Los días contados

Los días contados
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso EFE
El calendario se ha convertido en tótem de nuestra vida, un eje alrededor del cual giran esperanzas y desesperos. También para el Gobierno.

Los días confinados todavía han de serlo más, aunque desestructurados de manera alambicada y abstrusa incluso para quien así lo ha decidido. Pedro Sánchez ha iniciado una deconstrucción del arresto domiciliario similar a la aceituna esferificada de Ferrán Adrià, que acababa por tener sabor de aceituna aunque no lo fuera. Nuestro encierro seguirá siéndolo con horas de patio, como en las cárceles, y espacios para un breve desahogo que, sin ser lo que fue, permitirá mantener una ilusión de libertad.

Todos miramos fijamente esos calendarios, tachando día a día los que llevamos sumidos en una vida irreal que no por ello ha de dejar de tener consecuencias. Porque los millones de parados irán creciendo día a día, así como el número de negocios que se verán obligados a echar la persiana abajo. No volverán los turistas este verano, ni tampoco los inversores, y ni siquiera nosotros podremos ir de punta a punta de la península según Sánchez, salvo que Almería sea limítrofe con Cádiz, tal y como ponía de ejemplo el prócer al que no le tembló la voz anunciando que la Unión Europea iba a disponer de más de un trillón de euros. Él también ve pasar los días sin que se enderece nada, porque nadie hay que lo enderece, y sabe que también para su persona y para este experimento anacrónico y letal llamado Gobierno social comunista, las hojas van cayendo inexorables. Aunque Iván Redondo le diga, nos consta, que día pasado, día ganado, no es menor cierto que a día pasado, un día menos que le queda para seguir siendo presidente.

Lo vimos en la sesión de este miércoles en el Congreso. Nadie le dio la razón; incluso sus socios extramuros le llamaron la atención por vía de Gabriel Rufián sobre si le importaba mucho o poco la legislatura.

Quisiera Sánchez que esa palabra desapareciera y que todo fuera siempre un perpetuo estado de alarma, ese en el que el tiempo queda suspendido en el aire y se sale a aplaudir a diario, ya no sabemos si por convicción o por un intento desesperado de ver caras distintas, de socializar, de recordar un instante como era la vida hasta hace solo dos meses. El autócrata de Moncloa sería feliz gobernando con el formato de discurso plúmbeo que nada dice y gobernando por real decreto al margen del Parlamento. Pero cuando quienes te encumbraron al poder te critican, y habrá que recordar que el Gobierno se sostiene en una mayoría frágil y variopinta pues nada tienen que ver los señorones burgueses del PNV con los nuevos señorones de Galapagar, algo pasa. Algo que ni Tezanos es capaz de maquillar y que ha de ser cada día más evidente. Porque a Sánchez ya no le preocupa la pandemia, que tampoco es que le haya quitado ese sueño que anunciaba inquieto si tenía que gobernar con Podemos, sino una pesadilla que se cierne sobre las cabezas de todos los españoles. Les hablo del terrible estallido social que se producirá este año cuando se acaben los pocos ahorros de quienes se han ido al paro y empiece en serio una recesión gravísima, la peor desde el final de nuestra Guerra Civil, según calculan los expertos.

La disyuntiva ante ese tiempo muerto que Sánchez quisiera alargar hasta el infinito es que si desea evitar que tal cosa suceda, lo que sería lógico en cualquier otro gobernante que no fuese él, deberá llamar a las puertas de una Europa que ya nos miraba con malos ojos desde hace años, junto a Italia y Grecia, y pedir como el pariente pobre y disoluto que se ha jugado los cuartos en el casino del azar político. Ahí terminará el sueño bolivariano de las paguitas, de la nacionalización de las empresas y de toda la retórica chavista. Ergo, si pretende ayudas comunitarias, deberá prescindir de Iglesias, y, si prescinde del de Galapagar ¿cómo piensa gobernar, con qué mayoría?

Habrá elecciones antes de final de año, o al menos eso comentan en voz baja muchos de los propios socialistas que con una cobardía inaudita en el partido que tuvo en su día como presidente a Ramón Rubial, el mítico Pablo de la clandestinidad, callan como muertos cuando habla su líder y lo jalean públicamente para denostarlo en privado. Los días que restan hasta que finalice este malhadado 2020, que Dios confunda, serán duros para el conjunto de la población, pero también serán una prueba de nervios para Sánchez.

Porque él, de una manera u otra, tiene los días contados.

Fuente: Miquel Giménez – Vozpópuli

 

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