Iglesias apuñala a Sánchez para liderar la calle

Iglesias apuñala a Sánchez para liderar la calle
Otegi exige cumplir lo firmado. El líder de EH Bildu advirtió ayer de que "lo que se pacta, se cumple". Con el acuerdo en el que el PSOE se comprometía a la derogación de la reforma laboral en la mano, Arnaldo Otegi insistió en que "la palabra es un valor sagrado" y que "nadie tiene derecho a frustrar la ilusión que generó esa buena noticia".
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Pablo Iglesias ha decidido dinamitar el Ejecutivo del que forma parte y dejar en la estacada a Pedro Sánchez ante el terrible panorama que se avecina. Bildu ha sido el testaferro de podemos para culminar la ruptura con el señuelo de la reforma laboral.

Cuando las colas del hambre empiezan a ganar dimensión el todavía vicepresidente Iglesias sabe que su sitio está liderando la calle. Él, que nació de los rescoldos del 15-M, tiene claro que esta histórica misión es imposible afrontarla formando parte del Ejecutivo. Sobre todo cuando ya no hay nada que repartir salvo malas noticias. El pacto de Gobierno que firmaron Podemos y el PSOE es ya historia ante su inviabilidad y, si no media un milagro, la ruptura oficial no tardará. Sánchez está ahora mismo huérfano, armado sólo con los presupuestos de Montoro para afrontar la mayor crisis a la que se enfrenta este país desde la Guerra Civil. La pregunta ahora es ¿quién saldrá al rescate del hombre que patentó el «no es no»?

Ayer, desde algunas terminales del PSOE se intentaban recomponer los añicos del jarrón roto. Ábalos, al que no se le veía tan entregado desde que Delcy se le coló en el aeropuerto, sostenía que el acuerdo con Bildu no se había roto sino simplemente aclarado. Lo decía con poca convicción porque casi a la misma hora desde otros rincones socialistas se empezaba a ofrecer ya la cabeza de Adriana Lastra para intentar frenar el desastre. Un ejercicio pleno de melancolía por dos razones. La primera porque ya son muchos los que dudan que Lastra tenga cabeza. No puede tenerla alguien que firma un acuerdo como el que en la tarde del miércoles suscribió la portavoz parlamentaria socialista, sin evaluar mínimamente las consecuencias del mismo. Pero lo más inquietante con todo es que Sánchez autorizara esa rúbrica sin consultarlo con su vicepresidenta económica, Nadia Calviño, que si a esta hora no ha presentado su dimisión es por no contribuir más al caos provocado, que no sólo ha causado alarma entre empresarios e inversores sino también entre unos sindicatos que todavía saben distinguir entre una perfomance y las cosas de comer y que se frotan los ojos ante la absurda maniobra. Calviño, que ayer tenía una cita con el Círculo de Economía, trató de rebajar la tensión calificando de «absurdo y contraproducente» el debate sobre la reforma laboral. A la vista de lo acontecido parece que Iglesias no es de la misma opinión. De aquí se desprende la segunda razón de lo inservible que sería sacrificar a Adriana Lastra. Ella sólo es la mensajera y para nada puede cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de lo ocurrido, sobre todo cuando su decapitación no aporta nada si el propio Iglesias no rectifica. No parece que el líder de Podemos tenga intención de hacerlo. Muchos de los trolls de esta formación que inundan las redes empezaban a poner ya cargas de profundidad sobre un Partido Socialista que en horas veinticuatro ha pasado de ser parte de la avanzadilla progresista a plegarse ante el capital.

La ruptura de este Gobierno era la crónica de una muerte anunciada. Sánchez no mentía cuando dijo que si pactaba con Podemos ni él ni el 85% de los españoles podrían dormir tranquilos. Intuía que, cuando vinieran mal dadas, Iglesias le traicionaría, pero confiaba en que ese día estaría aún muy lejos. En aquel momento contaba con viento a favor y un margen de bonanza en el horizonte que le hacía albergar la esperanza de completar una legislatura con vida, incluso acompañado de socios tan incómodos como los nacionalistas catalanes -con su proceso de sedición activado- y vascos y con el propio Podemos. El coronavirus se ha encargado de adelantar los acontecimientos.

Aunque muchos ayer situaban a Bildu en el epicentro del problema, la formación radical vasca sólo ha actuado en esta ocasión como testaferro de Podemos. La derogación de la reforma laboral del 2012 no está en la agenda de prioridades de Bildu y sin embargo es uno de los ejes del pacto de Gobierno que en su día firmaron Podemos y el PSOE. Los otros tres serían el salario mínimo, la creación de una renta básica universal y una subida fiscal «a los más ricos». Con la irrupción del Covid-19, la subida del salario mínimo a lo largo de la legislatura queda seriamente comprometida. La creación de la renta mínima se ha planteado, pero José Luis Escrivá se ha encargado de desdibujarla hasta convertirla en una caricatura de la promesa que realizó Iglesias, y la subida de impuestos afectará a ricos y a muchos que no lo son, con lo que el famoso escudo social con el que la formación morada quería ilusionar a su parroquia no será de hierro forjado sino de cartón piedra. Por eso muchos creen que ha sido Pablo Echenique, por encargo, y no Bildu el que ha metido el caramelo envenenado de la reforma laboral en el acuerdo firmado ayer entre el Gobierno y los radicales vascos. Su intención era forzar la máquina. O ceden o ahí se quedan. Lo resumió ayer Pablo Iglesias, abrazado a Otegi, con un latinajo que no parecía para nada improvisado. «Pacta sunt servanda» (lo pactado obliga). Como dicen los jugadores de mus avezados, «si te atreves a lanzar ese órdago, o tienes prisa o tienes cartas».

La maniobra ha hecho saltar por los aires todos los cálculos de Pedro Sánchez. En un momento que demanda más consenso que nunca ha dinamitado el diálogo social. Ha sembrado incertidumbre entre todos los agentes sociales que quieren ver una hoja de ruta ante la crisis. Un patrón que nos permita salir de esta por la misma puerta que el resto de Europa. Ha decepcionado a los pocos que, debido a las circunstancias a las que se enfrenta este país o por razones inconfesables, aún estaban dispuestos a permanecer cerca de Sánchez. Al PNV y a Ciudadanos que todavía no salen de su asombro por la puñalada de pícaro que anteayer les propinó el PSOE. ERC ha pasado página y Torra dice que ha llegado el momento de dar otro empujón al procés.

En este momento es una quimera pensar que los grandes partidos puedan entender lo importante que sería alcanzar un gran pacto de Estado para sacar a España de la crisis y, sobre todo, evitar un enfrentamiento social que ya empieza a ser demasiado patente en la calle.

La otra vía que se atisba son unas elecciones que parecen cada vez más inevitables. Lamentablemente, sea cual sea el resultado, el próximo ya sabe que no le espera precisamente un camino de rosas.

Fuente: Iñaki Garay – Expansión

 

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