El confinamiento como experimento totalitario

El confinamiento como experimento totalitario

En países más libres que el nuestro crecen las críticas a esa reacción aturullada y miope llamada confinamiento, de brutales consecuencias sociales y económicas y cuya eficacia sanitaria a largo plazo se comienza a poner en duda. En palabras del profesor de biología de Stanford y Premio Nobel Michael Levitt, «cuando analicemos todos los datos, el daño producido por los confinamientos excederá enormemente cualquier beneficio».

Algunas críticas se centran en la enorme penuria económica que ya está causando. En efecto, aunque el gobierno crea que la economía es como un coche que se puede parar y arrancar de nuevo sin problema, no es así. En realidad, la economía se parece más a un sistema biológico que a una máquina, por lo que la privación brutal de actividad puede asimilarse a la anoxia, la falta casi total de oxígeno que conduce rápidamente a un deterioro orgánico irreversible: con igual celeridad, el parón económico produce un daño permanente e irreparable. Sin embargo, los mismos que no comprendieron el error de una semana de retraso en combatir la epidemia no comprenden el error de retrasar la vuelta a la normalidad: en una semana morirán empresas y se perderán empleos que no se recuperarán, quizá, hasta dentro de una década. O quizá sí lo entienden, en cuyo caso pretenden crear una sociedad empobrecida dependiente de la limosna de la casta gobernante. Creo que lo llaman «renta mínima vital» (vital para mantener el poder, se sobreentiende).

Típico de la era de la propaganda fácil sobre masas, el gobierno ha creado un debate maniqueo y falaz contraponiendo la voluntad de «salvar vidas» (defendida por la izquierda, esto es, los buenos) con la de «salvar la economía» (defendida por la derecha, esto es, los malos). Qué descaro que este gobierno hable de salvar vidas siendo España el país del mundo con más muertos por coronavirus por millón de habitantes. De hecho, los críticos del confinamiento bien podrían estudiar el caso español: tras 50 días con el confinamiento más drástico del mundo (para un virus con período medio de incubación de 5) hemos pasado de 288 a cerca de 38.000 muertos, según estimaciones de las CCAA. El 92% eran personas mayores de 70 años (la mitad vivían en residencias), el 97% era mayor de 60 y gran parte del 3% restante sufría patologías concomitantes. De estos datos se desprende que el confinamiento ha encerrado a casi toda la población activa, que en caso de contagiarse sería mayoritariamente asintomática o leve, mientras desprotegía escandalosamente a quienes necesitaban protección. Teniendo como prioridad la minimización del número de muertos y no del número de contagiados leves, ¿qué resultados habríamos obtenido de haber aislado sólo a los enfermos y a la población de riesgo concentrando los recursos disponibles en la protección de nuestros mayores y de los hospitales? Estos últimos se han convertido en focos sostenidos de contagio con casi 50.000 sanitarios infectados (que habrán contagiado a otros) porque las autoridades los dejaron desprotegidos. Y además del coste social y económico, ¿cuál será el coste humano del evidente deterioro de la salud mental (con recomendaciones que favorecen la ansiedad, la depresión y el desarrollo de trastornos obsesivos) y física (incluyendo el retraso de cirugías y tratamientos perentorios) causados por un encierro tan largo?

No hay contradicción alguna entre salvar la economía y salvar vidas, porque la economía salva vidas. Si hundimos la economía, no podremos financiar los recursos para sostener nuestro sistema sanitario. En efecto, la correlación negativa entre pobreza y salud es bien conocida, lo que explica que el Programa de Alimentos de la ONU (WFP) haya estimado que «existe un peligro real de que más gente muera por el impacto económico por el Covid-19 que por el virus mismo», y que el número de personas enfrentadas a la hambruna se duplicará hasta los 260 millones. Como decía el gran economista Henry Hazlitt, «el arte de la economía consiste en considerar no los efectos inmediatos, sino los que se producirán a largo plazo por cualquier acto o medida política; en calcular las repercusiones de tal política, no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores».

Sin embargo, lo más preocupante del confinamiento es la rapidez con la que los gobiernos han usurpado un poder casi dictatorial en una alarmante involución de derechos y libertades, eliminados de un plumazo. España ha sido un caso extremo: en pocas semanas nuestras libertades más básicas se han disuelto como azucarillo, el Estado de Derecho ha desaparecido como por ensalmo y nos han impuesto un arresto domiciliario de dudosísima legalidad mientras esperamos que nos den la libertad condicional como si fuéramos reos de algún delito. Por si fuera poco, por órdenes del gobierno somos vigilados por la policía en un ambiente represivo y proclive a la extralimitación, con continuos controles policiales (típicos de dictaduras), actitudes intimidatorias, acciones desproporcionadas, sanciones abusivas e invitaciones a la delación de hechos no delictivos tales como la «insolidaridad» o el «estrés social» (recordemos que otra piedra angular de regímenes totalitarios es el colaboracionismo, fomentando la delación entre ciudadanos). Debemos tomar conciencia de que con estas medidas los yonquis del poder están constantemente midiendo la capacidad de aguante del ciudadano y viendo hasta qué extremo tragará con los abusos de un nuevo régimen que ha encontrado en el pánico – que impide pensar – un arma eficaz. Es un experimento, y por ahora les funciona justificando la pavorosa restricción de libertades (de circulación, de reunión, de expresión, de comunicación, de culto…) bajo la coartada de motivos aparentemente sanitarios pero tantas veces irracionales que crean lógico recelo. La creación por parte del gobierno de una tapadera de supuestos «expertos» avaladores indicia una utilización manipuladora del principio de autoridad, de modo que la gente acepte propuestas disparatadas (que cambian sobre la marcha en función del aplauso o del abucheo), perdone lamentables errores de juicio y pase por alto el escarnio a los muertos que supone la opacidad en el cálculo de su número real, explicaciones vergonzosas incluidas.

Hannah Arendt describió en Los Orígenes del Totalitarismo cómo la mentira y el miedo son los dos instrumentos primordiales de todo gobierno totalitario. «Mentiras gigantes y falsedades monstruosas se establecen como hechos incuestionables en el momento en que la diferencia entre la verdad y la mentira se convierte en una mera cuestión de poder y astucia, de presión y repetición infinita», escribió. Y gracias a la inestimable contribución de los medios alarmistas, el miedo a la muerte por un virus, cuya letalidad real en la inmensa mayoría de la población es muy baja, ha bastado para crear un pánico y una paranoia inducidas por fuerzas que ahora parecen interesadas en imponer formas más permanentes de restricción de libertades, control de las personas y vigilancia de sus movimientos. A este horror que intentan imponer lo llaman, creo, la «nueva normalidad».

Querido lector: el autoritarismo de un gobierno de vocación totalitaria, la opresión, la mentira y la inquietante deriva policial son enormemente preocupantes, pero más lo es la posibilidad de que un pueblo sugestionado por un estado de psicosis pueda llegar a menospreciar su derecho a la libertad y convertirse en oveja mansa y muda conducida al matadero por unos baladrones desalmados. Yo creo que, por debajo de la apariencia de un fuego apagado, subsisten las ascuas del español indómito, orgulloso y libre, y que prenderán súbitamente con viento impetuoso rebelándose contra la nueva tiranía bajo la vieja bandera de la libertad.

Fuente: Fernando del Pino Calvo-Sotelo   – Expansión

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