad que combina proteccionismo y xenofobia ganan atractivo frente a una izquierda que se ha disociado de ese medio electoral y cuya Realpolitik, en el marco de la crisis económica, le ha llevado a asumir políticas de austeridad impopulares», señala en ¿Por qué los obreros apoyan a la ultraderecha?

Y, como destaca Xavier Peytibi, coautor de Cómo comunica la alt-right. De la rana Pepe al virus chino, «la extrema derecha aporta algo importantísimo a estos trabajadores: una respuesta rápida al por qué de su situación, y alguien a quien culpar».

Así se presentan como partidos obreros sin socialismo, los auténticos defensores de las clases populares frente a las amenazas e incertidumbres del siglo XXI. Un sindicato es la salida natural en esta estrategia de captación del voto obrero.

Fuente: Ana Alonso – El Independiente