¿Por qué Iglesias va a salir del Gobierno?

¿Por qué Iglesias va a salir del Gobierno?
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. Mariscal EFE
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Ahora toca recortar y el vicepresidente no ha nacido para dar malas noticas. ¡Que salga Pedro!

Es evidente que el confinamiento está haciendo ya mella en nuestra salud mental. Y no lo digo sólo por Trump, que es capaz de aconsejarnos echar cloro al gin-tonic para desengrasar el trago. Lo digo por el padre Ángel, un hombre santo, que pide el premio Príncipe de Asturias para el Gobierno por haber multiplicado no se sabe qué. Igual es porque ha despedido al que compró los test defectuosos. ¡Ah no! Eso ha sido en Finlandia. Realmente tampoco sería tan raro que le den el premio a Sánchez. Ya le otorgaron en su momento el Nobel de la Paz a Yasir Arafat, y eso que el jurado no había estado previamente confinado. Alguien debía habernos advertido de que horas y horas de especialistas y tertulianos en televisión disertando sobre las propiedades de las mascarillas y los geles se nos iban a hacer bola. Soy consciente de que la vida se está ralentizando porque todos las películas y los partidos de fútbol son del pasado, a veces remoto. Por cierto, la Brasil del 70, aquélla de los Pelé, Tostao, Gérson…, está totalmente sobrevalorada. Veo a mi vecino, que no es animalista ni nada raro, hablando con una paloma que se ha posado en su balcón y recuerdo al náufrago intimando con su balón de rugby. Espero que no quiera echarla a la cazuela aunque tampoco voy a decirle nada si lo hace. No quiero ser como esos vecinos que creen ser miembros de un soviet de barrio y llaman a la policía si alguien sube a la terraza comunitaria a hacer flexiones o se aleja trescientos metros más con su perro. La delación de baja calaña no te va a dar derecho a una pensión vitalicia ni te van a meter en un programa de testigos. Fíjense si estará haciendo mella el confinamiento en la salud mental de los ciudadanos que he oído al exjuez Garzón decir que la Policía no está para coartar derechos de los ciudadanos. Es la prueba evidente de que no a todo el mundo le sienta mal salir del foco. Apuesto a que la inmensa mayoría de las recetas que los agentes han puesto estos días serán revocadas. Me han dicho por videoconferencia que los farmacéuticos italianos piden al Gobierno de su país que imponga un precio máximo a las mascarillas. Pero no a ellos sino a los mayoristas. Me ha recordado a los agricultores que pedían un precio mínimo para sus productos. Está comprobado; la jeta se infla sin límite con el coronavirus.

Algo muy duro está pasando cuando Pablo Iglesias, el líder revolucionario que se convirtió en vicepresidente por accidente, se olvida del aniversario del nacimiento de Lenin y se cree Jesucristo conversando con sus discípulos en el lago Tiberíades. Muy desesperado debe estar Sánchez con la escasa credibilidad de sus portavoces, que ya le entrega al hombre que le quitaba el sueño los minutos de la propaganda. Y éste los utiliza para prometer de todo y para dirigirse a los niños, como si fuera Leticia Sabater enseñándoles una canción para poner verdes a los jueces. A todos menos al señor Bosch -no el de los taladros- y a sus seguidores.

No creo sinceramente que todo esto que está ocurriendo dure mucho. Cuando salgamos a la calle, a algo más que comprar el pan, se va a acabar toda esta magia inversa que produce este régimen carcelario, que muchos juristas creen que ha vulnerado directamente la Constitución. Si al menos los resultados hubieran sido buenos tendríamos ese consuelo. Lo crudo es que el panorama del día después no permite el lucimiento de los políticos. Por eso creo que Pablo Iglesias saldrá pronto del Gobierno para no comerse este marrón. Él está aquí para dar buenas noticias. Para subir el salario mínimo y para elevar las pensiones de los abuelos, para crear una renta mínima universal y para invitar a todo el mundo a la penúltima. Y a partir de ahora no hay margen para repartir nada. Toca recortar. A grosso modo, de los 400.000 millones de gasto público, 145.000 millones van a los pensionistas, unos 50.000 millones a educación, unos 75.000 a sanidad, 30.000 a políticas sociales… ¿Quién va encargarse ahora de darle la mala noticia a toda esta gente? Iglesias no va a ocupar esta página de la historia.

Fuente: Iñaki Garay-Director adjunto de EXPANSIÓN

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